Acerca de nosotras ·

viernes, 8 de julio de 2022

Empoderamiento tiene que ver con agencia y elecciones relevantes


 Empoderamiento tiene que ver con agencia y elecciones relevantes En la literatura sobre las mujeres y el desarrollo se han utilizado diversos conceptos para referirse a determinadas dimensiones del empoderamiento o como indicadores aproximados de los resultados de tales procesos, desde el pionero estatus de las mujeres hasta algunos más actuales como control sobre recursos, poder de negociación, fortalecimiento de capacidades o autonomía.

 Sin embargo, lo que distingue al concepto empoderamiento de otros similares es la agencia, es decir, la consideración de que son las propias mujeres las que deben protagonizar el proceso de cambio en sus propias vidas. Este elemento es tan relevante en la definición del empoderamiento que si, en un determinado contexto se mejoraran notablemente los indicadores de la equidad de género pero las mujeres no fueran protagonistas activas de ese cambio sino simples receptoras de los resultados del mismo, no podría decirse que ha habido empoderamiento (Malhotra 2002). 

 La importancia que el discurso del empoderamiento asigna a la agencia de las personas conecta este planteamiento por un lado, con los enfoques de desarrollo “de abajo hacia arriba” que enfatizan la participación e inclusión social, y por otro, con la idea de agencia humana que sustenta el paradigma del desarrollo humano, según la cual las personas son capaces de definir sus propios intereses y se perciben a sí mismas con derecho a realizar aquellas elecciones que resultan relevantes para sus vidas. 

Sen (1999) ha enfatizado el papel de la agencia en la búsqueda del bienestar humano al señalar que “cualquier intento práctico de mejorar el bienestar de las mujeres ha de basarse en la agencia de las propias mujeres para conseguir ese cambio”. Sen valora muy positivamente que los movimientos de mujeres actuales comiencen a prestar atención a los aspectos relacionados con la agencia -en contraste con su anterior dedicación exclusiva a los temas del bienestar y el 23 malestar de las mujeres- porque considera que “la agencia puede desempeñar un importante papel en la erradicación de las inequidades que reducen el bienestar de aquellas”. También ha relacionado el empoderamiento de las mujeres con su papel como agentes activos del cambio señalando que “aspectos como la capacidad para obtener ingresos, tener derechos de propiedad o saber leer y escribir, contribuyen positivamente a reforzar la voz y la agencia de las mujeres a través de su independencia y del aumento de su poder”. 

 Entre las investigadoras feministas del desarrollo, Kabeer es una de las que más consistentemente ha integrado los aspectos de agencia en su visión sobre el empoderamiento, al considerar que su núcleo central es la capacidad de elegir. La definición que ella hace del empoderamiento como “expansión de la habilidad de las personas para hacer elecciones vitales estratégicas, en contextos donde tal habilidad les había sido negada previamente” (1999) contiene varios elementos significativos: 

a) Se sustenta en la idea del poder como habilidad para hacer elecciones, lo que significa que cuando no se logran las propias metas porque existen restricciones, fuertemente asentadas, a la capacidad de elegir, estamos ante una manifestación de desempoderamiento. 

b) Resalta que sólo se empoderan aquellas personas que previamente tenían negada la capacidad de hacer elecciones, lo que descarta a la gente poderosa, que realiza muchas elecciones en sus vidas, pero nunca antes estuvo desempoderada. 

c) Enfatiza que las elecciones ahora accesibles deben ser aquellas que resultan decisivas para vivir la vida que cada persona desea vivir, lo que descarta aquellas otras que pueden ser importantes para la calidad de la propia vida pero no definen sus parámetros fundamentales. 

d) Por último, la capacidad de elegir implica necesariamente que existen alternativas a lo elegido, que se puede elegir de otra manera, lo que vincula pobreza y desempoderamiento pues, a menudo, los requerimientos de la sobrevivencia pueden implicar la ausencia total de alternativas de elección. Kabeer ha planteado que “las elecciones que reflejan las desigualdades fundamentales de una sociedad, infringen los derechos básicos de los otros o  devalúan sistemáticamente su autoestima, no son compatibles con esta noción de empoderamiento”. 

 Debido al fuerte peso que la noción de elegir tiene en su visión del empoderamiento, su utilización requiere tomar en consideración: a) las condiciones en que se elige, diferenciando las elecciones realizadas en un contexto donde existen más alternativas, de aquellas otras que carecen de alternativas o implican un alto coste; b) las consecuencias de las elecciones, distinguiendo las elecciones sobre aspectos vitales de aquellas otras que se realizan en torno a temas secundarios; y c) el potencial transformador de la elección, diferenciando las elecciones que cuestionan o desestabilizan las desigualdades sociales de aquellas otras que simplemente expresan o reproducen tales desigualdades. 

Estas acotaciones a la noción de elegir buscan poner de relieve que las relaciones sociales de poder condicionan no solo la capacidad de elegir que tiene la gente, sino también el tipo de elecciones que realiza. Esta diferenciación es importante porque se tiende a asumir que el ejercicio del poder conduce inevitablemente a hacer elecciones que mejoran el bienestar propio, lo que puede no ser cierto en el caso de muchas mujeres que se comportan de maneras que reflejan, al mismo tiempo que refuerzan, su posición subordinada. Así, por ejemplo, aceptar su discriminación en el reparto familiar de recursos, tener muchos hijos para contentar a sus maridos aunque con ello pongan en riesgo su salud, promover la mutilación genital de sus hijas o discriminarlas en el acceso a la comida y la salud, son comportamientos de las mujeres que demuestran que estas no siempre realizan elecciones que mejoran su bienestar o el de sus hijas. 

De sus análisis sobre los procesos de empoderamiento de las mujeres, Kabeer (1999) ha deducido que el proceso de cambio que lleva a que personas o colectivos carentes de poder se empoderen requiere la combinación de tres elementos interrelacionados: recursos, agencia y logros. En este esquema, la agencia expresa la habilidad de las personas para utilizar los recursos a su alcance, a fin de lograr unos resultados valiosos en términos de la vida que desean vivir. Los recursos son definidos en un sentido amplio e incluyen tanto los materiales como los recursos humanos y sociales que fortalecen la habilidad de la gente para elegir cómo quiere vivir. Todos ellos son factores posibilitadores del empoderamiento que se adquieren mediante una diversidad de relaciones sociales en la familia, la comunidad, el mercado y el estado. Importan tanto los recursos asignados en el presente como los que se pueden reclamar o esperar a futuro en función de las reglas que definen la distribución de recursos en la sociedad, las cuales pueden ser consideradas recursos sociales intangibles porque al permitir o negar a determinados colectivos el acceso a recursos, les están marcando las fronteras de lo que pueden y no pueden elegir. La agencia es la habilidad de una persona para definir sus propias metas y actuar para conseguirlas. Aunque su expresión más habitual es el poder de decisión sobre los temas que afectan la propia vida, la agencia es más que una acción observable porque incluye también el sentido de agencia, es decir, el significado, la motivación y el propósito que cada cual otorga a sus acciones. La agencia puede ser ejercida individual o colectivamente, y aunque a menudo adopta la forma de participación en la toma de decisiones dentro y fuera del hogar, en otras ocasiones puede expresarse como negociación, manipulación, subversión y resistencia, e incluso de maneras más intangibles como la reflexión y el análisis. Basándose en las distinciones de Sen entre “libertad positiva” y “libertad negativa”, Kabeer ha relacionado la agencia con las distintas formas del poder, señalando que aquella tiene un significado positivo, en tanto puede ser vista como capacidad para definir las propias elecciones vitales y perseguir las propias metas (poder “para” o libertad positiva), pero también un sentido negativo si se entiende como capacidad de imponer las metas propias sobre otros en contra de sus deseos (poder “sobre” o “libertad negativa”). Además, el poder puede operar incluso en situaciones en las que aparentemente nadie toma decisiones, debido a que las normas sociales tienden a asegurar que se producen ciertos resultados sin que haya ningún aparente ejercicio de agencia, aparte del cumplimiento de dichas normas. Es por ello que un análisis de cómo la gente realiza elecciones debe de tomar en cuenta también la inercia, es decir el no tomar decisiones. En este sentido, Agarwal (1997) considera que no cuestionar las discriminaciones sufridas puede ser una forma de “adhesión estratégicamente calculada a las normas y prácticas sociales que niegan a las mujeres la posibilidad de elegir”, en tanto que Kabeer (1999) ha señalado que “elegir no elegir puede ser también un ejercicio de agencia, característico de quienes aún no han logrado una conciencia crítica sobre los profundos niveles de la realidad en que se asienta el orden social de género”. 26 

En sus intentos de medir el empoderamiento, Kabeer ha señalado tres ámbitos donde se expresan, y se pueden evaluar, los cambios en la agencia de las mujeres: la participación en la toma de decisiones, la movilidad en el ámbito público y la violencia masculina. Respecto al primer ámbito, la participación en la toma de decisiones, la autora señala que la agencia de las mujeres mejora notablemente cuando estas tienen una voz importante, si no determinante, en las decisiones sobre aspectos críticos de sus vidas y/o sobre temas que les fueron vetados en el pasado. Esto implica que para considerar la participación en la toma de decisiones un indicador de agencia, debe prestarse atención no sólo al acto de decidir sino también a la trascendencia de las áreas sobre las que se decide y al grado de involucramiento que se tiene en el proceso decisorio. 

 Efectivamente, a la hora de analizar la agencia de las mujeres es necesario huir de visiones dicotómicas sobre cómo se reparte entre los géneros el poder de decidir, resumidas en la idea de que, en una sociedad con dominio masculino, los hombres toman todas las decisiones y las mujeres ninguna. En las sociedades actuales es más común encontrar una división jerarquizada de las tareas decisorias tanto en el hogar como en la comunidad, de modo que ciertas decisiones son reservadas a los hombres en su condición de jefes de hogar o agentes del desarrollo comunitario y otras son reservadas a las mujeres en tanto madres o vecinas. Por lo general, las principales decisiones económicas y políticas son reservadas a los hombres mientras que las mujeres juegan un papel más significativo en las decisiones económicas de menor trascendencia o en las relacionadas con el cuidado de personas dependientes. 

 También es importante diferenciar el nivel de involucramiento que las personas tienen en el proceso de decidir, pues no es lo mismo “participar en” que “tener la última palabra sobre”. Igualmente, hay que distinguir entre la “función de decidir” (sobre cómo se asignan los recursos del hogar, por ejemplo) y la “función de gestionar” cómo se lleva a cabo la decisión adoptada. Es común que las mujeres tengan la última palabra en decisiones de poca trascendencia o relativas a temas que les han sido asignados en función de sus roles o responsabilidades femeninas; así mismo, es común encontrarlas en las tareas de gestión de las decisiones adoptadas por los hombres en la comunidad o las agrupaciones políticas. 

El segundo ámbito tiene que ver con la movilidad de las mujeres en los espacios públicos, y es particularmente útil para evaluar los avances en la agencia de las mujeres en sociedades con una rígida segregación física de los géneros y donde la movilidad femenina en las esferas públicas está sujeta a normas muy restrictivas. Un buen punto de partida para este análisis es evitar las visiones dicotómicas del espacio (público/privado) y considerarlo más bien como un “continuum de localizaciones que va desde los lugares aceptables hasta los no aceptables para mujeres no acompañadas” (Kabeer 1999). También es importante distinguir entre aquellos lugares a los que las mujeres pueden acceder sin transgredir las normas culturales que pautan sus desplazamientos, de aquellos otros cuyo acceso les implicará cambios en relación a prácticas del pasado, porque estos eran considerados lugares prohibidos o inadecuados para ellas. Es evidente que el acceso rutinario y masivo de las mujeres a estos últimos refleja un avance en la agencia de las mujeres, al tiempo que muestra su capacidad de realizar elecciones que tienen mayor potencial de transformación del orden de género vigente. El tercer ámbito, por último, guarda relación con la violencia masculina, definida como “la habilidad de los hombres para recurrir a la fuerza física a fin de imponer sus propias metas o impedir que las mujeres logren las suyas” (Kabeer 1999). 

 Asumiendo que la violencia masculina es una expresión del poder de los hombres sobre las mujeres, que tiene lugar en el marco de relaciones interpersonales pero recibe legitimación y apoyo estructural, las evidencias muestran un doble patrón de comportamiento: por un lado, los datos cuantitativos sugieren que las mujeres de mayor edad, con hijos varones, con nivel educativo o que aportan ingresos al hogar tienen menos probabilidad de ser golpeadas por sus maridos que las jóvenes, sin hijos varones, educación o ingresos propios. Por otro, investigaciones cualitativas muestran que la violencia masculina parece exacerbarse cuando las mujeres acceden a créditos, lo que indicaría que los hombres “no siempre aceptan amablemente las intervenciones que desestabilizan el balance de poder en el hogar y que los procesos de empoderamiento pueden a veces implicar un aumento de la violencia masculina porque cuestionan el estatus quo del poder de género”. 

 Es por ello fundamental diferenciar las situaciones en que la violencia de los hombres es una afirmación del poder masculino sin que medien cambios en las mujeres, de aquellas otras donde la violencia es un intento de afirmar el poder masculino en respuesta a cambios en la agencia de las mujeres. Comprender los factores que conducen a los hombres a ejercer violencia contra las mujeres no está reñido con condenar esta, y puede ayudar a ir más allá de la ecuación “hombre  violento-mujer víctima” para reconocer que en algunas situaciones la violencia masculina puede ser una respuesta a la agencia y la afirmación de sus derechos por parte de las mujeres. 

Los logros son los funcionamientos valiosos que las mujeres obtienen como productos de sus procesos de empoderamiento. La selección de qué logros han de ser considerados como resultados efectivos del empoderamiento no es sencilla, porque en cada sociedad existen normas y pautas culturales que establecen los límites específicos de la actuación de las mujeres, pero si no hay logros significativos en términos de bienestar, igualdad legal, seguridad económica, estatus o posición socio-política de las mujeres, quedará la duda de si realmente los recursos y la agencia utilizados han producido empoderamiento. 

La literatura sobre medición del empoderamiento ha propuesto diversos indicadores para evaluar los logros alcanzados, desde la salud de los hijos y el uso de anticonceptivos hasta la libertad de movimientos, la autonomía financiera o el cuidado de la propia salud. Sin embargo, es importante distinguir entre los funcionamientos que únicamente reflejan una mayor eficacia en el desempeño de los roles tradicionales, de aquellos otros que indican que la agencia de las mujeres ha contribuido a reducir las desigualdades existentes en los funcionamientos de ambos géneros. Kabeer enfatiza que “los logros deben ser evaluados por su implicaciones transformadoras en relación a la desigualdades de género encarnadas en las rutinas establecidas”. 

Mosedale (2003) se ha basado en estas consideraciones para definir el empoderamiento como el “proceso por el cual las mujeres redefinen y extienden lo que es posible para ellas hacer y ser, en situaciones donde ellas habían tenido restricciones, en comparación con los hombres, para ser y hacer lo que desean”. Esta autora plantea que, aunque esta definición está cercana a la de Kabeer, presenta dos ventajas adicionales: por un lado, visibiliza que el desempoderamiento de las mujeres es un asunto de género (es su identidad de género femenina lo que las desempodera, tanto en el hogar como en los espacios públicos); por otro, enfatiza el hecho de que cuando unas mujeres logran expandir las fronteras de lo que les es permitido, estas se expanden no sólo para ellas sino para todas las mujeres en general, tanto las actuales como las futuras.

Clara Murguialday Martínez 

https://www.vitoria-gasteiz.org/wb021/http/contenidosEstaticos/adjuntos/es/16/23/51623.pdf






Leer más...

miércoles, 6 de julio de 2022

Los hombres y el empoderamiento de las mujeres



Aunque la literatura sobre el empoderamiento de las mujeres no registra los cambios de los hombres como consecuencia de este ni las formas en que aquellos pueden contribuir al empoderamiento de las mujeres, hay bastante consenso entre las feministas en que los hombres tienen bastante que ganar, pero también que perder, con tales procesos.

 Se ha señalado que las reacciones de los hombres al empoderamiento de las mujeres son inevitables, aunque no siempre de signo negativo porque estos obtienen beneficios de tipo material, emocional y político, del hecho de que las mujeres mejoren su acceso a recursos y conocimientos. Algunos hombres, sobre todo si son pobres, pueden estar interesados en apoyar los procesos de empoderamiento económico de las mujeres de su familia porque ello acarrea mayor calidad de vida a los integrantes del hogar. También a nivel político, las mujeres empoderadas fortalecen las organizaciones dominadas por los hombres aportando nuevas energías, discusiones, liderazgos y estrategias, y en muchas ocasiones participan políticamente desafiando las estructuras de poder que oprimen a ambos géneros. Incluso a nivel subjetivo los hombres pueden beneficiarse de los procesos de empoderamiento de las mujeres porque se ven forzados, de una u otra manera, a liberarse de los estereotipos de la masculinidad tradicional que limitan su capacidad de expresión sentimental y descubren satisfacción emocional al compartir las responsabilidades y la toma de decisiones. Muchos asumen que en el proceso de cambio han perdido privilegios tradicionales pero también cargas tradicionales. Ahora bien, no puede esperarse que todas las reacciones de los hombres sigan estas pautas positivas. Dado que el empoderamiento de las mujeres socava la base material sobre la que se asienta la autoridad masculina y cuestiona el control tradicional de los hombres sobre ellas, es esperable que se produzca una pérdida de la valoración social que estos disfrutaban y, en cierta forma, un proceso de desempoderamiento de estos por la pérdida de aquellos recursos vitales y capacidad de decisión que previamente habían conculcado a las mujeres. Muchos hombres ofrecen resistencias al empoderamiento de las mujeres si, como resultado del mismo, estas cuestionan el poder y los privilegios masculinos en la familia, o compiten con ellos por el empleo remunerado o los espacios de decisiones en la esfera política. Como han observado Schuler y otras (1998):  “En muchas de las comunidades estudiadas, los hombres se volvieron más violentos cuando sus esposas empezaron a obtener ingresos y aumentaron su movilidad y su autonomía. Los conflictos a menudo tenían que ver con el control de los recursos y las ganancias de las mujeres, y estas sintieron que tenían que defenderse de lo que consideraban una dominación injusta… En contraste, muchas mujeres que carecían de toda propiedad y eran completamente dependientes de sus maridos, raramente eran golpeadas por estos”. 

A pesar de las recomendaciones de las instituciones oficiales del desarrollo sobre la necesidad de prestar mayor atención a las maneras en que los hombres obstaculizan el avance de las mujeres (CAD 1998), hasta la fecha los programas de desarrollo han hecho muy poco por involucrar a los hombres en la tarea de promover el empoderamiento de las mujeres, como estrategia para avanzar hacia la equidad de género. Hay varias razones para ello, entre las que destaca la idea comúnmente aceptada de que las mujeres, en razón de sus desventajas sociales, deben ser las principales, si no las únicas, impulsoras de aquellas iniciativas que busquen mejorar sus capacidades y condiciones materiales de vida, o corregir las inequidades en la distribución de los recursos. Se considera que los asuntos relacionados con su subordinación de género son temas de mujeres que ellas deben abordar bajo su entera responsabilidad ya que serán las principales beneficiarias de los cambios a lograr.

 Sin embargo, abordar el empoderamiento de las mujeres sin tomar en cuenta el papel que los hombres desempeñan en sus vidas puede socavar las propias estrategias de empoderamiento. Los escasos resultados del enfoque MED, que trata a las mujeres aisladas de su contexto relacional, alertan sobre los riesgos de no tomar en consideración los obstáculos que los hombres ponen al desarrollo de las mujeres, sobre todo de sus esposas, hijas y familiares cercanas. 

 Un estudio realizado por Silberschmidt (2001) en Kenya y Tanzania entre mediados de los años ochenta y finales de los noventa, muestra claras evidencias de que el cambio socioeconómico ocurrido en esos países ha acarreado creciente desempleo para los hombres al tiempo que se ampliaban los roles de las mujeres y su carga de trabajo. La incapacidad de muchos hombres para cumplir los roles y responsabilidades de sostenedores y jefes de familia les provoca sentimientos de baja autoestima y falta de valoración social, lo que es vivido como una amenaza constante a su orgullo masculino. Los roles de los hombres han llegado a ser  confusos y contradictorios; y dados los estrechos vínculos entre masculinidad y sexualidad, el control sobre las mujeres mediante la violencia y la agresividad sexual y las múltiples relaciones extramaritales, parecen haberse constituido en las vías fundamentales para restaurar su autoestima. La autora concluye que es necesario por un lado, revisar los estereotipos sobre el género “dominante” e investigar los efectos del cambio socioeconómico en la situación vital de los hombres, y por otro, considerar el impacto negativo del desempoderamiento masculino sobre los esfuerzos para empoderar a las mujeres y mejorar la salud sexual y reproductiva de unas y otros. 

 Por otro lado, una consecuencia de la habitual asimilación de género con mujeres en la práctica del desarrollo ha sido la “evaporación” de los hombres, como colectivo genérico, en las intervenciones que buscan explícitamente la equidad: no se hacen diagnósticos sobre la condición y posición de género de los hombres, ni se analizan sus necesidades e intereses como particulares de un colectivo humano socializado en clave masculina. 

 El resultado es que los hombres, en tanto tales, no han sido tomados en cuenta en la planificación del desarrollo: sus necesidades e intereses no han sido asumidos como específicamente masculinos sino que adquieren fácilmente el rango de problemas generales de la comunidad; no han merecido suficiente atención las maneras en que las formas de masculinidad hegemónicas obstaculizan el avance de las mujeres ni se ha percibido que los hombres puedan tener un papel activo en la generación de condiciones para el empoderamiento femenino. 

En años recientes, no obstante, el panorama ha empezado a cambiar, a medida que los grupos masculinistas avanzan en el cuestionamiento de la masculinidad hegemónica y que se profundiza el debate sobre las implicaciones de la desigualdad de género para el desarrollo. Así, en ciertos ámbitos se acepta que las características y atributos masculinos no pueden ser vistos como la norma sino más bien como producto, en la misma medida que los femeninos, de un determinado proceso de socialización genérica y, por tanto, susceptibles de ser deconstruidos y reaprendidos en clave de otras masculinidades no opresivas. También se han presentado algunas evidencias (Becker 1997, Khandker 1988) de que mayores niveles educativos contribuyen a que los hombres tengan actitudes favorecedoras del bienestar y el empoderamiento de las mujeres, en ámbitos como el trabajo remunerado femenino o la determinación de las metas reproductivas familiares.  Estas constataciones y diversos argumentos basados en razones de equidad y de eficiencia, están llevando a algunos planificadores a la conclusión de que las estrategias de desarrollo pro-equidad deben centrarse también en los hombres (Cornwall y White 2000, Chant y Gutman 2000). Se afirma, por un lado, que las normas y prácticas sociales relacionadas con la masculinidad imponen restricciones y costes también a los hombres (son objeto de una educación sexista que les reprime emocionalmente, tienden a cuidar menos de su salud y se suicidan en un porcentaje mayor que las mujeres; se les excluye de programas de salud reproductiva y atención a la infancia; no adquieren habilidades para el cuidado…) las cuales, si son analizadas con perspectiva de género, pueden llegar a movilizar a muchos de ellos a favor de relaciones de género más igualitarias. Por otro lado, se acepta que algunos colectivos de hombres pueden llegar a sentirse en una posición discriminada porque su conducta no se ajusta a los estereotipos de la masculinidad hegemónica (sea porque expresan su afectividad, son pacifistas, homosexuales o no tienen pareja, quieren ejercer roles tradicionalmente femeninos, son monógamos en un orden polígamo o no ejercen sus poderes implícitos masculinos…) y excluirlos de los procesos que buscan modelos identitarios menos rígidos, simplemente porque son hombres, puede resultar poco eficaz.

 Desde otro ángulo, se plantea que las intervenciones de desarrollo pueden perder equidad si no prestan atención al impacto que los cambios en los patrones globales de empleo tienen en el rol masculino de proveedor económico, cuya erosión generalizada está provocando el agravamiento de las conductas autodestructivas y violentas de los hombres. Si a esto añadimos que el empoderamiento de las mujeres da lugar a procesos de redistribución del poder que difícilmente serán logrados sin conflicto, los hombres (tanto como las mujeres) han de aprender formas no violentas de resolución de los conflictos si éstos van a ser abordados de manera reflexiva y constructiva en el marco de las intervenciones de desarrollo. Por último, la equidad no puede lograrse solamente cambiando los papeles y responsabilidades atribuidos a las mujeres. Las identidades femenina y masculina están estrechamente relacionadas entre sí, y las relaciones que establecen las mujeres y los hombres son de conflicto pero también de cooperación, por lo que cambios en las identidades y roles de las mujeres acarrearán, inevitablemente, cambios en los de los hombres. Dado que un resultado esperado del empoderamiento de las mujeres es la redefinición, sobre bases más equitativas, de  los derechos y responsabilidades de género en todos los ámbitos, incluidos los domésticos, es un principio de justicia que los hombres tengan la oportunidad de ser copartícipes en el proceso de definición de las visiones y estrategias para el cambio

 

Clara Murguialday Martínez 


https://www.vitoria-gasteiz.org/wb021/http/contenidosEstaticos/adjuntos/es/16/23/51623.pdf



Leer más...

martes, 5 de julio de 2022

Revisando el significado del poder


Históricamente, los movimientos feministas siempre han rechazado estas tres expresiones del poder “sobre” por considerarlas manifestaciones de un poder controlador que impide a quienes lo sufren identificar sus propios intereses, expresarlos abiertamente o aspirar a su realización. Y porque además, todas ellas son deudoras de una metodología de resolución de conflictos basada en la lógica de “suma cero”, según la cual si una persona gana poder es porque otra lo ha perdido en la misma proporción, ajena a la experiencia vital de las mujeres en sus relaciones familiares y más específicamente, en el ejercicio de la maternidad. Esta visión del poder como algo intrínsecamente malo y rechazable fue hegemónica en los movimientos feministas del Sur hasta mediados de los años ochenta, como quedó reflejado en las memorias de los tres primeros encuentros feministas de América Latina y el Caribe (1981-1985). Sin embargo, en el cuarto encuentro  celebrado en México en 1987, se hizo patente que las feministas comenzaban a replantear su idea de poder. La argumentación presentada para combatir el mito de que “a las feministas no nos interesa el poder” no deja lugar a dudas: “Si partimos de reconocer que el poder es fundamental para transformar la realidad, no es posible que no nos interese. Nosotras hemos visto a lo largo de nuestra militancia que a las feministas sí nos interesa el poder pero que, por no admitirlo abiertamente, no avanzamos en la construcción de un poder democrático y, de hecho, lo ejercemos de una manera arbitraria reproduciendo, además, el manejo del poder que hacemos en el ámbito doméstico: victimización y manipulación. Sí, queremos poder. Poder para transformar las relaciones sociales, para crear una sociedad democrática y participativa” (Vargas 1989). 

 Al asumir que el poder condiciona la experiencia de las mujeres en un doble sentido pues “es tanto la fuente de opresión en su abuso como la fuente de emancipación en su uso” (Rowlands 1997), las feministas pudieron ver a las mujeres no solo como individuas sometidas al poder masculino sino también como personas capaces de oponer resistencia, activa o pasiva, a las fuentes de poder. Considerar el poder como un recurso que las mujeres pueden utilizar para transformar su situación, y a estas como individuas dispuestas a ejercerlo colectivamente, les permitió reivindicar para las mujeres el ejercicio visible del poder para hacer avanzar sus reivindicaciones frente a otros actores sociales e institucionales. 

Así, desde mediados de los años ochenta, al tiempo que desarrollaban experiencias concretas de poder e influencia a nivel local, fue abriéndose paso en los movimientos de mujeres y feministas una visión del poder entendido más como capacidad de ser y hacer, que como dominio sobre otros; como algo que ocurre no sólo en las instituciones sino también en las vidas cotidianas (“lo personal es político”); como conocimiento-poder que opera a través de los discursos que enmarcan lo que es pensable y factible; como relaciones institucionalizadas que al convertirse en las reglas del juego, determinan el acceso de las personas y los grupos a los recursos vitales. 

Desde estas nuevas perspectivas, las feministas que trabajan en el campo del desarrollo han reivindicado abiertamente el poder para las mujeres. Así, por ejemplo, Batliwala (1997) ha definido el poder como “control sobre los bienes materiales (físicos, humanos o financieros), los recursos intelectuales 11 (conocimientos, información, ideas) y la ideología (habilidad para generar e institucionalizar creencias y valores que determinan cómo las personas perciben y funcionan en un entorno dado)” y ha sostenido que el empoderamiento de las mujeres debe medirse en términos de “cuánta influencia tienen estas sobre las acciones externas que afectan a su bienestar”. 

 También han realizado críticas interesantes a las concepciones hegemónicas sobre el poder. Hayward (1998) ha señalado que la pregunta central de los debates sobre el poder (¿Qué quiere decir que A tiene poder sobre B?) se basa en el supuesto de que es posible diferenciar los actos libres de los actos determinados por el poder de los otros, pero este supuesto es erróneo ya que ignora que la dimensión del poder está presente en todas las relaciones sociales, llegando incluso a conformar la propia identidad de las personas. Según esta autora, en lugar de pensar el poder en términos de los instrumentos que agentes poderosos usan para impedir que los no poderosos actúen libremente, sería más útil pensarlo como “las fronteras sociales que definen los campos de acción para todos los actores y facilitan u obstaculizan lo que es considerado posible”. 

 Estas fronteras sociales están constituidas por las leyes, normas, costumbres e identidades sociales que enmarcan y restringen las actuaciones de las personas. Al definir el poder como “la red de límites sociales que define los campos de acción”, Hayward reformula la pregunta sobre el poder: la cuestión no es ya cómo este se distribuye o cómo hace A para tener poder sobre B, sino más bien “cómo los mecanismos del poder definen lo (im)posible, lo (im)probable, lo natural, lo normal, lo que cuenta como problema”. 

Por tanto, más que buscar cómo las acciones de unas personas son limitadas por otras, habría que analizar las diferencias significativas que existen en las titularidades sociales y en las restricciones, y ver qué tan fijas e inmutables son estas diferencias. El empoderamiento de una persona empieza cuando esta analiza cómo los límites sociales restringen su capacidad para definir cómo quiere vivir y para llegar a disfrutar de las condiciones para vivir como desea, y avanza mediante la identificación crítica de cómo funcionan estas restricciones a su libertad, hasta llegar a definir estrategias para cambiarlas. 

Mosedale (2003) se ha basado en estos planteamientos para construir una definición de poder que tiene importantes consecuencias en el análisis de los procesos de empoderamiento de las mujeres. Si tomamos en cuenta que el hecho 12 de pertenecer a un grupo social (por ejemplo, el colectivo genérico femenino) establece unos ciertos límites a la libertad de las personas y que tales fronteras son socialmente construidas y modificables, el empoderamiento que esta autora reclama para las mujeres es el que tiene como objetivo cambiar radicalmente las relaciones opresivas de género, en tanto estas constituyen las fronteras sociales que restringen su libertad de elección.

 El poder que interesa, dice Mosedale, es el que permite a las mujeres construir su propia capacidad para cambiar los límites sociales que definen lo que es posible para ellas. Y la pregunta que importa es si las intervenciones de desarrollo que buscan que las mujeres se empoderen, logran efectivamente ayudarles a cambiar tales límites.

Clara Murguialday Martínez 

https://www.vitoria-gasteiz.org/wb021/http/contenidosEstaticos/adjuntos/es/16/23/51623.pdf





Leer más...

lunes, 4 de julio de 2022

Las tres caras del poder como dominio (el poder “sobre”)

  

 Según Lukes (1974), en las ciencias sociales aparecen habitualmente tres interpretaciones diferentes sobre el poder y todas ellas tienen en común entenderlo como un ejercicio de dominio sobre otros. Este poder ejercido sobre otros nos remite tanto a la habilidad de una persona para hacer que otras actúen en contra de sus deseos como a la capacidad que alguien tiene para sacar adelante sus propios intereses en contra de los intereses de otro, mediante la utilización de mecanismos diversos tales como obligar, impedir, prohibir, reprimir, negar o invisibilizar los intereses de aquellos sobre los que se ejerce dominio. 

 A) El poder visible (el poder para producir los cambios) La primera, y más habitual, acepción del poder responde a análisis liberales de los fenómenos sociales y lo aborda como un asunto de toma de decisiones sobre cuestiones en las que hay un conflicto observable definiéndolo como la “capacidad de un actor de afectar el patrón de resultados” (Kabeer 1997). 

Según esta interpretación, el poder es un recurso limitado que se gana y se pierde, que circula en los espacios públicos donde se toman decisiones y que se puede “ver” puesto que los que ganan en las decisiones aparecen como poderosos. El ejercicio de este poder recurre tanto a las formas violentas como a otros tipos de fuerzas y puede implicar quitar recursos, amenazar con hacerlo u ofertar mayores recursos a cambio de algún comportamiento que de otra manera no se daría. Esta manera de entender el poder, asociado con la toma individual de decisiones en el marco de relaciones interpersonales, ha sustentado buena parte de la literatura basada en el enfoque Mujeres en el Desarrollo (MED) que ha entendido el poder como algo que se tiene o no se tiene, y que puede ser incrementado mediante 7 determinadas acciones del desarrollo. Esta interpretación es visible, por ejemplo, en los intentos de medir la frecuencia con que participan las mujeres en la toma de decisiones en el hogar para demostrar que estas fortalecen su poder doméstico cuando acceden a un ingreso. 

 B) El poder oculto (el poder de decidir sobre qué se decide) La segunda acepción del poder puede definirse como la capacidad para evitar la discusión abierta de ciertos conflictos. Es el poder que se ostenta cuando alguien consigue sacar adelante sus propios intereses en contra de los de otra persona impidiendo que esta sea escuchada, excluyendo ciertas cuestiones de la agenda de decisión y restringiendo la adopción de decisiones a cuestiones seguras. Esta noción del poder permite apreciar que los conflictos no siempre son abiertos ni las decisiones visibles, que el poder no se expresa solamente en “quien gana qué” sino también en “cuando, cómo y quién se queda fuera de la toma de decisiones” porque ni siquiera ha sido tomado en consideración. Efectivamente, la persona o el grupo poderoso pueden ganar conflictos no sólo ganándolos cuando son planteados abiertamente sino impidiendo que las voces de los oponentes sean escuchadas y que el conflicto se haga visible en el ámbito de la toma de decisiones. La coerción, la manipulación, la información falsa y otras maneras de influenciar son reconocidas como formas de ejercicio de este poder, puesto que suprimen lo que de otro modo se hubiera constituido en un conflicto abierto.

Quien detenta el poder oculto puede crear reglas de juego que impidan a los grupos con menos poder expresar sus deseos; puede legitimar algunas voces y desacreditar otras, determinando qué asuntos y qué personas han de ser incluidas y cuáles no. Este tipo de poder se sustenta en “los procedimientos implícitamente aceptados e indiscutibles en instituciones que, al demarcar las cuestiones susceptibles de decisión de aquellas que no lo son, benefician sistemática y rutinariamente a ciertos individuos y grupos a costa de otros” (Bachrach y Baratz 1962). Esta manera de ejercer el poder mediante procedimientos que permanecen ocultos al análisis es bastante común en las relaciones entre las mujeres y los hombres. Las feministas han señalado que el poder masculino se ejerce movilizando normas y mecanismos que tienen un sesgo de género a favor de los hombres, como los que operan en la división sexual del trabajo o en la legitimación política de la 8 inviolabilidad de la esfera doméstica. Muchos conflictos que ni se asoman a las agendas públicas de debate versan sobre temas en los que hay asuntos de género involucrados, como por ejemplo considerar que la atención a niñas y niños es una tarea de cuidado “natural” de las mujeres en lugar de un problema social relacionado con el trabajo de las mujeres (Wieringa 1997). Cuando se entiende el poder masculino en clave institucional y no sólo en términos de relaciones interpersonales, pueden apreciarse mejor los prejuicios de género implícitos en las reglas y prácticas de las diferentes instituciones sociales. Kabeer señala que “la franca discriminación o las conspiraciones patriarcales son innecesarias cuando el privilegio masculino se puede garantizar simplemente poniendo en marcha procedimientos institucionales de rutina”. Abundando en este planteamiento Longwe (2000) ha analizado cómo se “evaporan” las políticas de género en las agencias del desarrollo, entidades a las que define como “reductos de dominio masculino… llenas de rasgos masculinos, implícitos en los valores, la ideología, la teoría del desarrollo, los sistemas organizativos y los procedimientos”. El elemento clave para conservar el dominio masculino en estas instituciones es que sus intereses y normas permanezcan invisibles, lo que puede lograrse por ejemplo, utilizando un vocabulario técnico que impide reconocer las contradicciones entre el discurso favorable a la igualdad y las prácticas alejadas del mismo, o abordando las cuestiones de género como una preocupación secundaria relacionada únicamente con la eficiencia de un proyecto, o limitando la mejora de la posición de las mujeres a la satisfacción de sus necesidades básicas. En este sentido, las agencias de desarrollo no son políticamente neutrales dado que desempeñan, mediante el ejercicio del poder oculto, un papel importante en la reproducción social del dominio masculino. 

C) El poder invisible (el poder de negar los intereses ajenos) La tercera forma del poder considerada por Lukes tiene relación con el conflicto no observado, es decir, con las tensiones que se producen cuando se niegan intereses reales de la gente, incluso cuando tales intereses ni siquiera son reconocidos por las personas afectadas. Este tipo de poder implica que alguien consigue sacar adelante sus propios intereses impidiendo que su potencial oponente se de cuenta de que existe un conflicto de intereses. Según León (1997), este es el poder más penetrante porque evita la expresión del conflicto y hace imposible que se conciba una situación diferente. 9 “El más efectivo e insidioso uso del poder es evitar, en primer lugar, que el conflicto surja… al formar las percepciones de la gente, las cogniciones y las preferencias de una manera tal que ellos acepten su rol en el orden de cosas existente porque no pueden ver o imaginar una alternativa, o porque lo ven natural e inmodificable, o porque lo valoran como si contuviera un orden divino y benéfico” (Rowlands 1997). 

El poderoso puede ganar conflictos manipulando la conciencia de los menos poderosos para hacerles incapaces de desear una situación diferente, sea porque no ven el conflicto, porque aceptan la legitimidad del orden establecido, porque están resignados a su suerte o porque no consideran posible transformar su situación. Sen (2000) se ha referido a este poder cuando analiza la naturaleza del “conflicto cooperativo” que caracteriza a los hogares y concluye que las mujeres, particularmente en sociedades tradicionales, tienen dificultades para tomar en cuenta su propio bienestar cuando abordan sus intereses personales en el escenario familiar. En términos más generales, este autor ha planteado que aunque los grupos desposeídos puedan estar acostumbrados a la desigualdad, no tener conciencia de las posibilidades de cambio social ni esperanzas de mejorar sus circunstancias, “las verdaderas privaciones no se evaporan por el mero hecho de que, en el cálculo particular utilitarista del cumplimiento de la felicidad y el deseo, la situación socioeconómica de la persona desposeída pueda no parecer particularmente desventajosa”.


Clara Murguialday Martínez 

https://www.vitoria-gasteiz.org/wb021/http/contenidosEstaticos/adjuntos/es/16/23/51623.pdf

Leer más...

domingo, 3 de julio de 2022

El empoderamiento asunto relacional

 Un tercer tema de consenso entre las feministas del desarrollo es que el empoderamiento de las mujeres es un proceso de cambio que afecta al conjunto de las relaciones sociales, entre ellas las de género, en que están inmersas las mujeres. 

 A diferencia de algunos enfoques que consideran el empoderamiento de las mujeres como algo que ocurre en ellas al margen de las relaciones e instituciones sociales que enmarcan y constriñen sus campos de actuación (una especie de autorrealización ensimismada), la visión feminista considera que las mujeres se empoderan siempre en relación a un otro respecto del cual estaban desempoderadas. Ese otro puede ser el marido, padre o líder comunitario que restringía su capacidad de ser y hacer según su propia voluntad, las normas y pautas culturales que restringían su libertad de movimiento, o las estructuras económicas y políticas que limitaban sus oportunidades de acceso a los recursos. Incluso si atendemos al carácter de proceso del empoderamiento, las mujeres pueden empoderarse, o desempoderarse, en relación a sí mismas en determinados momentos de su pasado. Esta visión relacional del empoderamiento le debe mucho a los planteamientos foucaultianos sobre el poder, entendido como un elemento presente en todas las relaciones sociales, algo que no se posee sino que se ejerce y va siempre acompañado de formas de resistencia, a menudo sutiles, a las identidades y 17 relaciones consideradas como naturales o inmutables. Aunque Foucault nunca analizó la dimensión de género del poder3 , su visión relacional, multidimensional y dinámica del poder ha sido muy relevante para el feminismo: la afirmación de que “lo personal es político” es parte del reconocimiento de que todas las relaciones sociales, incluidas las que se dan en el ámbito privado de la familia, están atravesadas por el poder. 

 Las mujeres, por tanto, se empoderan en el contexto de sus relaciones sociales. Dado que estas están determinadas y/o atravesadas por las relaciones que establecen con los hombres, el empoderamiento de las mujeres incluye el cuestionamiento de las relaciones de poder entre los géneros y su sustitución por un conjunto de arreglos más equitativos que los actualmente existentes. Molyneux (1985) insiste en esta misma idea al referirse a los intereses estratégicos de las mujeres, los cuales incluyen inevitablemente la puesta en marcha de un proceso de empoderamiento que les permita, a partir del análisis de su subordinación, formular modelos alternativos de relaciones entre los géneros y movilizarse para hacerlos realidad. 

Rowlands (1997) plantea que “el empoderamiento de las mujeres es un asunto de género y no simplemente un asunto de mujeres”, porque tiene que ver con la transformación de las relaciones sociales y, en particular, de las relaciones sociales basadas en la diferencia sexual. En sus investigaciones sobre cómo se empoderan las mujeres rurales ha constatado que estas se ven forzadas a confrontar las relaciones de género más cercanas cuando desean participar en proyectos generadores de ingresos o en las organizaciones comunitarias, y expresan que donde su proceso de empoderamiento encuentra más dificultades para avanzar es precisamente en el ámbito doméstico, lo que no es extraño puesto que “la familia es la última frontera de cambio en las relaciones de género... Uno sabe que el empoderamiento ha ocurrido cuando éste ha cruzado el umbral del hogar” (Batliwala 1997). 

 Dado que para salir de sus hogares tienen a menudo que renegociar el orden doméstico establecido, el uso del recurso tiempo en la familia o las pautas de toma de decisiones en la pareja, su empoderamiento involucra cambios en las actitudes y comportamientos de los hombres.

Clara Murguialday Martínez 

https://www.vitoria-gasteiz.org/wb021/http/contenidosEstaticos/adjuntos/es/16/23/51623.pdf


Leer más...

sábado, 2 de julio de 2022

El empoderamiento proceso de cambio


 Un segundo rasgo esencial del empoderamiento es su carácter procesual: se trata de un proceso de cambio que no tiene meta final ya que nadie llega nunca a estar empoderado en un sentido absoluto. Es este sentido de proceso el que hace que “ningún otro concepto exprese tan claramente como el empoderamiento la progresión desde un estado (la desigualdad de género) a otro (la igualdad de género)” (Malhotra 2002).

 Hay consenso entre las feministas del desarrollo en que el empoderamiento de las mujeres es un proceso de largo plazo que va “de adentro hacia fuera” y “de abajo hacia arriba”, que se inicia en el ámbito personal mediante el desarrollo de una autoimagen positiva y confianza en las propias capacidades, continúa en el ámbito de las relaciones cercanas a través de la habilidad para negociar e influenciar las relaciones familiares, y se expande hacia una dimensión colectiva en la que las mujeres construyen estructuras organizativas suficientemente fuertes para lograr cambios sociales y políticos

Se trata, por tanto, de un proceso de auto-empoderamiento, individual y colectivo, que no puede ser otorgado por nadie externo, lo cual no quiere decir que determinados agentes externos no tengan ningún papel que cumplir. Diversas autoras han resaltado la importancia de las agentes de cambio a la hora de facilitar las condiciones que permitan a las mujeres iniciar sus propios procesos de cambio. Kabeer (1997) es una de las que ha señalado el positivo papel de las 13 organizaciones de base innovadoras que, creando espacios para escuchar las voces de las mujeres y utilizando metodologías participativas, ayudan a desafiar los estereotipos convencionales respecto a las necesidades de las mujeres, hacen visibles determinados intereses que permanecían ocultos y promueven estrategias innovadoras para involucrar a las propias mujeres en los procesos de cambio. León (1997) plantea, por su parte, que dado que la subordinación de las mujeres aparece naturalizada en las sociedades con dominio masculino, es poco probable que las propuestas de cambio aparezcan espontáneamente; más bien, estas deben inducidas a través de procesos de concientización que permitan a las mujeres modificar sus auto-imágenes y sus sentimientos de inferioridad, así como sus creencias sobre sus derechos y capacidades. En la inducción de estos procesos de reflexión crítica, las agentes externas, generalmente mujeres feministas profesionales del trabajo de promoción y educación popular, pueden desempeñar un importante rol catalizador ofreciendo a las mujeres elementos de análisis y alternativas prácticas a sus modos de vida. También Rowlands insiste en que las agentes de cambio deben estar entrenadas en el uso de metodologías que ayuden a las mujeres a “percibir las limitaciones que ellas se imponen como resultado de la opresión internalizada que cargan” y garanticen que estas actúan a partir de sus propios análisis y prioridades, y no en base a agendas externas. 

 Ahora bien, este papel de las agentes de cambio nada tiene que ver con lo que James (1999) ha denominado la “transferencia del empoderamiento”, una visión predominante en el pensamiento oficial del desarrollo según la cual el empoderamiento puede ser otorgado por las agencias, mediante la puesta en marcha de proyectos diseñados desde arriba y desde afuera de las destinatarias en los que, supuestamente, la simple participación de las mujeres en actividades específicas garantizaría como resultado final su empoderamiento. 

Un mecanismo de transferencia de poder de este tipo es incompatible con los objetivos del empoderamiento porque este no es un proceso lineal con un inicio y un final definidos de manera igual para todas las mujeres, sino que requiere que éstas libremente analicen y expresen sus propias necesidades y prioridades, sin que estas puedan ser predefinidas o impuestas por los planificadores. Sin duda, esto plantea problemas a las agencias de desarrollo porque la lógica de la planificación se ve afectada cuando no pueden establecerse metas concretas o resultados medibles para las actividades que promueven el empoderamiento; en este caso, los 14 cambios a lograr deben ser vistos como parte de un proceso en marcha más que como una meta prefijada para un distante futuro. 

 En conclusión, entender el empoderamiento como un proceso de abajo arriba implica que los organismos de desarrollo no pueden reclamar que empoderan a las mujeres. Las mujeres deben empoderarse ellas mismas. Sin embargo, el apoyo externo es importante para empujar y sostener los procesos de cambio y las agencias pueden jugar este papel generando condiciones para que las mujeres participen en todos los ámbitos, adquieran habilidades para tomar decisiones y controlar los recursos, y apoyando a las organizaciones de mujeres que trabajan contra la discriminación de género. 

Clara Murguialday Martínez 

https://www.vitoria-gasteiz.org/wb021/http/contenidosEstaticos/adjuntos/es/16/23/51623.pdf

Leer más...

jueves, 30 de junio de 2022

Revisando el significado del poder

 


Históricamente, los movimientos feministas siempre han rechazado estas tres expresiones del poder “sobre” por considerarlas manifestaciones de un poder controlador que impide a quienes lo sufren identificar sus propios intereses, expresarlos abiertamente o aspirar a su realización. Y porque además, todas ellas son deudoras de una metodología de resolución de conflictos basada en la lógica de “suma cero”, según la cual si una persona gana poder es porque otra lo ha perdido en la misma proporción, ajena a la experiencia vital de las mujeres en sus relaciones familiares y más específicamente, en el ejercicio de la maternidad. Esta visión del poder como algo intrínsecamente malo y rechazable fue hegemónica en los movimientos feministas del Sur hasta mediados de los años ochenta, como quedó reflejado en las memorias de los tres primeros encuentros feministas de América Latina y el Caribe (1981-1985). Sin embargo, en el cuarto encuentro 10 celebrado en México en 1987, se hizo patente que las feministas comenzaban a replantear su idea de poder. La argumentación presentada para combatir el mito de que “a las feministas no nos interesa el poder” no deja lugar a dudas: “Si partimos de reconocer que el poder es fundamental para transformar la realidad, no es posible que no nos interese. Nosotras hemos visto a lo largo de nuestra militancia que a las feministas sí nos interesa el poder pero que, por no admitirlo abiertamente, no avanzamos en la construcción de un poder democrático y, de hecho, lo ejercemos de una manera arbitraria reproduciendo, además, el manejo del poder que hacemos en el ámbito doméstico: victimización y manipulación. Sí, queremos poder. Poder para transformar las relaciones sociales, para crear una sociedad democrática y participativa” (Vargas 1989). 

 Al asumir que el poder condiciona la experiencia de las mujeres en un doble sentido pues “es tanto la fuente de opresión en su abuso como la fuente de emancipación en su uso” (Rowlands 1997), las feministas pudieron ver a las mujeres no solo como individuas sometidas al poder masculino sino también como personas capaces de oponer resistencia, activa o pasiva, a las fuentes de poder. Considerar el poder como un recurso que las mujeres pueden utilizar para transformar su situación, y a estas como individuas dispuestas a ejercerlo colectivamente, les permitió reivindicar para las mujeres el ejercicio visible del poder para hacer avanzar sus reivindicaciones frente a otros actores sociales e institucionales. Así, desde mediados de los años ochenta, al tiempo que desarrollaban experiencias concretas de poder e influencia a nivel local, fue abriéndose paso en los movimientos de mujeres y feministas una visión del poder entendido más como capacidad de ser y hacer, que como dominio sobre otros; como algo que ocurre no sólo en las instituciones sino también en las vidas cotidianas (“lo personal es político”); como conocimiento-poder que opera a través de los discursos que enmarcan lo que es pensable y factible; como relaciones institucionalizadas que al convertirse en las reglas del juego, determinan el acceso de las personas y los grupos a los recursos vitales. 

Desde estas nuevas perspectivas, las feministas que trabajan en el campo del desarrollo han reivindicado abiertamente el poder para las mujeres. Así, por ejemplo, Batliwala (1997) ha definido el poder como “control sobre los bienes materiales (físicos, humanos o financieros), los recursos intelectuales  (conocimientos, información, ideas) y la ideología (habilidad para generar e institucionalizar creencias y valores que determinan cómo las personas perciben y funcionan en un entorno dado)” y ha sostenido que el empoderamiento de las mujeres debe medirse en términos de “cuánta influencia tienen estas sobre las acciones externas que afectan a su bienestar”. 

 También han realizado críticas interesantes a las concepciones hegemónicas sobre el poder. Hayward (1998) ha señalado que la pregunta central de los debates sobre el poder (¿Qué quiere decir que A tiene poder sobre B?) se basa en el supuesto de que es posible diferenciar los actos libres de los actos determinados por el poder de los otros, pero este supuesto es erróneo ya que ignora que la dimensión del poder está presente en todas las relaciones sociales, llegando incluso a conformar la propia identidad de las personas. Según esta autora, en lugar de pensar el poder en términos de los instrumentos que agentes poderosos usan para impedir que los no poderosos actúen libremente, sería más útil pensarlo como “las fronteras sociales que definen los campos de acción para todos los actores y facilitan u obstaculizan lo que es considerado posible”. 

 Estas fronteras sociales están constituidas por las leyes, normas, costumbres e identidades sociales que enmarcan y restringen las actuaciones de las personas. Al definir el poder como “la red de límites sociales que define los campos de acción”, Hayward reformula la pregunta sobre el poder: la cuestión no es ya cómo este se distribuye o cómo hace A para tener poder sobre B, sino más bien “cómo los mecanismos del poder definen lo (im)posible, lo (im)probable, lo natural, lo normal, lo que cuenta como problema”. 


Por tanto, más que buscar cómo las acciones de unas personas son limitadas por otras, habría que analizar las diferencias significativas que existen en las titularidades sociales y en las restricciones, y ver qué tan fijas e inmutables son estas diferencias. El empoderamiento de una persona empieza cuando esta analiza cómo los límites sociales restringen su capacidad para definir cómo quiere vivir y para llegar a disfrutar de las condiciones para vivir como desea, y avanza mediante la identificación crítica de cómo funcionan estas restricciones a su libertad, hasta llegar a definir estrategias para cambiarlas.

 Mosedale (2003) se ha basado en estos planteamientos para construir una definición de poder que tiene importantes consecuencias en el análisis de los procesos de empoderamiento de las mujeres. Si tomamos en cuenta que el hecho  de pertenecer a un grupo social (por ejemplo, el colectivo genérico femenino) establece unos ciertos límites a la libertad de las personas y que tales fronteras son socialmente construidas y modificables, el empoderamiento que esta autora reclama para las mujeres es el que tiene como objetivo cambiar radicalmente las relaciones opresivas de género, en tanto estas constituyen las fronteras sociales que restringen su libertad de elección.

 El poder que interesa, dice Mosedale, es el que permite a las mujeres construir su propia capacidad para cambiar los límites sociales que definen lo que es posible para ellas. Y la pregunta que importa es si las intervenciones de desarrollo que buscan que las mujeres se empoderen, logran efectivamente ayudarles a cambiar tales límites.

Clara Murguialday Martínez


https://www.vitoria-gasteiz.org/wb021/http/contenidosEstaticos/adjuntos/es/16/23/51623.pdf




Leer más...

miércoles, 29 de junio de 2022

El empoderamiento de las mujeres. Marco de igualdad

Longwe y Clarke Asociados (1997) han elaborado un marco de análisis sobre el empoderamiento de las mujeres que desarrolla de manera muy consistente sus características de proceso. Consideran que el desarrollo es ante todo un proceso que permite obtener y mantener mayor acceso a recursos y bienestar y que requiere el involucramiento de los grupos objetivo en la tarea de reconocer y superar sus propios problemas. En cuanto al empoderamiento, estos autores lo definen como un proceso de desarrollo de las mujeres que se logra mediante la superación de las desigualdades existentes entre los hombres y las mujeres. Se trata de un proceso que no es lineal sino circular, y que discurre a lo largo de cinco niveles de igualdad que ascienden progresivamente hacia cuotas superiores de empoderamiento y desarrollo: 

Nivel uno: el bienestar, en áreas como la salud, el acceso a alimentos o los ingresos. La brecha de género en este nivel se mide por las disparidades en las tasas de mortalidad o de desnutrición, y se deriva directamente de la desigualdad en el acceso a los recursos. Las acciones que buscan mejorar el bienestar de las mujeres deberán llevarles a un mayor acceso a los recursos. 

 Nivel dos: el acceso a los recursos para la producción (tierra, créditos, servicios), a la educación, el empleo remunerado y la capacitación. La brecha de género en este nivel se refiere tanto a los recursos como a las oportunidades. Las acciones que buscan mejorar el acceso de las mujeres acarrearán su toma de conciencia sobre la situación diferencial existente y su acción para reclamar la parte justa y equitativa de los diversos recursos disponibles en el hogar y en los servicios públicos. 

Nivel tres: la toma de conciencia sobre la desigualdad de género. En este nivel se sitúan las creencias sobre el carácter natural de la posición inferior de la mujer y la división genérica del trabajo. Empoderamiento significa cuestionamiento de tales creencias y reconocimiento de que la subordinación de las mujeres no es parte del orden natural de las cosas sino impuesto por un sistema de discriminación socialmente construido y que puede ser cambiado. En este nivel el desarrollo es visto también como superación de las desigualdades estructurales y la igualdad entre mujeres y hombres se plantea como una meta del desarrollo. La conciencia de género es considerada el elemento central del proceso de empoderamiento y alimenta la movilización respecto a los asuntos de desigualdad. 


Nivel cuatro: la participación en el proceso de desarrollo. La brecha de género en la participación es visible y fácilmente cuantificable, y se expresa en términos de desigual participación en la toma de decisiones. Las acciones que buscan igualdad en este nivel propiciarán que las mujeres participen activamente en la identificación de las necesidades comunitarias, la planificación y evaluación de las intervenciones. Si se requieren movilizaciones de las mujeres para lograr su mayor presencia en tales espacios, estas serán tanto un resultado del poder adquirido como una contribución hacia un mayor empoderamiento. 

Nivel cinco: el control sobre los factores de producción para asegurar acceso igualitario a los recursos y a la distribución de los beneficios. Es la mayor participación de las mujeres en la toma de decisiones la que conduce a una situación de igualdad en el control, caracterizada por un equilibrio de poder entre mujeres y hombres, de modo que ninguna parte se coloca en una posición de dominación. Para que las mujeres avancen en su empoderamiento han de superarse las inequidades en cada uno de estos niveles. El avance se da precisamente en el paso de un nivel al otro: las mujeres adquieren poder cuando las dificultades en el acceso a los recursos les motivan a una mayor concientización, cuando ésta da el impulso para una mayor participación en la toma de decisiones, cuando un mayor control sobre los recursos del desarrollo sienta las bases para más bienestar material, etc. 

Aunque cada nivel de igualdad puede ser una puerta de acceso al proceso de empoderamiento, Longwe y Clarke resaltan que la toma de conciencia  sobre el sistema de desigualdades entre hombres y mujeres es la clave para el cambio. Este esquema, conocido como el “Marco de igualdad y empoderamiento de las mujeres”, se inscribe en los enfoques “de abajo hacia arriba” del desarrollo pues son las propias mujeres las que han de reconocer sus intereses estratégicos y movilizarse por ellos, en lugar de esperar a que investigadores/as y agencias de desarrollo identifiquen sus problemas y realicen acciones para resolverlos. Ha sido usado por UNICEF como una herramienta para incorporar la perspectiva del empoderamiento en sus procesos de programación, y sustenta el Paquete de Capacitación que este organismo utiliza para formar a su personal en asuntos de igualdad de género y empoderamiento de las mujeres.

Clara Murguialday Martínez


https://www.vitoria-gasteiz.org/wb021/http/contenidosEstaticos/adjuntos/es/16/23/51623.pdf

Leer más...

domingo, 26 de junio de 2022

Las mujeres en la guerra, las mujeres en la construcción de la paz

 




Recientemente Hortencia Hernández, feminista, pacifista, activista, editora, escritora y amiga, republicó el basto artículo que Carmen Magallón publicara en 2014, sobre la labor que realizaron en 1915 un grupo de mujeres pacifistas en contra de la Primera Guerra Mundial, y que hoy se hace tan necesario leer o releer como un recordatorio de la importancia de sumarnos a la acción por el desarme y la paz.

La guerra siempre ha sido y es un monstruo devorador que en su aplastante destrucción no hace distinción ni de sexo ni de nada, sin embargo, no podemos negar que el padecimiento es en muchos aspectos más terrible para las mujeres que para los hombres, por lo tanto en mi opinión, no podemos hablar de historia bélica sin hablar del sufrimiento en la historia de la vida de las mujeres acrecentado con mayúsculas en tiempos de guerra, tampoco podemos hablar de lograr la paz mundial sin hablar primero de lograr la igualdad real y la eliminación de la violencia de género.

Las mujeres desde finales del siglo diecinueve y principios del veinte estaban muy conscientes de que la falta de presencia femenina en los puestos del poder político (lo que hoy llamamos falta de paridad), no abonaba a la formación de organizaciones internacionales anti guerra, a este respecto y sobre cómo a partir de entonces las mujeres se han ido organizando para promover la paz, fue que en 2020 Carmen Magallón y Sandra Blasco publicaron un libro valioso y necesario, lectura simplemente imprescindible para las feministas pacifistas de hoy: Feministas por la paz La Liga Internacional de Mujeres por la paz y la libertad en América Latina y España.

De un modo o de otro el sexo femenino siempre resulta mayormente afectado a causa de la guerra, de acuerdo con información de La Organización de las Naciones Unidas (ONU), en zonas de conflicto armado las niñas tienen un 90% menos probabilidades de asistir a la escuela que los niños.

Esta desventaja educativa me lleva a pensar no sólo en las consecuencias negativas en el desarrollo intelectual, social y económico de niñas y mujeres, sino también en la dificultad que esta implica en la construcción de la igualdad, la libertad y la paz.

Virginia Woolf en su ensayo Tres Guineas publicado en 1937, respondió a la pregunta que cierto hombre le había formulado acerca de que podría hacerse a fin de evitar la guerra?, para Virginia la solución estaba precisamente en que hombres y mujeres tuvieran igualdad en su formación académica y en el ámbito profesional, la cual permitiría a mediano y largo plazo el desarrollo de una sociedad capaz de resolver los conflictos pacíficamente sin recurrir a las armas.

En el sistema patriarcal las acciones por la paz siempre han ido de la mano de la guerra, no así para el feminismo pacificador. La naturaleza, la experiencia y el conocimiento que tenemos las mujeres pueden ser altamente aprovechados para un futuro sin armas… “las mujeres naturalmente amamos la paz como condición de la vida humana sin más, no como ausencia de guerra”…

Históricamente la guerra ha sido de los hombres, pero las mujeres aún sin buscarlo y sin quererlo siempre hemos estado ahí de muchas maneras, aunque en la invisibilidad o el desprestigio a la hora de hacer el recuento de los daños, otorgar créditos y recibir medallas, esta realidad fue plasmada desde la guerra más famosa de la literatura universal (la de Troya), pasando por conquista de Tenochtitlán y de todo el nuevo mundo, la revolución mexicana, las dos guerras mundiales, la guerra civil en España, las guerrillas en Latinoamérica y muchas otras, llegando hasta la guerra actual entre Rusia y Ucrania.

«Las que restañaron la sangre de las heridas y embalsamaron a los muertos, las que dentro y fuera de los muros proveyeron de vestido y alimento a los combatientes, las mismas que fueron presa, botín y moneda de cambio, todas a quienes opacó el vacuo fulgor de los héroes y silenció la ciega y salvaje masculinidad de la batalla... La guerra de Troya fue siempre la guerra de las mujeres.»…nos dice la escritora británica Pat Barker en su maravilloso libro: El silencio de las mujeres.

En todos los tiempos y en todas las guerras las mujeres han sido y son tan protagonistas como los hombres, sólo que sin derecho de aparecer en las grandes y heroicas marquesinas, sin embargo, antes y ahora están presentes como hijas, esposas, madres, cuidadoras, proveedoras, trabajadoras, enfermeras, pero también, y hay que decirlo como combatientes al frente de batalla.


La periodista y escritora bielorrusa Svetlana Aleksievich en su investigación para su libro: La guerra no tiene rostro de mujer (1985); constata la participación armada de cerca de dos millones de mujeres en la Segunda Guerra Mundial, y comienza diciendo que ya desde la antigua Atenas y Esparta hay evidencia de la participación femenina en las guerras griegas.

El mérito ha sido siempre otorgado a los hombres por obra de ellos mismos que han sido los que han escrito la historia, no obstante, las cosas están empezando a mostrarse al mundo de otra forma: Olena Zelenska, actual primera dama de Ucrania afirmó recientemente …” la actual resistencia y futura victoria ante Rusia tiene también un rostro particularmente femenino”…

Cada quien tiene su propia ideología y su propia manera de tratar de evitar la guerra, para muchas el camino es por la vía pacífica mediante el diálogo, mientras que para otras la solución está en la lucha armada.

Sin embargo y a pesar de lo admirable y heroico que es la fuerza, la valentía y la determinación de las mujeres que deciden tomar las armas y combatir, la realidad es que no creo que ninguna de nosotras quisiéramos por gusto vernos ni ver a nuestras madres, hijas, hermanas,amigas etc. sufriendo los horrores de la guerra, siendo separadas de nuestras familias, capturadas, encarceladas, violadas, vendidas, explotadas sexualmente, torturadas y asesinadas.

La paz a costa del sufrimiento, el sometimiento y la vida de millones de hombres y mujeres no es paz, es tan sólo la perpetuidad del sistema de dominación en el orden mundial.


Las feministas pacifistas en la actualidad nos unimos al pensamiento de mujeres como Jane Adams (1860-1935) Emily Greene (1867-1961) Rosa Luxemburgo (1871-1919) Clara Zetkin (1857-1933) Helen Keller (1880-1968) Virginia Woolf (1882-1941) Teresa de Calcuta (1910-1997) Rigoberta Menchú (1959) Concepción Picciotto (1936-2016) Marcela Lagarde (1948) entre muchas otras.

Apoyamos y aportamos cada una y en colectivo, la creación de nuevas economías que erradiquen la desigualdad y la pobreza a nivel mundial, renovados sistemas de salud integral e incluyente, eficientes programas sociales, educación con perspectiva de género, respeto político internacional a la autonomía de pueblos y naciones, el control de armas y la eliminación de armamento nuclear, y todo lo que sea necesario hacer para evitar la guerra.


“No hay caminos para la paz, la paz es el camino”

Mahatma Gandhi


Galilea Libertad Fausto

Foto: portada del libro de Carmen Magallón y Sandra Blasco
Leer más...

sábado, 25 de junio de 2022

“ EL NORTE DE LA VIDA”

   La sabiduría es como un río que corre a través de la historia ,enriqueciéndose con las aportaciones de los distintos pueblos y culturas a lo largo de todos los tiempos. En la búsqueda de esa sabiduría han tenido mucho que ver las mujeres.Mujeres que han sabido conciliar,integrar,armonizar, generar lo que actualmente se llama, cultura de paz.Mujeres que por distintos motivos he conocido y de las que tanto he aprendido y continúo aprendiendo.Mujeres que sin preparación académica y habiendo vivido en esa época oscura de la posguerra, han sido capaces de ver, para nosotr@s ,hijos e hijas, que el horizonte tendría más luz,si estudiábamos y  alcanzábamos la tan ansiada y determinante independencia económica.

Estas mujeres,promovieron que seamos la generación de hombres y mujeres profesionalmente más preparadas de la historia deste país.Somos la generación del cambio a la democracia, de la mayor participación y responsabilidad en los distintos estamentos de la actual vida civil.Para esas mujeres tan decisivas ,infinito agradecimiento,mucha atención,mucho cariño,mi cariño.

La mujer que hoy me cuenta aspectos de su vida,la tengo escuchado mucho y no me canso de escucharla.Está al día en todo.Es una mujer que siempre está,siempre la encuentras y” dispone” dese tiempo que no” mide” tanto para escuchar como para acompañarte.Cuando te acompaña, tanto se adapta a tu gente ,como te presenta la que ella conoce .Tiene amplia capacidad de relación,muy querida por familia y amig@s.Es hospitalaria,su casa siempre fue de puertas abiertas ,hizo suya la expresión : “de puertas adentro todas son camas” .Democrática, ha favorecido reuniones, anima a la participación cívica, sabe ir con los tiempos. Se adapta a múltiplas circunstancias ,tanto va de compras como al teatro,a una exposición o compra una tela y hace su traje. Podría haber sido arquitecta, ha dirigido varios proyectos y planes de rehabilitación de casas.Todos los días sigue los informativos, lee y es una fiel seguidora de Informe Semanal.

Carmen Martínez Piñeiro, tiene una vida intensa que trascurre  desde que nace en Sisán (Ribadumia 1927 ) en donde empieza su etapa escolar,que continuará en Barrantes, ya que sus padres se trasladan  a vivir a San Martín  (Meis).Conoce la escuela de la República ,el dolor de la época de la guerra a la que obligatoriamente va su padre, a quien tanto quería.Vive la escased de la posguerra,aunque reconoce que su condición era favorable.Dice: había escasez de todo,nosotros nunca pasamos hambre,podíamos comprar tela para hacer la ropa,venía la modista a casa ,me fijaba como cosia y así di mis primeros pasos cosiendo a máquina,también a ganchillar y a calcetar que lo hacía con clavos e hilo de saco.Los zapatos ,teníamos un par para el año,que solo se ponían los domingos y días de fiestas.Mi padre era ganadero,cuando vino de la guerra yo tenía 12 años.Tenían que llevar los bueyes a Caldas,quise ir y para no ir descalza,hice mis zapatillas y  a partir de ahí ya dejé de ir a la escuela.No iba a estudiar,siendo hija única,pensaban mis padres! Así fue como empecé a ir con mi padre alas ferias : a Mosteiro, a Pontevedra, a Padrón ..eso me gustaba.Teníamos fincas,también aprendí a trabajar en el campo y a cuidar de los animales..a cocinar.Los domingos ,íbamos al cine,al baile..A comprar íbamos a Cambados, a Pontevedra,a Villagarcía..

Con 22 años ,se casa con Pepito,que es patrón de pesca  y se traslada a vivir a Cambados.Es así como inicia su “propia” vida y en común con su marido.Sigue contando: Pepito , iba a la mar, yo en la tienda ,he comprado,vendido ,un poco de todo..Además le pagaba alos marineros, a las atadoras,iba a la lonja  y controlaba las ventas de nuestros barcos..La vida del mar es dura e incierta, no sé como me iba acostumbrando..De llevar la casa,hablar con los profesor@s …me ocupaba yo ,pero Pepito estaba al corriente de todo y para los estudios de los hij@s, nunca puso pegas.Hablábamos y acordábamos  todo entre los dos y cuando los hij@s se fueron haciendo mayores también contamos con ellos  y así aprendimos unos de los otros .Trabajamos mucho..pero yo hasta ahora me siento bien.

CUATRO HIJ@S,MUCHAS EXPERIENCIAS..

Carmen, es una mujer entusiasta,vitalista ,que alumbra con luz propia,una persona que  infunde seguridad ,transmite confianza y firmeza.Un privilegio conocerla y disfrutarla .Yo la tengo de norte ,incluso en mi trabajo.Cuando le pregunto de que aspecto de su vida está más contenta, contesta rápido :” Estoy contenta de todo lo que hice en cada época de mi vida,todas son bonitas ..ya vas haciendo en la medida que puedes..Ahora no puedo hacer lo mismo que cuando tenía 30 ó 40 años ,pero no importa, ya lo tengo hecho..De lo que más satisfecha me siento ,es de haber hecho todo lo posible para que mis hijas e hijo estudiaran y lo que les gustaba  y saber que ahora están a gusto ,trabajando en lo que han elegido y para lo que se han preparado. Me agrada que sean buenos profesionales ,pensando siempre en hacer el bien y que nunca se olviden de sus raíces.

Carmen, tiene cuatro hijos ,tres mujeres y un hombre. Todos hicieron carrera y tienen trabajo.Carmen ,sabe y opina de los trabajos y de los problemas y alegrías que dan los hijos…

Le pregunto:

1- Si le ha compensado..cuatro hij@s ,tanto trabajo..

Contesta de inmediato: SI, si .a mi si.He tenido los hijos convencida.

2- Continúo, ahora ,harías lo mismo?

Son otros tiempos,entiendo a las mujeres actuales,preparadas,independientes.Son más libres para decidir como enfocar su vida así como tener o no hij@s.La felicidad no está en casarse,tener o no hij@s-Si, está en saber lo que quieres ,cumplir con tus obligaciones e intentar hacerlo bien…Ahora que si tienes hijos ,tienes que atenderlos ,dedicarle tiempo,hablarles,escucharles..Deben saber lo que hay y no darle más de lo que se puede ,más bien menos.Es mejor que sientan la necesidad de algo y no que les sobre.Es muy importante que estudien ,que colaboren y sepan compartir y que aprendan a responsabilizarse de sus obligaciones.Deben ir aprendiendolol desde pequeños.

Toda una filosofía ,una lección aprendida en los libros de la vida.Carmen es una mujer sencilla,austera, ha aportado sabiduría a nuestra historia a mi vida .GRACIAS MAMÁ, por tanta generosidad, dedicación y cariño.Mil GRACIAS POR TODO.


 HISTORIAS EN FEMENINO 4 / Voz de Galicia 24-6-2010:

 POR : M Carmen Durán Martínez


Leer más...

lunes, 13 de junio de 2022

«Sepa por qué usted es machista» por María Elena Walsh


Nuestra querida y admirada Maria Elena Walsh escribió este texto hace años pero su inteligencia se adelanto en el tiempo y aunque habla para Argentina, tomamos su mensaje con la idea de conseguir justamente "Que  ni usted ni nadie sea  machista" 


«Sepa por qué usted es machista»

1. Porque le falta el principal de los sentidos: el del humor.

2. Porque se siente Dios, aunque no sea Ministro.

3. Porque cree todo lo que le dicen los medios (o miedos) de difusión de la Argentina actual, y ya tiene el cerebro más lavado que mate cebado por un polaco.

4. Porque su mamá es una santa, por lo tanto las demás mujeres son unas brujas

5. Porque su mamá es una bruja, por lo tanto las demás mujeres también.

6. Porque no tiene mamá y no consigue quien lo mime.

7. Porque en realidad le gustan más los hombres, aunque no ejerza.

8. Porque quiere hacer mérito ante los centros de poder, exclusivamente masculinos: empresariado, Fuerzas Armadas, animadores de TV, deporte, sindicatos, clero, pompas fúnebres, etcétera.

9. Porque todo ese asunto de la gestación y el parto le da miedo y asquete, como la educación sexual al Ministro de Educación.

10. Porque usted tiene los mismos atributos de Woody Allen pero no le dan el mismo resultado.

11. Porque no soporta la idea de un rechazo sexual hacia usted o hacia otro, y cree que la bella siempre debe estar a disposición de la bestia.

12. Porque usted no vive en el presente (y para eso lo ayudan mucho) sino en la prehistoria mental, y se da manija con tangos del 40.

13. Porque usted es burro y en lugar de corregirlo con tiempo y esfuerzo lo disimula con agresividad.

14. Porque usted es culto pero culturiza fuera de la maceta, y leyó a Julián Marías y no a Simone de Beauvoir.

15. Porque en el fondo es antisemita, antinegro, antiobrero, antijoven, pero como eso ya no corre se desquita con la misoginia, que aquí y ahora viene con premio (pero no se descuide: por poco tiempo más).

16. Porque usted ama el orden por sobre todo, y cada cosa en su lugar las mujeres en la cocina (o en cueros en tapas de revistas), y Pinochet, Castro y García Meza en el poder.

17. Porque cree que la inepcia es cuestión de sexo, que es como creer en la cigueña o en elecciones inminentes.

18. Porque teme que las mujeres hagamos rancho aparte, y no piensa que son los hombres quienes lo inventaron y perpetúan. (Ver punto 8.)

19. Porque supone que la mujer quiere imitar al varón, y no sabe que antes muerta que imitar a semejante fabricante de desastres, desde la guerra atómica hasta el IVA.

20. Porque le gusta que al mundo lo manejen los colectiveros.

21. Porque tiene mucha paciencia para dejarse pisar la cabeza por cualquier matón y muy poca para comprender errores de mujeres, que al fin y al cabo son, históricamente, debutantes en la mayoría de las profesiones.

22. Porque teme que las mujeres “pierdan la femineidad”, cosa imposible de perder, salvo que usted llame así a cosméticos y pilchas.

23. Porque usted teme que le roben algo y no sabe bien qué, a pesar de que a diario lo saqueen y basureen, y no precisamente las mujeres.

24. Porque es sincero, y vale más machista recuperable que “feminista” patrocinante como un papito que a las pretensiones femeninas dice que sí PERO…

Ahora ya sabe. Con estos 24 puntos usted ahorra años y fortunas en psicoanálisis. Usted puede ser hombre o mujer, el machismo tampoco es cuestión de genes: poca gente más machista que algunas mujeres, sólo que ellas lo son por instinto de conservación, por despiste, por imitar a los hombres, por comodidad o porque así las dejan hablar por TV. Usted también lo es por todas estas razones pero además porque se cree superiorcito: hace unos 10.000 años que le pasan el aviso y claro, usted sigue comprando un producto inexistente. Ahora puede seguir siendo machista, pero con apoyo logístico. No se trata tampoco de ejercer la represión desde estas páginas. Es posible que la perseverancia le acarree aplausos y sensación de deber cumplido, amén de las palmadas de la patota. Pero ojo que no hay premio mayor que saberse persona inteligente y civilizada. Si no opta por eso, estará contribuyendo a la contaminación mental, que es la que nos mata. Y no la humedad. Estará inflando la maquinaria del prejuicio y la prepotencia y al fin se va a quedar solo como un ciempiés, de luto, convertido en drácula de utilería y en hazmerreír de las criaturas primaverales.


Fuente: Cosecha Roja 



Leer más...

viernes, 3 de junio de 2022

Condenamos los 129 feminicidios en Francia desde el ultimo Festival de Cine de Cannes


Un  grupo de mujeres  manifestantes irrumpieron en la alfombra roja del Festival de Cine de Cannes  el 22 de mayo protestando contra la violencia machista  desplegando  una pancarta y lanzando dispositivos de humo negro y levantando los puños.

La pancarta presentaba una lista  con el nombre de  las 129 víctimas de los  feminicidios desde el último festival de Cannes', 



Las manifestantes feministas llamaron la atención de los medios de todo el mundo sobre la situación de vulnerabilidad de la mujer en Francia, cuestionando las medidas que se toman en busca de la igualdad entre los sexos, que no evitan ese elevado numero de mujeres asesinadas, para verguenza de las autoridadeds francesas y tristeza de todas las personas comprometidas con la igualdad.



https://www.dailymail.co.uk/news/article-10842821/Protesters-storm-red-carpet-Cannes-Film-Festival-unfurl-banner-condemning-129-femicides.html

Leer más...