Acerca de nosotras ·

sábado, 31 de enero de 2026

Masculinidad, juventud y consentimiento: La construcción de la masculinidad (1/3)


 Transformar a una persona recién nacida en un niño, no es un proceso ni fácil, ni rápido. Se trata de un proceso lento y de mucha coordinación entre factores personales, familiares, culturales, sociales... que generan una amalgama enorme de expectativas, límites, gustos, comportamientos, pensamientos, actitudes, ideales... que identificamos con lo que hemos decidido nombrar como masculinidad pero que, de entrada, no poseemos ninguna persona al momento de nacer. Sin embargo, pese a lo complejo del proceso, se reproduce de forma tan cotidiana y por tantas personas a la vez que, para la mayoría de la gente, resulta imperceptible. Algo parecido pasa cuando, por primera vez, entendemos todos los detalles implícitos en procesos tan complejos como la circulación sanguínea, la digestión, respirar. Son tantos órganos implicados, realizando tantas tareas específicas y en perfecta coordinación que parece casi imposible que ocurra solo una vez y, sin embargo, ocurre muchas veces al día. Es fundamental incorporar la idea de que, como especie, estamos realizando tareas grupales, asumiendo roles, movilizando estructuras que son más grandes que cada una de las personas de las que dependen; pero, aún más importante es entender cómo lo hacemos, para ser cada vez más capaces de identificar de qué manera podemos transformarlas y con qué objetivo. 

En definitiva, ser más conscientes de los procesos sociales en los que, sin darnos cuenta, nos implicamos. Con esta idea en mente, se propone un análisis que tiene en cuenta tres grandes construcciones sociales que la mayoría de personas en occidente sostenemos y, para hacerlo más sencillo, lo abordaremos desde la imagen de una persona no socializada, es decir, alguien que acaba de nacer o que lo ha hecho hace poco tiempo. Es decir, cualquier persona se ve afectada por los procesos de socialización, independientemente de nuestra edad o procedencia, sin embargo, al analizarlo desde la noción de una persona no socializada, se hace más sencillo entender estos procesos porque no presuponemos otra formación previa. Por lo tanto, los tres ejes que quiero mostrar son: “la masculinidad”, para hacer evidente cómo todas las personas tenemos una idea bastante clara sobre lo que este concepto implica y de qué manera nos define, independientemente de si nos construimos en oposición a ella (como mujeres), si la utilizamos como referente (como hombres) o si nos ubicamos al margen de ella (buscando nuevas formas de construir nuestra identidad). El segundo bloque está relacionado con lo que entendemos por “juventud”, nos consideremos o no parte de este grupo, y el tercer bloque, relacionado con el “consentimiento”, independientemente de si realmente deseamos o no lo que consentimos.

 1. La construcción de la masculinidad 

El proceso de formación que atraviesa un niño es algo tan cotidiano que, la mayoría de las veces —por cotidiano— no lo vemos. Sin embargo, si hacemos un ejercicio de consciencia, podríamos reconocer algunos elementos que pueden ser importantes: para identificarlo, a veces resulta más fácil si pensamos en lo que no hacemos con los niños, es decir, a los niños no les solemos ofrecer muñecas, ni juegos que impliquen contacto físico cariñoso, ni juegos de cuidado. En nuestro desarrollo suelen predominar los juegos de rapidez, de fuerza, de estrategia. Al especializarnos en un tipo de contenidos (y no en otros), vamos conformando nuestra identidad en torno a los contenidos que más ejercitamos, sin darnos cuenta de qué cosas nos vamos dejando por el camino. Por ejemplo, un clásico análisis en torno al tema, evidencia cómo la masculinidad no suele incorporar contenidos de cuidados a otras personas y, aunque esto parezca normal, en realidad no lo es tanto si consideramos que, aunque seamos hombres, no dejamos de formar parte de una especie gregaria y que, como otras especies similares a la nuestra, los cuidados son un eje primordial. Por lo tanto, cuesta entender por qué a una parte de la población no la formamos en estos contenidos. Es cierto que, al menos en  el discurso, cada vez más se enfatiza la importancia de que los hombres participen del proceso de crianza, sin embargo, lo cierto es que apenas les ofrecemos juegos para que ejerciten estas habilidades de pequeños y, en caso de hacerlo, si por ejemplo se les ocurre salir con una muñeca al parque o al cole, se exponen a ser marginados por el resto de personas con las que pretenden socializar. No se trata de criminalizar estas conductas, por ahora se trata simplemente de ser conscientes de cómo estos procesos están ocurriendo a nuestro alrededor de manera cotidiana y, en muchos casos, sin que podamos evitarlas; porque no solo dependen de cada una de las personas que intervenimos en su crianza, sino también de la sociedad como sujeto formativo. Para poder identificar los elementos que forman parte de este proceso que llamamos masculinización, vamos entonces a abordar de manera más detallada qué implicaciones tiene. 

 La Desconfianza 

Una de las primeras cosas de las que solemos darnos cuenta cuando analizamos la huella que genera el modelo de formación masculinizada es la naturalización de la desconfianza. Parece algo sin importancia pero, al ver el tipo de juegos que les ofrecemos a los niños y jóvenes, se hace evidente la predominancia de la competición (fútbol, baloncesto, tenis, Fórmula 1...). No quedan prácticamente espacios para el juego tranquilo, colaborativo, inclusivo y, sin darnos cuenta, un día tras otro, vamos (como sociedad), afianzando la idea de que de eso se trata “ser niño: de ser los mejores, los más rápidos, los más fuertes, los más listos, es decir, formar parte de una élite, un grupo destacado que es considerado superior al resto, incorporando así la jerarquía como un elemento central en nuestra formación. Sin embargo, esto también afianza la idea de que lo cariñoso, lo afectivo, lo normal, lo cotidiano, las cosas lentas y rutinarias, que implican poner el foco en las otras personas con las que convivimos, en la calidad de los espacios y los momentos... “no son cosas de chicos”. Es decir, no solemos tener referentes hombres cuidando de otros hombres u otras personas de la familia en situaciones cotidianas. Al mismo tiempo ocurre otro proceso paralelo, y es que si lo que nos atrae está relacionado con lo excepcional (ser más rápidos, más fuertes, listos... sin tener en cuenta al resto) es fácil romantizar modelos que nos coloquen por encima del resto, aunque no tengamos en cuenta nuestro entorno espacial, temporal y social. Si analizamos la oferta audiovisual por ejemplo (tanto en series como en películas o videojuegos), veremos cómo se reproduce el mismo patrón: rapidez, superpoderes (elitismo), competición... y descuido de nuestro entorno. 


Las Máquinas 

El mundo tecnológico es algo que se nos suele colocar muy cerca: coches, aviones, naves, ordenadores... El género de ciencia ficción da buena cuenta de ello y es algo que suele aparecer en espacios claramente masculinizados como canales de televisión dirigidos a hombres al estilo de Energy (simplemente como ejemplo). Desde pequeños, este modelo suele hacerse evidente a través del tipo de juegos que les ofrecemos a los niños y solo hay que revisar el catálogo de alguna tienda de juguetes para poder identificarlo. En mis formaciones suelo hacer preguntas retóricas para identificar cómo estos modelos los tenemos completamente internalizados y forman parte de nuestra forma de pensar y, en este punto, suelo preguntar: si pensamos en alguien que viene a arreglar algún aparato (ordenador, coche, caldera...), ¿en quién pensamos? ¿un hombre o una mujer? A día de hoy sabemos perfectamente que cualquier tipo de persona podría entender el funcionamiento de un aparato pero, el hecho de que culturalmente estos contenidos estén más dirigidos a hombres,  también genera una huella en nuestra manera de percibir el mundo y de imaginarlo. El comportamiento de las máquinas es radicalmente diferente al comportamiento de las personas, es decir, las máquinas o están encendidas o están apagadas, en caso de que funcionen de manera defectuosa, se hace evidente. Si no funcionan bien, es debido a algún componente que está o viejo o defectuoso y, según el valor del componente, no compensa arreglarlo y se sustituye el aparato entero, por otro nuevo. Las personas son más complejas, no se les suelen cambiar sus componentes, los componentes aprenden y se amoldan, sus defectos suelen esconderse o hacerse imperceptibles, no se les pueden escanear sus componentes para ver qué versión del sistema operativo tienen instalada... es decir, a las personas se las conoce hablando, conviviendo con ellas. Para mejorarlas no hace falta una versión más reciente, la mayoría de las veces solo hace falta una intención de cambio (por parte de la persona que quiera mejorarse) y eso, muchas veces, se logra hablando y practicando esa nueva y mejorada versión de sí misma, que está aspirando ser. Es decir, mientras las máquinas dependen de una persona experta (externa), que cambie un trozo defectuoso de su maquinaria, las personas son capaces de mejorarse a sí mismas, pero no por otra persona, sino por propia voluntad. Sin embargo, vivir entre máquinas nos hace entender a las personas como tales y eso, como veremos luego, tiene consecuencias. 

El Dinero 

No podemos negar que estamos hablando de un factor determinante en el mundo en el que vivimos, esto no es algo que marque solo la infancia de los niños, las niñas también se ven claramente afectadas. Sin embargo, en un momento dado, en los niños, lo económico pasa a ocupar un lugar preponderante dentro de sus focos de interés, derivando en un rasgo identitario que clásicamente se ha dado conocer como el “rol del proveedor” (Mahony, 1999). En un primer momento, no comienza siendo algo evidente pero llega un punto en el que los tecnicismos: datos, cifras, fuerza, tamaño, cantidad... todos elementos cuantificables y mesurables, encuentran en el dinero un encaje perfecto y es entonces cuando se hace posible medir y ponerle precio a su contexto. Las casas de los amigos, los aparatos que forman parte de su entorno material inmediato (coches, relojes, auriculares, tablets, juguetes), comienzan a relacionarse también con un precio y son ellos mismos los que acaban por ubicarse en una escala jerárquica según la cantidad y el tipo de cosas que tienen. Por lo tanto, la acumulación, la novedad de los objetos y su valor económico terminan afectando el valor social que consideran que tienen y van perfilando —también— su estatus en el grupo y su identidad. Con esto no quiero decir que las niñas o las mujeres no se preocupen por lo económico sino, a muy grandes rasgos, que no lograr los estándares culturales de bienestar económico, no impactan tan directamente en su valor social, mientras que, el hecho de que un hombre no tenga trabajo o no pueda aportar económicamente en su familia, merma su valor frente a la sociedad y da lugar a la creación de arquetipos negativizados como “el blandengue” o “el calzonazos”, que claramente marcan su identidad.

 La emocionalidad 

Nos vemos regalando máquinas, superhéroes, hablándoles con tonos de voz más graves, alzando la voz, generando juegos de alta movilidad y ocupación del espacio, avergonzándoles si lloran, o lloran muy  alto, jugando a competir, desde un lenguaje técnico: datos, fechas, cifras, pero nada de esto lo hacemos conscientemente, por lo tanto, inconscientemente les estamos formando para que no desarrollen habilidades fundamentales humanas como el sentido kinestésico, al inhibir el contacto físico tierno y cariñoso; la capacidad de autodiagnosticar malestares o depresiones, al reprimir determinadas emociones; limitando su empatía, al ofrecerles sistemáticamente juegos competitivos que les obligan a centrarse en ellos mismos y en el objetivo, minimizando la importancia del resto y del entorno (en lugar de juegos simbólicos, de negociación, de cooperación, de comunicación, de escucha); aumentando las probabilidades de que invadan el espacio vital de otras personas o seres vivos, al valorar y potenciar formas de expresión más eufóricas o iracundas (en un partido de fútbol, por ejemplo). Llega un momento en el que, sin darle mucha importancia, le regalamos una pistola, una escopeta, una espada, elementos que han sido diseñados para matar. En un primer momento este elemento es complicado de entender para un niño porque para poder jugar a matar, antes tiene que invisibilizar el daño que va a causar. Si exponemos a una persona de menos de 1 año a una escena violenta, por ejemplo de alguna película de acción, probablemente comience a llorar por el ruido, la manera de hablar, las expresiones no verbales que esa personita pueda identificar. Esto nos muestra que, al nacer, somos capaces de empatizar con el daño de otras personas y por lo tanto, para jugar a matar tenemos que vencer esta barrera separándonos emocionalmente de la acción que vamos a realizar. Este proceso se conoce como disociación (1) y supone darnos una explicación cognitiva para romantizar el daño que vamos a causar, es decir, invisibilizar el daño de la acción para que no nos genere rechazo. Poco a poco, vamos entendiendo que jugar a matar es solo un juego más y lo ejercitamos con regularidad, pero esto no lo hace menos violento, simplemente evidencia que hemos naturalizado el descuido y el daño como un elemento más de nuestra personalidad. Ya en la adultez, vemos que somos los hombres las personas que más y peor daño ejercemos y lo comprobamos fácilmente con las estadísticas que anualmente registran organismos públicos como el INE (2), o privados como aseguradoras (3), o de la sociedad civil, simplemente viendo los problemas cotidianos que muestran las AMPA (4). Incluso, cuando decimos que a los hombres les cuesta hablar sinceramente con otros hombres, estamos evidenciando los efectos de este modelo formativo, porque nos cuesta ver a otros hombres como personas generadoras de afecto, los vemos como potenciales competidores o peor aún, como potenciales agresores, personas de las que desconfiar. Sin embargo, todo esto no es más que un reflejo de nuestro propio proceso formativo. 

No olvidemos, en este punto, que hay un montón de cosas que tradicionalmente han sido masculinizadas y que generan mucho bienestar tanto a nivel personal como social: la investigación, el estudio, la política, el trabajo, son solo algunos ejemplos. Justamente el movimiento feminista, al cuestionar el rol subordinado que históricamente se le ha otorgado a las mujeres y a lo feminizado, busca en estos modelos espacios donde crecer, reclamando para las mujeres el ejercicio de estas facetas. El problema, por lo tanto, no está en los cuerpos, ni en ser hombres, sino en lo que socialmente estamos valorando como masculino. Ahora nos toca revisar los aspectos que tradicionalmente hemos heredado que, no solo limitan nuestro bienestar sino que, directamente, generan mucho daño, para poder incidir en su transformación y generar referentes más cuidadosos, empáticos, cariñosos y responsables. 


(1) Según Wikipedia: “Experiencias subjetivas que pueden ir desde el distanciamiento con el ambiente, hasta pérdida de la experiencia física y emocional”. 

(2) Según el INE, en 2021, el 75,8 % de los delitos graves cometidos en España fueron cometidos por hombres. 

(3) Según el Informe de Mapfre (2022), los hombres son los responsables del 71,3 % de los accidentes graves. 

(4) Según el VI informe del Servicio de Atención Telefónica de Casos de Malos Tratos y Acoso en el Ámbito de los Centros Docentes del Sistema Educativo Español, del 2023, del total de situaciones de acoso registrados, 44,5 % fueron cometidos por chicos y 20,7 % por chicas.  


 Texto de David Kaplún Medina 

davidkaplunmedina@gmail.com

REVISTA DE ESTUDIOS DE JUVENTUD ≥Diciembre 2023 | Nº 128 Diálogos entre Educación y Consentimiento Coordinadoras Paula Roldán Gutiérrez e  Irene Zugasti Hervás

 Imagen de pintura de la artista María Jesús Hernández Sánchez 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...