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viernes, 6 de febrero de 2026

NotiMujeres: Tres voces progresistas frente al trumpismo


En el Congreso de Estados Unidos existe oposición a la administración de Donald Trump, entre las voces progresistas más fuertes están las de Jasmine Crockett, Alexandria Ocasio-Cortez e Ilhan Omar, tres congresistas demócratas que desde trayectorias distintas, han construido una crítica frontal al trumpismo tanto en política nacional como internacional.

Jasmine Crockett, representante por Texas desde 2023, es una figura emergente que ha ganado notoriedad por su estilo directo y confrontacional. Es abogada de derechos civiles y ha centrado su oposición en la defensa de las instituciones democráticas y el control del poder ejecutivo.


Alexandria Ocasio-Cortez, titulada en economía y relaciones internacionales, congresista por Nueva York desde 2019, se ha convertido en uno de los rostros más reconocidos del progresismo estadounidense, y con 35 años es la mujer más joven en ocupar un escaño en el Congreso de este país. Su oposición a Trump ha sido constante yendo desde el rechazo a sus políticas migratorias y económicas, hasta la denuncia de retrocesos en materia climática.


 Ilhan Omar, representante de Minnesota, primera persona somalí y primera mujer musulmana ocupando un lugar en la Cámara de Representantes de Estados Unidos. Graduada en Ciencias Políticas y Estudios Internacionales, es asesora política, activista feminista y escritora. Ha articulado una crítica del trumpismo con fuerte énfasis ético y global, denunciando también el impacto de la retórica presidencial en el aumento de la islamofobia y la hostilidad contra comunidades migrantes, siendo muy crítica de las políticas inmigratorias y de la intervención militar, aboga por abolir agencias como ICE, y por un enfoque exterior centrado en derechos humanos y diplomacia.


Pero el conflicto entre estas tres mujeres políticas y el mandatario no se ha limitado al terreno ideológico como debería ser, sino que por parte de él ha estado plagado de descalificaciones personales sistemáticas que revelan un problema de género, raza y clase, un asunto de poder, política y misoginia.

En varios comentarios a la prensa y en redes sociales a finales de enero y principios de febrero de 2026, Trump afirmó que Jasmine Crockett y Alexandria Ocasio-Cortez tienen “very low IQ” ( coeficiente intelectual muy bajo), y sugirió que deberían hacerse una prueba de inteligencia. Ya antes se ha referido a ellas dos y a Ilhan Omar, lo mismo que a otras oponentes, como mujeres estúpidas, asquerosas y malvadas.

 En el caso de Ilhan, reiteradamente la acusa de ser una somalí extremista llena de odio y amenaza con deportarla, pese a que ella legalmente es ciudadana estadounidense. Tras un ataque físico que sufrió en un acto público en Minneapolis el pasado 27 de enero, cuando un hombre la roció con una sustancia durante una reunión con electores; Trump declaró sin pruebas que ella había “montado” el ataque, una afirmación que víctima y medios calificaron como irresponsable e incendiaria.

Desde su visión política las tres congresistas han cuestionado pilares centrales del trumpismo, denunciando el uso unilateral de la fuerza militar y la erosión del control constitucional en política exterior, además de las políticas económicas e inmigratorias que aumentan la desigualdad, la pobreza, y promueven la guerra. En su hacer abogan por una política interior y exterior basada en legalidad, derechos humanos, y ética. Trabajan contra la normalización de la violencia política y el debilitamiento institucional promovido por las acciones de Trump.

Sin embargo, la respuesta de este presidente no se basa en argumentos políticos, sino en burlas en las que las reduce a caricaturas, sin reconocerlas nunca como adversarias políticas.

Este patrón es una forma de ejercer el poder político en la que la confrontación con mujeres, especialmente mujeres jóvenes y de minorías se da no sólo en el plano de las ideas, sino mediante el intento de invalidarlas como figuras públicas legítimas. El propósito es derrotarlas políticamente y desacreditarlas personalmente.

El debate político actual en Estados Unidos se ha visto contaminado por un virus que mezcla el desacuerdo ideológico con el desprecio personal, y ese desprecio se intensifica cuando quienes desafían el poder son mujeres, como Crockett, Ocasio-Cortez y Omar que cuestionan las políticas de Trump,  y el nefasto modelo de liderazgo que él encarna. 

A este respecto, en febrero de 2021 luego de el asalto al Capitolio de los Estados Unidos, Alexandria Ocasio reveló ser una sobreviviente de violación sexual, esto, con el propósito de acusar a los republicanos de evadir su responsabilidad en dichos disturbios y las consecuentes víctimas mortales que hubo, señalando que usan las mismas tácticas de los abusadores.

En esta administración el machismo es un instrumento político. Trump entiende que desacreditar a estas mujeres especialmente por su género, edad, origen o religión, refuerza un orden donde el poder sigue siendo masculino, blanco y autoritario con evidentes miras a la dictadura. Y en esta actualidad política el mensaje es que las mujeres, y demás personas opositoras que hablan demasiado alto contra el régimen, serán castigadas.

Se hace evidente que el conflicto no es sólo entre derecha e izquierda, sino entre una política del dominio y una política que se niega a someterse a la inconstitucionalidad y a la tiranía.

Me queda bastante claro, que la reacción de Trump confirma el temor que le causa la potencia de estas voces femeninas en El Congreso. Si él necesita insultarlas para silenciarlas, es porque sus críticas, argumentos y acciones políticas están generando impacto en la gente. Su proceder político en franco avance bien capacitado, sólido, frontal y sin miedo es una amenaza real para un gobierno que depende del desprecio, la intimidación, la violencia política y la violencia de género para sostenerse. 

Jasmine Crockett, Alexandria Ocasio-Cortez e Ilhan Omar, son la piedra en el zapato del trumpismo, son el rostro y la voz de una nueva generación de mujeres haciendo la política que Estados Unidos y el mundo entero necesita!


Galilea Libertad Fausto.


Créditos de la ilustración a quien corresponda.

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Masculinidad, juventud y consentimiento (3/3): La construcción del consentimiento



 Después de la aprobación de la llamada “Ley del Sí es Sí” en España, este apartado tiene nuevos matices. Quizá ya no es visto solo como un proceso para generar un acuerdo entre dos o más personas en cualquier faceta vital, sino que ahora está íntimamente relacionada con la violencia sexual y con procesos legales punitivos. Al tratarse de una idea surgida de una relación, ahora ya no hablamos de un rasgo que puede o no identificarnos (como la masculinidad o la juventud), sino de un proceso que involucra necesariamente a varias partes o personas y tenemos que tener en cuenta varias cuestiones. 

Los privilegios 

Como hemos ido viendo, nuestra sociedad tiene como tarea revisar muchas violencias que, sin darnos cuenta, sostenemos y reproducimos a  diario. Nuestro modelo social está muy lejos de ser igualitario. Sin darnos cuenta, consentimos y mantenemos niveles de bienestar asociados a muchas facetas de nuestra vida que están valoradas socialmente: la capacidad adquisitiva, el color de piel, la nacionalidad, nuestra situación legal, el género, la religión... En fin, son tantas que no podría nombrarlas todas, pero lo que deseo resaltar ahora es cómo interseccionan entre sí para generar niveles que nos hacen la vida más o menos sencilla. Es decir, lo que comúnmente solemos llamar privilegios (McIntosh, 1989). 

No es lo mismo enfrentar una situación con un nivel de privilegios u otro. Por traer una situación que lamentablemente veo de forma muy cotidiana en centros de educación secundaria: un chico es reiteradamente aislado del grupo por sus propios compañeros y compañeras de clase, a través de bromas pesadas o burlas que hacen constantemente. En caso de que se hagan durante el tiempo en el que estoy en clase, le pregunto al chaval si se siente bien y su respuesta, como es previsible, suele ser afirmativa y, aunque el solo hecho de preguntarle ya hace ver a la clase la violencia a la que están sometiendo a una persona de su grupo, y suelen parar los comentarios, lo que evidencia es que muchas veces las personas afectadas por un tipo de violencia suelen invisibilizarla. Eso no significa que la violencia no ocurra, porque cuando le pregunto a otra persona del grupo si se sentiría bien con ese trato, suelen bajar la cabeza y hacer silencio, haciendo ver que, no solo es capaz de identificar la violencia implícita en el trato sino que, entiende el daño que se siente al recibirla. Algunas, sintiéndose reforzadas, me dicen claramente que eso ocurre a diario, que nadie hace nada y que saben que la persona aislada no lo está pasando bien y directamente lo identifican como bullying. Con todo esto, lo que pretendo poner de relieve es cómo en un caso, una persona abiertamente se esfuerza por evitar u ocultar el daño sufrido y, probablemente, se contentaría simplemente con no recibirlo mientras que, por otra parte, otras personas con más privilegios pueden dedicarse más fácilmente a pensar en lo que les gusta sin dedicar esfuerzos a evitar estos daños. Por lo tanto, para poder entender cómo debemos gestionar el consentimiento, es fundamental partir de la base de que no todas las personas estamos dispuestas a consentir lo mismo porque, probablemente, nuestro abanico de consentimiento está marcado por las violencias que hemos naturalizado

Esto ocurre porque, en la mayoría de los casos, cuando naturalizamos un privilegio, no reconocemos la vulneración de derechos que esconde, simplemente asumimos lo que está pasando como “lo normal”, es decir, los privilegios se vuelven invisibles para quienes los tenemos, a menos que hagamos un trabajo de consciencia para identificarlos y, solo entonces, podremos pensar en cómo minimizar su efecto. Hasta ese momento, lo más probable es que, sin saber cómo e incluso sin desearlo, estemos contribuyendo a reproducir el daño.

 El placer 

Otro elemento que entra en juego cuando queremos analizar lo que consentimos está relacionado con aquello que nos gusta o nos apetece. El inconveniente en este caso surge cuando nos damos cuenta de que no contamos con espacios de formación para reconocer nuestro placer. La mayoría de las veces la estrategia publicitaria se centra tanto en decirnos lo que nos debe gustar, cómo y cuándo, que apenas nos quedan espacios para poder identificar lo que realmente deseamos. 

Podríamos pensar, por ejemplo, que el peinado que llevamos, o el largo del pelo o la ropa son elecciones personales que han ido evolucionando a lo largo de nuestra vida hasta llegar al resultado que hoy lucimos frente al espejo, sin embargo, todas estas cuestiones están determinadas por la publicidad, los prejuicios que tengamos sobre nuestra edad, nuestra talla, nuestro género. Es decir, el sistema social y nuestra cultura local han decidido antes que la mayoría de personas, cómo debería ser nuestro aspecto físico y luego terminamos eligiendo los detalles. Lo que considero más importante de esta reflexión, es el hecho de que, en el proceso, tenemos la satisfacción de haber decidido en función de lo que deseábamos. Lo que Ana de Miguel (2015), ha dado a conocer como “el mito de la libre elección”. Esto nos situaría frente a una paradoja porque, si reconocemos que, por poner un ejemplo, la ropa que ahora nos gusta es fruto de un bombardeo mediático que ha hecho que ahora me resulte deseable un conjunto que hace diez años hubiese rechazado, estaría reconociendo, por una parte, que el deseo y el placer se educan y, por otra, que el hecho de que algo me resulte deseable, no lo decido solo yo.

 Existen entonces, multitud de factores que se conjugan para construir lo que reconocemos como placentero y muchos ya vienen determinados por la cultura del lugar y del tiempo en el que nos encontramos, sin embargo, en la medida en que vamos conociéndonos más y vamos identificando lo que nos caracteriza, también vamos encontrando la manera de construir elementos propios, personales, originales que dan cuenta de un proceso de elección también deseado, pero no basado en la oferta sino generado a pesar de la oferta. Los procesos más homogeneizadores podríamos identificarlos como los generadores de un placer más reproductivo (lo que nos dicen qué nos tiene que gustar), mientras que los que surgen del segundo proceso podríamos identificarlos como surgidos de un placer más creativo. 


La sexualidad 

Es solo colocar esta palabra en una hoja y sentir cómo el peso del tabú de siglos y siglos se posa sobre el texto. Así que intentaré ser lo más cauteloso que pueda al perfilar este apartado que, de entrada, tengo que advertir que trataré muy someramente para ceñirnos a los objetivos del artículo. 

Si, como lo hemos ido haciendo a lo largo de este ensayo, conjugamos los diferentes apartados que se han presentado, podremos adelantarnos al hecho de que la sexualidad que consumimos en occidente no deja de ser un producto más de nuestro modelo social, teniendo en cuenta que nuestro deseo está siendo constantemente modulado, dirigiéndonos hacia un tipo de placer fundamentalmente reproductivo al que podemos acceder (o no), según el rango social que tengamos, a partir de la suma de nuestros privilegios. 

Pasemos entonces a identificar los ingredientes que caracterizan el modelo de sexualidad que consumimos, para entender más claramente cómo se ha ido moldeando nuestro deseo. 

Mecánico: para empezar podemos reconocer cómo el modelo de sexualidad que más comúnmente se nos presenta, deja de lado la diversidad biológica, cultural, emocional, contextual... al asociar el placer sexual a zonas, puntos, posiciones... muy lejos quedan los sentimientos, los gustos, las personalidades. Se presentan los cuerpos cosificados, se entiende la sexualidad como una fórmula, algo previsible, trasladable, automático. 

Competitivo: vemos cómo continuamente se mide a las personas según su tipo de cuerpo, el tamaño de pene o de los senos, el número de parejas... lo que, a su vez, hace evidente la siguiente característica.

 Jerárquico: se evidencia un patrón de relación muy claro en el que se reparten dos roles: activo o pasivo y, en relaciones heterosexuales, se hace muy evidente cómo el rol activo lo ejercita habitualmente el chico y el pasivo, la chica. 

Hetero: la gran mayoría de las escenas que hacen alusión a la sexualidad están, o bien representadas por una pareja heterosexual o bien en la idea de una relación heterosexual. 

Orgasmocéntrico: es decir, para empezar se presupone que la sexualidad tiene un fin y, para seguir, se identifica el objetivo con el orgasmo. 

Y, por si todo esto no nos parece tremendamente  parecido a lo que veíamos en el bloque sobre la masculinidad, también evidenciamos cómo otro de los elementos que perfilan el modelo de sexualidad occidental es que erotiza el daño, convirtiéndolo en algo deseable, es decir, romantizándolo. En este momento, según el grado de deconstrucción de nuestro modelo de sexualidad, podríamos pensar que todo esto es obvio, que de esto se trata la sexualidad y que lo extraño sería que alguien desee otra cosa. 

Sin embargo, para hacer evidente el grado de intromisión del sistema en una dimensión tan personal como lo es la sexualidad, suelo explicar que así como no podemos imaginarnos sin la capacidad de crear, no podemos entender la humanidad sin sexualidad, simplemente es una dimensión más de nuestro cuerpo. Por lo tanto, si asumimos que hemos sido y seremos seres sexuados, tendríamos que admitir que teníamos sexualidad a los 3 años y la tendremos a los 93. 

En este momento suelo preguntar: ¿Creéis que a los 3 años erotizábamos hacerle daño a otra persona? ¿Hacerle daño a otra persona nos hubiese podido generar placer? Al hacer estas preguntas suelo ver cómo las miradas cambian y comienzo a intuir, a través de las expresiones no verbales, cómo empiezan a darse cuenta de que lo que hasta ese momento consideraban que era algo simplemente biológico, se trata una vez más, de un triunfo del sistema sociocultural que nos ha formado. Por una parte podríamos quedarnos con la idea de manipulación o falta de control sobre muchos aspectos personales pero, la intención es justamente la contraria. 

El esfuerzo por evidenciar cómo la sociedad es un interlocutor muy activo en nuestra manera de ser, también nos muestra que muchos de los procesos que hubiésemos podido pensar que estaban determinados biológicamente, en realidad han sido aprendidos y moldeados por el grupo en el que hemos crecido. Esto también puede interpretarse como una buena noticia porque al asumir que nuestro deseo es moldeable, podemos pensar en crear nuevas formas de relación que eviten el daño y, en caso de que ocurra, repararlo en vez de naturalizarlo


La construcción colectiva 

Hasta aquí la idea era identificar los elementos que se están conjugando cuando hablamos simplemente de tres conceptos tan cotidianos como puede ser masculinidad, juventud y consentimiento. En ese sentido, a lo largo del recorrido hemos sentido cómo el peso de lo que social y culturalmente ha construido nuestro sistema se ha ido colando sin darnos cuenta en actitudes, comportamientos, pensamientos, expresiones... que no hacen otra cosa que evidenciar que no teníamos las cosas tan superadas como pensábamos y que, por lo tanto, aún nos queda mucho trabajo. 

Al identificar el proceso de masculinización y reconocer que no se trata de un proceso elegido sino impuesto, en el que a través de juegos, bromas, conversaciones vamos guiando a una parte de la población para que desarrolle una visión más mecanicista de las relaciones; jerárquica, que no preste atención a los cuidados, lo afectivo lo emocional y, de hecho, lo infravalore (por lo que sin darse cuenta, acaban por descuidar su entorno); muy pendientes del dinero y del valor económico de las cosas; preocupadas por aparatos o cifras, a veces incluso más, que por personas; que entiende que los problemas se solucionan mejor por la fuerza y, por lo tanto, acaban priorizando la meta antes que los procesos y los contextos... vamos entendiendo que igual no se trata solo de una parte de la población, podemos reconocer que hablamos del propio sistema en el que coexistimos y esto no hace más que sacar a la luz que el sistema en el que vivimos es masculinizado. 

Es decir, llevamos tantos años construyendo un sistema social por hombres (que a su vez han sido socializados de esta manera), que hemos acabado por generar un sistema social a la imagen de quienes lo crearon. Esto explica por qué cuando detenemos la mirada sobre la juventud, nos encontramos, para empezar, que la entendemos como una etapa vital subordinada. En otras palabras, la vemos ya desde un enfoque jerárquico y, por lo tanto, hacemos lo que solemos hacer con lo que no consideramos importante: negamos, invisibilizamos o, en el mejor de los casos, minimizamos sus necesidades; la revictimizamos al exigirles pruebas de lo que nos dicen a viva voz que les afecta, por lo tanto, presumimos que mienten o manipulan la realidad; les sobreexigimos para que demuestren su valor, al pedirles que en esta etapa tengan las mismas cotas de productividad que tenemos en edad adulta y les culpabilizamos si no lo logran. 

Mientras, por otra parte, les hemos tenido atados a pantallas desde la infancia (para que no nos molestaran), y ahora les echamos en cara que son incapaces de relacionarse fuera del móvil, con vidas centradas en “parecer”, antes que “ser”. Y finalmente, nos enfrentamos al consentimiento, un espacio de negociación entre dos o más partes cuando, en la mayoría de los casos, no tenemos la misma responsabilidad pero, donde las personas con más privilegios somos quienes más somos tenidas en cuenta (en vez de ser al revés, para minimizar la disparidad de poder), esforzándonos por escenificar placer, antes incluso que sentirlo, intentando amoldarnos al placer reproductivo antes que identificar ni crear el propio. Por lo tanto, ponemos la mirada en las estructuras, dejando de lado la observación personal, lo emocional, y también los daños. 

Al analizar cómo todo esto impacta en el terreno sexual, nos percatamos de que se trata de una dimensión humana muy poco explorada, pero (quizá por ello), en la que reproducimos enormes cantidades de violencia y que, por tratarse de un tema tabú, íntimo y personal, la mayoría de las agresiones no se registran por la falta de identificación, el miedo a la revictimización, por la vergüenza o por la desconfianza en las instituciones (también androcéntricas, adultocéntricas, mecanicistas, poco cuidadosas...). Por poner un ejemplo de cómo todo esto se concreta en un hecho, podemos revisar el “Caso Rubiales” (5), que se ha estado desarrollando justamente en estos días, para identificar lo cotidianas que son las consecuencias cuando conjugamos masculinidad hegemónica, juventud y consentimiento en un hecho: un hombre que decide celebrar una victoria sin tener en cuenta que tiene más poder que una mujer joven (y subordinada) y por lo tanto, invisibilizando el sentir de la jugadora, negando el daño causado, cuando ya no se puede ocultar más, minimizándolo en pro de “lo importante” y sin poner la mirada en la huella emocional que podría tener para la mujer que ha expresado claramente sentirse dañada. Paralelamente, vemos cómo las jugadoras temen ser represaliadas por las instituciones de las que dependen pero, eso sí, en este caso, deciden romper el silencio en grupo (y este es un aspecto determinante, tanto del caso, como de las acciones no violentas), poniendo por delante el sentir de la jugadora, evidenciando la violencia estructural, machista y adultocéntrica a través de las que se justificó una acción claramente no consentida y aún sin reparar. Estamos hablando, por lo tanto, de la violencia que ha construido nuestra sociedad desde hace milenios y, aunque no podemos negar el tremendo avance que hemos logrado en los últimos siglos, aún tenemos mucho trabajo pendiente. Por lo tanto, para enfocarnos en las tareas que se desprenden de este análisis, no quería cerrar este artículo sin iniciar un listado de preguntas que nos inviten a realizar un trabajo de introspección que tenga por objetivo conocernos más y, en el proceso, reducir las violencias que identificamos haciéndonos responsables de las que, por acción u omisión, estemos contribuyendo a generar.

Las herramientas 

Mi intención nunca ha sido regodearme en una visión catastrofista de nuestra sociedad, eso —si me apuran— ha sido más una estrategia. Lo que realmente considero esencial es nuestra capacidad de transformación, como personas y como sociedad. Al finalizar cada apartado he intentado hacer evidente este objetivo y no centrarme tanto en lo terrible del paisaje sino en la persona que lo pinta y las posibilidades que eso nos brinda. Porque, si asumimos que toda persona y todo grupo de personas somos también fruto de nuestro tiempo y nuestro contexto, también podemos entendernos como contexto temporal, relacional, espacial... de otras muchas personas y, por lo tanto, asumir las responsabilidades que tenemos frente a las estructuras y los cambios que buscamos. Tampoco quiero dar entender que todo cambio social depende de cambios exclusivamente personales, entiendo que los cambios sociales necesitan de grupos, de asociaciones, de estructuras y, por ende, de negociación, de reflexión, de errores... pero, intencionadamente, quiero poner la mirada en nuestra capacidad de transformación, tanto personal, como política, social y cultural porque, en definitiva tendremos más probabilidad de lograr cambios a gran escala si cada una de las personas nos asumimos como agentes de cambio. Solo que no se trata de una persona pintando un paisaje sino de un paisaje colectivo que pintamos entre todas. Cuantas más pintemos y con más consciencia, más representativo y transformador será el resultado. 1) De lo externo a lo interno. Como hemos ido remarcando a lo largo de este ensayo, la construcción social no parte de la persona sino de la sociedad, es decir, no nos preguntan desde la infancia qué nos interesa, nos gusta, nos atrae... por el contrario, se nos ve con unas características físicas determinadas e inmediatamente se presupone qué y cómo debemos ser. En este punto, por lo tanto, tendríamos que preguntarnos: ¿qué es lo que realmente me gusta? Sin embargo, como es casi imposible que nuestra respuesta no esté mediatizada por nuestra cultura, la idea no es hacernos esta pregunta una única vez, sino hacérnosla muchas, muchas, muchas veces y así, por ejemplo, si al hacérsela por primera vez muchos chicos puedan decir “lo que realmente me gusta es el fútbol”, después de hacerse varias veces esa pregunta, puedan llegar a descubrir que “lo que realmente le gusta del fútbol es jugar” y otro “lo que realmente le guste sea planificar las timbas”, “escucharles”, “contarles lo que le ha pasado”, “cortar el césped del campo”, “hacer la comida de después”... y vamos finalmente identificando la diversidad que realmente somos. Finalmente, también puede pasar que nos demos cuenta de que no nos gusta el fútbol y, en ese caso, tampoco estará mal. Simplemente habremos descubierto que el tiempo que antes invertía en ver partidos, ahora lo puedo aprovechar en otras cosas. Diálogos entre Educación y Consentimiento 121 2) Del deber a la ilusión. Debido a que en nuestro modelo de socialización los procesos vienen impuestos por nuestro grupo social, es muy común entender como exigencia muchas cosas que hacemos y, por lo tanto, nos despiertan cierto rechazo. Pero si nos paramos a pensar (y a sentir), desde una motivación más esencial, alineada con el objetivo de cooperar para lograr una mejor sociedad o una mejor versión de mí, podríamos sorprendernos sintiendo que, en realidad, nos gusta hacer lo que hacemos. Desde ese momento, la mirada cambia. Encontrarle un sentido a lo que hacemos (orientándolo hacia una transformación mayor, desde nuestra emoción), cambia radicalmente nuestra manera de afrontar la misma tarea. En este punto la pregunta es ¿para qué estoy haciendo lo que hago? (intentando conectar pensamiento y emoción). En este caso, la inercia nos lleva a dar respuestas paralizantes (porque me obligan, necesito el dinero, no hay otra cosa...), por lo tanto, nuestro trabajo lo tendremos que dirigir hacia una mirada más amplia (a quién le sirve lo que yo hago, cómo, cuándo...). Sin embargo, también cabe la posibilidad de que nos demos cuenta de que eso que estamos haciendo realmente no nos guste y en ese caso, esta tarea nos habrá permitido identificar un foco de estrés personal para poder, en el momento oportuno, buscar nuevos puntos ilusionantes que nos permitan dotar de sentido lo que hacemos a diario. 3) De la competición a la cooperación. Comúnmente se nos ofrece la posibilidad de divertirnos, relacionarnos o incluso negociar a través de la idea de que alguien gana y el resto pierde, incluso en las películas y series que vemos a diario nos plantean el mismo esquema donde hay un grupo de élite que tiene lo que desea, mientras que el resto no. ¿Qué pasaría si comenzamos a cooperativizar las relaciones?, es decir, no se trata de que ahora formemos equipos y ganemos unos cuantos para seguir marginando al resto, sino de ver de qué manera podemos ganar con las personas que actualmente marginamos. Esto es una de las tareas más complejas que tenemos a día de hoy porque la cultura de la competición es omnipresente pero, para poder hacer pequeñas transformaciones es imperativo hablar con personas con las que habitualmente no nos relacionamos, por lo tanto, en este punto la pregunta sería ¿hablo solo con personas que opinan como yo? Es posible que, al hablar con otras personas, encuentre enfoques diferentes para entender los mismos problemas que ya he identificado o, por el contrario, es posible que me dé cuenta de que son personas aún más violentas que yo y, en ese caso, tendré una tarea aún más compleja porque, mi labor no puede consistir en exigirles que cambien (una vez más asumiendo mi fórmula como la mejor, para luego imponerla, haciendo uso de mi jerarquía), sino en observar por qué mantienen los modelos relacionales que mantienen y poder llegar a consensos en los que, teniendo en cuenta sus necesidades, se puedan minimizar las violencias que detectamos. 4) De callar a escuchar. A veces, por el contrario, no queremos imponer nuestra forma de ver las cosas y aunque identificamos que lo que está pasando no está bien, no hacemos ni decimos nada y por lo tanto, a través del silencio, nos hacemos cómplices de la violencia. En estos casos, la decisión no está solo entre callar o hablar, es decir: negativizando la acción pasiva y positivizando la activa. Como hemos visto, podemos generar mucho daño tanto con una como con la otra. En este momento también podemos probar a escuchar y, para facilitarlo, en caso de haber presenciado alguna situación violenta, podríamos hacernos la siguiente pregunta: ¿le hemos preguntado a la persona que ha sido dañada qué necesita? Igual esa persona no ve la violencia o, si la ve, no se siente preparada para hacer algo al respecto pero, es posible que necesite hablar con alguien de lo ocurrido, asumiendo que, en ese momento, lo mejor que podemos hacer es 122 Revista de Estudios de Juventud ≥ Diciembre 23 | Nº 128 escucharla. Puede pasar también que no reciba con agrado nuestra muestra de atención pero, si en algún momento se siente preparada para hablar, es probable que nos tenga en cuenta. 5) De lo social a lo vincular. Actualmente no es muy políticamente correcto decir esto porque se entiende que la mirada de género pone el foco en un problema de derechos y deberes sociales; sin embargo, el hecho de que sostengamos a día de hoy todas las violencias que hemos comentado, hace evidente que el problema que tenemos delante es también social, vincular, cultural. En otras palabras, hacemos lo que hacemos porque personas que nos han cuidado y en las que hemos confiado, nos han transmitido un modelo social que reproduce mucho daño y, a veces, cuando criticamos solo los daños que identificamos, se entiende como que estamos atacando a las personas que nos han formado y por las que, sin darnos cuenta, hemos generado lealtades. Sin embargo, no podemos negar esta realidad, no dejamos de ser personas sociales, gregarias, relacionales, por entender cognitivamente las violencias a las que nos enfrentamos a diario. Aunque sea más compleja la tarea, nuestro deber es incorporar esta dimensión humana en nuestras relaciones, para permitir que las personas y los grupos puedan reflexionar sobre lo que hacen, cómo lo hacen y buscar fórmulas que impliquen menos daño. En este punto la pregunta sería: ¿te gustaría que a tu familia le pasara...[el daño que hemos identificado que se está naturalizando]? Soy consciente de que suprime la mirada amplia que aporta el enfoque de derechos humanos, pero, en muchas ocasiones, activa la responsabilidad social que tienen las personas con las transformaciones que les gustaría que ocurrieran en sus entornos afectivos inmediatos y, desde allí, también se puede generar transformación. En caso de que no haya respuesta verbal y se genere un silencio, esta misma respuesta no verbal, puede ser usada para evidenciar tanto la identificación del daño, como las ganas de buscar una estrategia para minimizarlo. 6) De la culpa a la responsabilidad. Muchas veces da la sensación de que estamos desviando la atención de la violencia ejercida y de quienes la han generado pero, al trabajar con personas que han sido etiquetadas como agresoras, desde un modelo más punitivista, y confrontarles con el daño que identificamos, suelen generar actitudes de negación, invisibilización o minimización del daño y de su responsabilidad. Sin embargo, al abordarlas desde este enfoque, planteándoles responsabilidades concretas en la identificación del daño, la reparación y la no repetición de la violencia, evidenciamos muchos cambios. Para empezar, entienden el proceso a través del cual han llegado a realizar las acciones que les han llevado a ejercer el daño identificado y, al hacerlo, indirectamente también comprenden que se trata de un problema sistémico en el que evidentemente cumplen un rol, pero, a partir de este proceso, pueden reconocer otros elementos que han intervenido. Por lo tanto, se entiende que va más allá de un problema de esencias (no es cuestión de ser buenos o malos), se trata de identificar los factores que incitan o reducen el daño. En consecuencia, se percatan de que su trabajo consiste en evitar conjugar estos factores de riesgo, responsabilizándose de incluir más elementos que reduzcan la posibilidad de ejercer daño en su cotidianidad y, por lo tanto, siendo protagonistas de sus propios procesos de recuperación. Otro de los cambios que frecuentemente se evidencian es que, al reconocer, analizar y responsabilizarse de los daños causados, deciden iniciar procesos de reparación con personas que hayan sufrido daños similares a los que han causado. Por lo tanto, la pregunta de este bloque es, frente a conductas, comentarios, pensamientos que sabemos que pueden hacer daño ¿buscamos imponer un castigo o evitar su repetición, generando aprendizaje en el proceso? Muchas veces nos vemos autoimponiéndonos castigos pero, mi experiencia al Diálogos entre Educación y Consentimiento 123 respecto, es que es mucho más útil hablar de lo que no nos gusta de nosotras mismas (como personas y como sociedad), bien sea nuestro o ajeno, eso sí, en entornos seguros y guiados porque, debido a lo disruptivo de este enfoque, es posible que si exponemos un caso sin las condiciones de trabajo adecuadas, aumentemos la dimensión del daño, sintiéndonos aún más culpables, en vez de responsabilizarnos de su reparación. Todo esto nos lleva a contemplar situaciones tan complejas como que, por el hecho de consentir alguna situación que sentimos ligeramente impuesta, puede ser que luego sienta culpa (6) por no haber conectado conmigo a tiempo (1), dejándome llevar por lo que se espera de mí, más que por lo que realmente siento (2), así que vuelvo a sentir que se trata de una competición y que la otra persona ha ganado (3), y acabo por pensar que tenía que haber reaccionado de una manera más empoderada (5); sin embargo, como no lo he hecho, elijo no hablar de ello, por miedo al juicio que pueda recibir (4) (6). El consentimiento, por lo tanto, es una negociación compleja en la sociedad en la que vivimos; el deseo, en cambio, nos sitúa en el ahora, en el presente y, por lo tanto, es más fácil identificarlo pero, a nivel social, es más complejo de regular (de demostrar). Por eso justamente considero que el consentimiento sigue siendo una herramienta muy necesaria a día de hoy. Sin embargo, es muy importante que cada vez más, juntemos ambos conceptos, para que no quede todo en un “sí” o un “no”. En ese sentido, y en mi papel como hombre en este contexto social, temporal y espacial, en el que continuamente veo cómo se me propone erotizar la dominación, la cosificación, la falta de empatía... creo que tenemos que esforzarnos en erotizar la ternura, la comunicación, la empatía, los cuidados, las preguntas (antes que la acción). ¿Qué tal si nos atrevemos a romper con las inercias que vamos identificando y comenzamos por hablar sinceramente, desde lo que sentimos, escuchando también las inercias que otras personas sienten y practican, pero sin juicios, eso sí, con mucha responsabilidad por las violencias que, nos guste o no, aún continuamos sosteniendo? Sería mucho más potente si, además, lo hacemos en grupo y con alguna guía (al menos para empezar), porque es posible que salgan situaciones complejas, que hagan aflorar nuestras inercias. ¿Te apetece? 


Texto de David Kaplún Medina 

davidkaplunmedina@gmail.com

REVISTA DE ESTUDIOS DE JUVENTUD ≥Diciembre 2023 | Nº 128 Diálogos entre Educación y Consentimiento

 Coordinadoras Paula Roldán Gutiérrez e  Irene Zugasti Hervás

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lunes, 2 de febrero de 2026

Masculinidad, juventud y consentimiento (2/3): La construcción de la juventud




 Nuestra juventud gusta del lujo y es mal educada, no hace caso a las autoridades y no tiene el menor respeto por los de mayor edad. Nuestros hijos hoy son unos verdaderos tiranos. No se ponen en pie cuando entra una persona anciana. Responden a sus padres y son simplemente malos. Sócrates (470-399 a.C.). 


La juventud, así como hemos visto que ocurre con la masculinidad, es una convención social que de una u otra forma vamos entendiendo y reproduciendo a medida que nos vamos desarrollando como personas en este contexto sociocultural, sin embargo, para poder reconocer los elementos que están implícitos en esta idea, y decidir qué partes queremos transformar de ella, antes tenemos que sumergirnos en lo que inconscientemente hemos asumido. No olvidemos que uno de los objetivos de este artículo es analizar lo que hemos ido naturalizando, para decidir qué elementos queremos dejar de sostener de estas estructuras y qué no nos importa seguir manteniendo. Para empezar, es importante señalar que, a medida que avanzamos por el artículo, me voy a permitir ir haciendo pequeños pliegues en el discurso para evidenciar cómo las tres estructuras que se conjugan (masculinidad, juventud y consentimiento), se van entretejiendo y qué subproductos van originando. En este sentido, es necesario partir de la idea de que la juventud no se entiende como un estadio para quedarse, es más bien entendido como una “fase bisagra” de nuestro desarrollo: entre la infancia y la adultez. Esto que en principio parece obvio, veremos que poco a poco va cobrando importancia en la medida en que entendemos que el modelo sociocultural en el que se inserta es jerárquico (elemento que perfila también la idea de masculinidad), por lo que, al hablar de una fase bisagra, mirada a través de un lente jerarquizado, sin darnos cuenta, asumimos que está subordinada a la adultez y, por lo tanto, minimizamos su importancia sobredimensionando la adultez, por entenderla como el cierre evolutivo de nuestro desarrollo. Esto explica por qué la frase de Sócrates, escrita hace casi tres mil años, sigue manteniendo total vigencia a día de hoy. Evidencia que tanto la idea de juventud, como la mirada adultocéntrica que colocamos sobre ella, han variado poco. Por lo tanto, vamos a ver algunos elementos que considero importantes para identificar lo que inconscientemente ocurre en occidente al hablar de juventud. 


La irresponsabilidad 

Claramente la frase de Sócrates se apoya en esta idea, emitiendo —además— un juicio claro sobre ello sin reparar en que, como sugiere De Stéfano (De Stéfano, 2017) al formular la pregunta: “¿Cosas de niños o cosas que los niños hacen para hacerse hombres?”, probablemente evidencie que lo que estamos haciendo sea ver en la juventud el reflejo de lo que socialmente consentimos en la vida adulta pero que no queremos afrontar. Por lo tanto, la juventud no hace más que advertirnos, haciendo un claro reflejo de nuestra sociedad, sobre lo antiguos que son los problemas que continuamos sosteniendo hoy. Este tipo de irresponsabilidad que podríamos asociar más al respeto y a una cultura de civismo, que tiene que ver con modales o pautas de comportamiento, no es la única crítica que enfrenta la juventud, sino también la falta de consciencia social y ambiental. Este quizá sea el punto que mayor temor genera en el resto de la población. Al menos en España en los últimos 20 años, los botellones, al no responsabilizarse de los espacios públicos; la reducción de la natalidad, vista como una postura egocéntrica de una juventud centrada en el bienestar personal,  irresponsabilizándose del bienestar futuro y de las pensiones o la última, con el COVID, presentando a la juventud como irresponsable por mantener encuentros con amistades y no llevar la mascarilla, son solo algunos ejemplos donde se aprecia cómo, al menos en las últimas 2 décadas, se han construido discursos de este tipo en los que la irresponsabilidad, ligada a la falta de previsión de un daño generalizado mayor, suelen desestabilizar la confianza en esta etapa vital. La crítica está sostenida por la idea que se trata de personas que solo miran por sí mismas, que no empatizan con el resto de la población, que no les importa lo que piensen de ellas o el futuro... Siempre que no interfieran con su presente. 

La belleza 

Por otra parte, existe claramente un discurso que idealiza la juventud. Es evidente que en nuestra sociedad la belleza y la juventud están íntimamente relacionadas, no hay más que ver la mayoría de anuncios cosméticos que aparecen en los medios a diario, para darnos cuenta de esta relación y cómo se traduce a parámetros físicos y mesurables. La idea de belleza está comúnmente asociada a la idea de juventud, presuponiendo que será la etapa en la que mejor aspecto físico tendremos, sin embargo, este mensaje está fundamentalmente dirigido a personas que ya no se consideran jóvenes en nuestro contexto sociocultural. Es decir, desde un análisis hermenéutico de los discursos con los que somos bombardeados, vemos cómo aflora una gran contradicción: mientras por una parte se valora la adultez por encima de otras etapas de nuestra vida, es tan valorada la belleza física, implícitamente asociada a la juventud, que vemos cómo muchas personas dedican gran parte de su tiempo y dinero a cambiar su apariencia física de adultas, deseando tácitamente volver a ser jóvenes. 

Esta contradicción no es nueva, gran parte de nuestra mitología está asociada a la búsqueda de la eterna juventud y, por lo tanto, existe una extensa bibliografía en torno al tema y no quiero simplificar el trabajo de otras personas que han nutrido este análisis; sin embargo, para los intereses de este artículo, quiero destacar cómo la idea de belleza está tamizada por una mirada centrada en lo mesurable, no contempla el aspecto relacional ni afectivo, es homogeneizadora (es decir, entiende que se puede trasladar de una persona a otra de forma seriada, a través de diversos procesos), es heteroconstruida (por lo tanto, no son las personas quienes determinan cómo debe valorarse su belleza, sino la sociedad). En consecuencia, se hace evidente cómo los valores tradicionalmente masculinizados (que veíamos en el bloque anterior), vuelven a aparecer perfilando lo que entendemos por belleza, en nuestro contexto cultural. En otras palabras, nuestra idea de belleza está construida desde la mirada masculinizada, fruto de la sociedad en la que hemos crecido y que ha entendido la belleza como un proceso para adornar nuestro entorno. Debido a esto, las mujeres, que a lo largo de la historia han sido siempre cosificadas y entendidas como parte del acervo de los hombres de su familia o su sociedad, debían reproducir estos parámetros. Como el resto de las cosas que poseían los hombres.

Así pues, si cambiamos nuestra mirada sobre la belleza, podríamos entender que no tiene por qué estar relacionada con la juventud, que no tiene que obedecer a estándares creados, que no hace falta cambiar nada de ninguna persona... entre otras muchas cosas. Sin embargo, la razón por la que me he extendido en este punto es porque, tal y como es entendida, este enfoque expone especialmente a una población muy vulnerable: por su corta experiencia, pero también porque se encuentra en una etapa en la que se le abren muchos nuevos frentes, a un juicio social que tiene un peso enorme, especialmente en las mujeres. La juventud, por lo tanto, en nuestra cultura, no solo es una etapa incomprendida (como veíamos   cuando hablaba de la irresponsabilidad), también es una etapa sobre la que ejercemos mucha violencia. 


Las redes sociales 

No puedo hablar de la juventud, desde el contexto sociotemporal en el que me encuentro, sin incluir este apartado. Para comenzar, considero importante partir de la idea de que lo que conocemos hoy por redes sociales no es algo nuevo. Somos una especie gregaria, de manera que estas redes han existido siempre. La novedad de estas nuevas generaciones radica en la virtualización de las redes, no tanto en las redes en sí. 

Recuerdo que, durante mi etapa universitaria, mientras cursaba asignaturas de arqueología, analizábamos continuamente la importancia de las redes a través de la cultura material encontrada y cómo las representaciones de reuniones, fiestas, celebraciones, ocupaban un lugar importante en esos objetos. En realidad no hace falta estudiar antropología para reconocer lo importantes que son las amistades o la familia en nuestro desarrollo, por eso quiero detenerme fundamentalmente en la novedad que traen lo que hoy conocemos como redes sociales para, como hemos ido haciendo durante todo el artículo, identificar qué elementos estamos sosteniendo socialmente y qué efectos están generando. Cuando pregunto en mis formaciones para qué nos juntamos con otras personas, las primeras respuestas suelen hablar de fiestas, de celebraciones, de diversión pero luego, alguien suele romper esa línea de opinión y se comienza a hablar de lo más cotidiano: la compra, la crianza, los cuidados... tareas diarias que se facilitan si las hacemos en grupo. Las redes, por lo tanto, están allí para eso. Es cierto, lo más llamativo suelen ser las celebraciones pero lo cotidiano no son las fiestas, se trata de minimizar las tareas, maximizar el tiempo, generar vínculo, crear colectivamente... Sin embargo, cuando analizamos cómo las actualmente conocidas redes sociales afrontan estas necesidades, vemos que ocurren algunas cosas curiosas: por ejemplo, si queremos resolver un problema, no comenzamos por hablar de él, buscamos a personas que nos ofrecen soluciones, para ver cuál es la mejor manera de afrontarlo y finalmente acabamos por no buscar ayuda, las resolvemos individualmente (aunque con mejores ideas). Eso sí, mientras tanto, le damos un like, comentamos lo útil que ha sido el post que nos ha dado la nueva idea e incluso hacemos una foto y “tagueamos” a quien nos la ha dado y, la razón por la que hacemos todo esto, es no enfrentar el miedo atroz a mostrar nuestras vulnerabilidades porque, así como la belleza, las vidas ahora también son escenificables, trasladables, mesurables (elementos que veíamos también que aparecían en la construcción de la masculinidad).

 Por lo tanto, para hacer recuento de cómo la virtualización de las redes sociales afecta a nuestras vidas, observamos que: 

• Añadimos más tareas: fotos, likes, comentarios etc. 

• Se reduce nuestro tiempo, como consecuencia del aumento de tareas. 

• Inhibimos que otras personas nos busquen como apoyo porque, al no apoyarnos en el resto, fortalecemos la idea de que los problemas son privados. 

• Precarizamos los vínculos, al no apoyarnos en otras personas, ya que solo accedemos y mostramos la parte “socializable” de las vidas. 

• Estandarizamos las relaciones y las vidas, haciéndolas fácilmente comparables y, por lo tanto, susceptibles de ser jerarquizadas... y valoradas. 

Por lo tanto, la presión social nos impulsa a escenificar lo que hacemos, a hacerlo llamativo, pomposo, festivo, ¿instagrameable? En otras palabras, se hace alarde del espectáculo, mientras escondemos la complejidad de lo cotidiano, con la intención de mantener la atención de un grupo de personas que, en realidad, no nos conocen porque no les consideramos interlocutoras válidas para hablar de lo que realmente nos afecta. Evidentemente, se trata de un análisis poco profundo, tendríamos que hablar de los distintos tipos de redes que creamos virtualmente y de cómo están diseñadas las aplicaciones a través de las que construimos estas redes. Quizá entonces podríamos notar que existen plataformas donde nos mostramos con más sinceridad como WhatsApp o Telegram, y otras donde el modelo basado en el alarde o el espectáculo es más evidente, pero para hablar de todo esto en detalle sería necesario otro artículo. Sin embargo, a modo de comentario, dada la predominancia que tiene el modelo basado en la imagen y la celebración en estas aplicaciones, hace que me cuestione ¿realmente debemos seguir llamándolas “redes sociales”?, porque la mayoría de las veces veo que actúan más como “aisladoras sociales”.
Habiendo llegado a este punto, me parece importante retomar el hecho de que el problema no está en la juventud. Es decir, se trata de una edad difícil y es una de las etapas de reafirmación más complejas de nuestro desarrollo y en la que, por lo poco que aún sabemos de ella, nos enfrentamos a cambios físicos en el tamaño o la forma de nuestros cuerpos, cambios psicológicos que nos hacen pensar y entender el mundo de otra manera, cambios químicos marcados —a su vez— por cambios hormonales repentinos que, también generan nuevos cambios: emocionales, relacionales, en nuestra forma de pensar, en nuestro ritmo circadiano, nuestros gustos, nuestro deseo, nuestro placer... Pero donde quiero centrar la mirada es en los cambios sociales. Se trata de una edad marcada por la falta de acompañamiento. Como sociedad (a diferencia de lo que hacemos con la primera infancia en España, por ejemplo), apenas generamos espacios de apoyo, limitamos los espacios de tutoría en secundaria, prescindimos de la tutoría en bachillerato, generamos una sobrecarga curricular en el momento de mayor transformación personal, invisibilizando los cambios que están ocurriendo y, al mismo tiempo, les forzamos a decidir sobre su futuro académico y laboral, por hablar solo de un área que es común a la mayoría de jóvenes. A este cóctel, ahora debemos agregar las consecuencias del uso prolongado de las “redes sociales” que, como hemos visto, en la mayoría de los casos aumenta el aislamiento, aumenta los problemas de exposición, aumenta la exigencia social (fundamentalmente estética sobre las mujeres y de escenificación de la masculinidad en hombres), y todo esto aumenta la sensación de soledad y frustración. Por lo tanto, el problema no está tanto en esta etapa vital, sino en la manera en la que socialmente la estamos entendiendo y gestionando.


Texto de David Kaplún Medina 

davidkaplunmedina@gmail.com

REVISTA DE ESTUDIOS DE JUVENTUD ≥Diciembre 2023 | Nº 128 Diálogos entre Educación y Consentimiento Coordinadoras Paula Roldán GutiérrezIrene Zugasti Hervás

Imagen de pintura de la artista María Jesús Hernández Sánchez
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sábado, 31 de enero de 2026

Masculinidad, juventud y consentimiento: La construcción de la masculinidad (1/3)


 Transformar a una persona recién nacida en un niño, no es un proceso ni fácil, ni rápido. Se trata de un proceso lento y de mucha coordinación entre factores personales, familiares, culturales, sociales... que generan una amalgama enorme de expectativas, límites, gustos, comportamientos, pensamientos, actitudes, ideales... que identificamos con lo que hemos decidido nombrar como masculinidad pero que, de entrada, no poseemos ninguna persona al momento de nacer. Sin embargo, pese a lo complejo del proceso, se reproduce de forma tan cotidiana y por tantas personas a la vez que, para la mayoría de la gente, resulta imperceptible. Algo parecido pasa cuando, por primera vez, entendemos todos los detalles implícitos en procesos tan complejos como la circulación sanguínea, la digestión, respirar. Son tantos órganos implicados, realizando tantas tareas específicas y en perfecta coordinación que parece casi imposible que ocurra solo una vez y, sin embargo, ocurre muchas veces al día. Es fundamental incorporar la idea de que, como especie, estamos realizando tareas grupales, asumiendo roles, movilizando estructuras que son más grandes que cada una de las personas de las que dependen; pero, aún más importante es entender cómo lo hacemos, para ser cada vez más capaces de identificar de qué manera podemos transformarlas y con qué objetivo. 

En definitiva, ser más conscientes de los procesos sociales en los que, sin darnos cuenta, nos implicamos. Con esta idea en mente, se propone un análisis que tiene en cuenta tres grandes construcciones sociales que la mayoría de personas en occidente sostenemos y, para hacerlo más sencillo, lo abordaremos desde la imagen de una persona no socializada, es decir, alguien que acaba de nacer o que lo ha hecho hace poco tiempo. Es decir, cualquier persona se ve afectada por los procesos de socialización, independientemente de nuestra edad o procedencia, sin embargo, al analizarlo desde la noción de una persona no socializada, se hace más sencillo entender estos procesos porque no presuponemos otra formación previa. Por lo tanto, los tres ejes que quiero mostrar son: “la masculinidad”, para hacer evidente cómo todas las personas tenemos una idea bastante clara sobre lo que este concepto implica y de qué manera nos define, independientemente de si nos construimos en oposición a ella (como mujeres), si la utilizamos como referente (como hombres) o si nos ubicamos al margen de ella (buscando nuevas formas de construir nuestra identidad). El segundo bloque está relacionado con lo que entendemos por “juventud”, nos consideremos o no parte de este grupo, y el tercer bloque, relacionado con el “consentimiento”, independientemente de si realmente deseamos o no lo que consentimos.

 1. La construcción de la masculinidad 

El proceso de formación que atraviesa un niño es algo tan cotidiano que, la mayoría de las veces —por cotidiano— no lo vemos. Sin embargo, si hacemos un ejercicio de consciencia, podríamos reconocer algunos elementos que pueden ser importantes: para identificarlo, a veces resulta más fácil si pensamos en lo que no hacemos con los niños, es decir, a los niños no les solemos ofrecer muñecas, ni juegos que impliquen contacto físico cariñoso, ni juegos de cuidado. En nuestro desarrollo suelen predominar los juegos de rapidez, de fuerza, de estrategia. Al especializarnos en un tipo de contenidos (y no en otros), vamos conformando nuestra identidad en torno a los contenidos que más ejercitamos, sin darnos cuenta de qué cosas nos vamos dejando por el camino. Por ejemplo, un clásico análisis en torno al tema, evidencia cómo la masculinidad no suele incorporar contenidos de cuidados a otras personas y, aunque esto parezca normal, en realidad no lo es tanto si consideramos que, aunque seamos hombres, no dejamos de formar parte de una especie gregaria y que, como otras especies similares a la nuestra, los cuidados son un eje primordial. Por lo tanto, cuesta entender por qué a una parte de la población no la formamos en estos contenidos. Es cierto que, al menos en  el discurso, cada vez más se enfatiza la importancia de que los hombres participen del proceso de crianza, sin embargo, lo cierto es que apenas les ofrecemos juegos para que ejerciten estas habilidades de pequeños y, en caso de hacerlo, si por ejemplo se les ocurre salir con una muñeca al parque o al cole, se exponen a ser marginados por el resto de personas con las que pretenden socializar. No se trata de criminalizar estas conductas, por ahora se trata simplemente de ser conscientes de cómo estos procesos están ocurriendo a nuestro alrededor de manera cotidiana y, en muchos casos, sin que podamos evitarlas; porque no solo dependen de cada una de las personas que intervenimos en su crianza, sino también de la sociedad como sujeto formativo. Para poder identificar los elementos que forman parte de este proceso que llamamos masculinización, vamos entonces a abordar de manera más detallada qué implicaciones tiene. 

 La Desconfianza 

Una de las primeras cosas de las que solemos darnos cuenta cuando analizamos la huella que genera el modelo de formación masculinizada es la naturalización de la desconfianza. Parece algo sin importancia pero, al ver el tipo de juegos que les ofrecemos a los niños y jóvenes, se hace evidente la predominancia de la competición (fútbol, baloncesto, tenis, Fórmula 1...). No quedan prácticamente espacios para el juego tranquilo, colaborativo, inclusivo y, sin darnos cuenta, un día tras otro, vamos (como sociedad), afianzando la idea de que de eso se trata “ser niño: de ser los mejores, los más rápidos, los más fuertes, los más listos, es decir, formar parte de una élite, un grupo destacado que es considerado superior al resto, incorporando así la jerarquía como un elemento central en nuestra formación. Sin embargo, esto también afianza la idea de que lo cariñoso, lo afectivo, lo normal, lo cotidiano, las cosas lentas y rutinarias, que implican poner el foco en las otras personas con las que convivimos, en la calidad de los espacios y los momentos... “no son cosas de chicos”. Es decir, no solemos tener referentes hombres cuidando de otros hombres u otras personas de la familia en situaciones cotidianas. Al mismo tiempo ocurre otro proceso paralelo, y es que si lo que nos atrae está relacionado con lo excepcional (ser más rápidos, más fuertes, listos... sin tener en cuenta al resto) es fácil romantizar modelos que nos coloquen por encima del resto, aunque no tengamos en cuenta nuestro entorno espacial, temporal y social. Si analizamos la oferta audiovisual por ejemplo (tanto en series como en películas o videojuegos), veremos cómo se reproduce el mismo patrón: rapidez, superpoderes (elitismo), competición... y descuido de nuestro entorno. 


Las Máquinas 

El mundo tecnológico es algo que se nos suele colocar muy cerca: coches, aviones, naves, ordenadores... El género de ciencia ficción da buena cuenta de ello y es algo que suele aparecer en espacios claramente masculinizados como canales de televisión dirigidos a hombres al estilo de Energy (simplemente como ejemplo). Desde pequeños, este modelo suele hacerse evidente a través del tipo de juegos que les ofrecemos a los niños y solo hay que revisar el catálogo de alguna tienda de juguetes para poder identificarlo. En mis formaciones suelo hacer preguntas retóricas para identificar cómo estos modelos los tenemos completamente internalizados y forman parte de nuestra forma de pensar y, en este punto, suelo preguntar: si pensamos en alguien que viene a arreglar algún aparato (ordenador, coche, caldera...), ¿en quién pensamos? ¿un hombre o una mujer? A día de hoy sabemos perfectamente que cualquier tipo de persona podría entender el funcionamiento de un aparato pero, el hecho de que culturalmente estos contenidos estén más dirigidos a hombres,  también genera una huella en nuestra manera de percibir el mundo y de imaginarlo. El comportamiento de las máquinas es radicalmente diferente al comportamiento de las personas, es decir, las máquinas o están encendidas o están apagadas, en caso de que funcionen de manera defectuosa, se hace evidente. Si no funcionan bien, es debido a algún componente que está o viejo o defectuoso y, según el valor del componente, no compensa arreglarlo y se sustituye el aparato entero, por otro nuevo. Las personas son más complejas, no se les suelen cambiar sus componentes, los componentes aprenden y se amoldan, sus defectos suelen esconderse o hacerse imperceptibles, no se les pueden escanear sus componentes para ver qué versión del sistema operativo tienen instalada... es decir, a las personas se las conoce hablando, conviviendo con ellas. Para mejorarlas no hace falta una versión más reciente, la mayoría de las veces solo hace falta una intención de cambio (por parte de la persona que quiera mejorarse) y eso, muchas veces, se logra hablando y practicando esa nueva y mejorada versión de sí misma, que está aspirando ser. Es decir, mientras las máquinas dependen de una persona experta (externa), que cambie un trozo defectuoso de su maquinaria, las personas son capaces de mejorarse a sí mismas, pero no por otra persona, sino por propia voluntad. Sin embargo, vivir entre máquinas nos hace entender a las personas como tales y eso, como veremos luego, tiene consecuencias. 

El Dinero 

No podemos negar que estamos hablando de un factor determinante en el mundo en el que vivimos, esto no es algo que marque solo la infancia de los niños, las niñas también se ven claramente afectadas. Sin embargo, en un momento dado, en los niños, lo económico pasa a ocupar un lugar preponderante dentro de sus focos de interés, derivando en un rasgo identitario que clásicamente se ha dado conocer como el “rol del proveedor” (Mahony, 1999). En un primer momento, no comienza siendo algo evidente pero llega un punto en el que los tecnicismos: datos, cifras, fuerza, tamaño, cantidad... todos elementos cuantificables y mesurables, encuentran en el dinero un encaje perfecto y es entonces cuando se hace posible medir y ponerle precio a su contexto. Las casas de los amigos, los aparatos que forman parte de su entorno material inmediato (coches, relojes, auriculares, tablets, juguetes), comienzan a relacionarse también con un precio y son ellos mismos los que acaban por ubicarse en una escala jerárquica según la cantidad y el tipo de cosas que tienen. Por lo tanto, la acumulación, la novedad de los objetos y su valor económico terminan afectando el valor social que consideran que tienen y van perfilando —también— su estatus en el grupo y su identidad. Con esto no quiero decir que las niñas o las mujeres no se preocupen por lo económico sino, a muy grandes rasgos, que no lograr los estándares culturales de bienestar económico, no impactan tan directamente en su valor social, mientras que, el hecho de que un hombre no tenga trabajo o no pueda aportar económicamente en su familia, merma su valor frente a la sociedad y da lugar a la creación de arquetipos negativizados como “el blandengue” o “el calzonazos”, que claramente marcan su identidad.

 La emocionalidad 

Nos vemos regalando máquinas, superhéroes, hablándoles con tonos de voz más graves, alzando la voz, generando juegos de alta movilidad y ocupación del espacio, avergonzándoles si lloran, o lloran muy  alto, jugando a competir, desde un lenguaje técnico: datos, fechas, cifras, pero nada de esto lo hacemos conscientemente, por lo tanto, inconscientemente les estamos formando para que no desarrollen habilidades fundamentales humanas como el sentido kinestésico, al inhibir el contacto físico tierno y cariñoso; la capacidad de autodiagnosticar malestares o depresiones, al reprimir determinadas emociones; limitando su empatía, al ofrecerles sistemáticamente juegos competitivos que les obligan a centrarse en ellos mismos y en el objetivo, minimizando la importancia del resto y del entorno (en lugar de juegos simbólicos, de negociación, de cooperación, de comunicación, de escucha); aumentando las probabilidades de que invadan el espacio vital de otras personas o seres vivos, al valorar y potenciar formas de expresión más eufóricas o iracundas (en un partido de fútbol, por ejemplo). Llega un momento en el que, sin darle mucha importancia, le regalamos una pistola, una escopeta, una espada, elementos que han sido diseñados para matar. En un primer momento este elemento es complicado de entender para un niño porque para poder jugar a matar, antes tiene que invisibilizar el daño que va a causar. Si exponemos a una persona de menos de 1 año a una escena violenta, por ejemplo de alguna película de acción, probablemente comience a llorar por el ruido, la manera de hablar, las expresiones no verbales que esa personita pueda identificar. Esto nos muestra que, al nacer, somos capaces de empatizar con el daño de otras personas y por lo tanto, para jugar a matar tenemos que vencer esta barrera separándonos emocionalmente de la acción que vamos a realizar. Este proceso se conoce como disociación (1) y supone darnos una explicación cognitiva para romantizar el daño que vamos a causar, es decir, invisibilizar el daño de la acción para que no nos genere rechazo. Poco a poco, vamos entendiendo que jugar a matar es solo un juego más y lo ejercitamos con regularidad, pero esto no lo hace menos violento, simplemente evidencia que hemos naturalizado el descuido y el daño como un elemento más de nuestra personalidad. Ya en la adultez, vemos que somos los hombres las personas que más y peor daño ejercemos y lo comprobamos fácilmente con las estadísticas que anualmente registran organismos públicos como el INE (2), o privados como aseguradoras (3), o de la sociedad civil, simplemente viendo los problemas cotidianos que muestran las AMPA (4). Incluso, cuando decimos que a los hombres les cuesta hablar sinceramente con otros hombres, estamos evidenciando los efectos de este modelo formativo, porque nos cuesta ver a otros hombres como personas generadoras de afecto, los vemos como potenciales competidores o peor aún, como potenciales agresores, personas de las que desconfiar. Sin embargo, todo esto no es más que un reflejo de nuestro propio proceso formativo. 

No olvidemos, en este punto, que hay un montón de cosas que tradicionalmente han sido masculinizadas y que generan mucho bienestar tanto a nivel personal como social: la investigación, el estudio, la política, el trabajo, son solo algunos ejemplos. Justamente el movimiento feminista, al cuestionar el rol subordinado que históricamente se le ha otorgado a las mujeres y a lo feminizado, busca en estos modelos espacios donde crecer, reclamando para las mujeres el ejercicio de estas facetas. El problema, por lo tanto, no está en los cuerpos, ni en ser hombres, sino en lo que socialmente estamos valorando como masculino. Ahora nos toca revisar los aspectos que tradicionalmente hemos heredado que, no solo limitan nuestro bienestar sino que, directamente, generan mucho daño, para poder incidir en su transformación y generar referentes más cuidadosos, empáticos, cariñosos y responsables. 


(1) Según Wikipedia: “Experiencias subjetivas que pueden ir desde el distanciamiento con el ambiente, hasta pérdida de la experiencia física y emocional”. 

(2) Según el INE, en 2021, el 75,8 % de los delitos graves cometidos en España fueron cometidos por hombres. 

(3) Según el Informe de Mapfre (2022), los hombres son los responsables del 71,3 % de los accidentes graves. 

(4) Según el VI informe del Servicio de Atención Telefónica de Casos de Malos Tratos y Acoso en el Ámbito de los Centros Docentes del Sistema Educativo Español, del 2023, del total de situaciones de acoso registrados, 44,5 % fueron cometidos por chicos y 20,7 % por chicas.  


 Texto de David Kaplún Medina 

davidkaplunmedina@gmail.com

REVISTA DE ESTUDIOS DE JUVENTUD ≥Diciembre 2023 | Nº 128 Diálogos entre Educación y Consentimiento Coordinadoras Paula Roldán Gutiérrez e  Irene Zugasti Hervás

 Imagen de pintura de la artista María Jesús Hernández Sánchez 

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domingo, 25 de enero de 2026

La vida de una violeta


 ““Violeta, una vez dentro, sacó su biblia y encontró allí una muy buena razón para preferir construir su propia casa con sus propias manos, a vivir en una casa construida para ella por otros”. The Life of Violet: Three Early Stories, Virginia Woolf, 2025.

Existe una genealogía de mujeres violetas, son mujeres de palabra firme y pluma anticipada, de tinta rebelde…revolucionaria. Mujeres que leen, que miran adelante y atrás…adentro y afuera, que observan minuciosamente el mundo femenino y al hacerlo, cuestionan, incomodan y transforman. 

De esta estirpe proviene Adeline Virginia Stephen, la atemporal y enorme Virginia Woolf, una de las más grandes violetas que ha dado la historia, que a 144 años de su nacimiento no sólo no envejece, sino que sigue creciendo y  al leerla, nosotras las que habitamos el siglo 21 también lo hacemos.

Es en este sentido de crecimiento compartido de mujer a mujer, de madre literaria a escritora, y de feminista a feminista, que sigo encontrando la certeza de que las hacedoras de letras rebeldes no estamos solas…de que nunca lo estuvimos porque Virginia escribió antes para que nosotras pudiéramos escribir después.

Como admiradora de su vida…amante de su obra, y como lectora, no puedo estar más emocionada y feliz por celebrar el aniversario de su natalicio este 25 de enero, y por tener ya entre mis libros más amados La vida de Violeta (The life of Violet), la reciente publicación de tres escritos inéditos que vuelve a poner el nombre de Virginia Woolf en las mesas de novedades.

Y es que hay libros que llegan en su tiempo con toda normalidad, y otros como este, que mágicamente regresan de un sueño lejano para seguir alumbrando habitaciones y despertando conciencias. 

La vida de Violeta no sólo es una simple novedad editorial, es la apertura del invaluable archivo femenino y feminista de una Virginia poco más que adolescente, es el asomo a los primeros planos para la futura construcción de Un cuarto propio, esbozados en 1907 y perfeccionados en 1908.

"¿Sabes que me parece, bueno, tú no crees Violeta que sería muy agradable----" "¿Tener una cabaña propia? Sí, mi buena mujer", gritó Violeta. "Con desagües reales, y rosas reales, y un lugar para sentarse, y la propia porcelana, y sin antepasados", continuó Lady R------t. Tal fue el comienzo de la gran revolución que está haciendo de Inglaterra un lugar muy diferente de lo que era. (The Life of Violet: Three Early Stories,Virginia Woolf, 2025).

En estos relatos juveniles con su giganta Violeta entre jardines mágicos, con cerezos de blancas flores que tintinean como campanillas de cristal, con lluvia de almendras confitadas, y con princesas venciendo a enormes monstruos es que está la primera semilla del manifiesto de autonomía femenina que sería a partir de entonces su literatura, ahh está la tierna flor violeta hecha de letras que cuando ya estuvo cultivada, florecida y madura sentó las bases del feminismo moderno en 1929, con el ensayo: Una Habitación Propia.

Su indomesticable deseo de independencia y libertad creativa nace en cierta manera, de ver la vida de su madre y otras mujeres de su familia. Me resulta fascinante la genealogía femenina materna de Virginia porque, sin ser feminista en el sentido político organizado de hoy en día, contiene una línea de mujeres cultas intelectuales y creativas, mujeres violeta tensando los límites de lo permitido en aquella época. 

Su tía segunda Julia Margaret Cameron, fue una fotógrafa pionera del siglo XIX, famosa por retratar a intelectuales y artistas. Maria Jackson, su abuela, era culta, intelectual y muy cosmopolita. Su madre Julia Stephen, era educada, inteligente, enfermera voluntaria, y una modelo bellísima, pero profundamente atrapada en el ideal victoriano de la abnegación y del sacrificio femenino. 

Así, siendo apenas una niña mi tan querida Adeline, conoció las dos caras de la moneda, supo desde temprano la diferencia entre libertad y cautiverio. Con su naturaleza precoz aprendió a leer antes de los 4 años de edad y pronto descubrió, que la historia de la literatura y del mundo había sido escrita desde una habitación cerrada con llave, a la que las mujeres no podían entrar. Desde entonces decidió escribir para cambiar el orden de las cosas, para que el talento de niñas y mujeres no tuviera que consumirse en la oscuridad del sistema patriarcal.

Fue así como en 1891 con sólo nueve años de edad, Virginia Stephen escribió sus primeros artículos para el diario casero Hyde Park Gate News, en él escribía a mano pequeñas crónicas de la vida cotidiana de su familia y amistades, mismas que su hermana Vanessa ilustraba. 

Me conmueve que antes de ser una reconocida intelectual, novelista, cuentista y ensayista…antes de ser Woolf, Virginia fue lectora, pensadora, periodista y crítica literaria autodidacta. Su colaboración en múltiples revistas y suplementos culturales fue temprana, constante, crítica y en clave feminista.

 Su primera publicación periodística profesional fue el artículo:  "Peregrinaje a Haworth", sobre su visita al pueblo de las hermanas Brontë, publicado en diciembre de 1904  en el periódico The Guardian. Su entrada en este espacio lo obtuvo por medio de su bien relacionada y gran amiga Violet Dickinson, que por cierto, ella es en la que se inspiró para escribir las fantásticas aventuras de su heroína: la giganta Violet, los relatos que más de un siglo después nos llegan en el libro La vida de Violeta.

En todas sus vertientes literarias, desde sus primeras crónicas infantiles en 1891 y su primer artículo periodístico en 1904, hasta Consideraciones sobre la paz en tiempos de guerra, publicado en la revista neoyorquina New Republic el 21 de octubre de 1940. Y desde Fin de viaje que fuera su primer libro publicado en 1915, hasta el último: Tres Guineas en 1938 y Entre actos, su novela póstuma en 1941; está presente el espíritu de emancipación femenina, y el mensaje de que la paz, la igualdad y la libertad no llegan solas …se piensan, se nombran, se reclaman,  y se construyen también desde la escritura.

Pero si bien es cierto que a las mujeres Virginia nos habló del derecho a tener una habitación propia, también lo es que nos dijo de la responsabilidad que tenemos de habitarla con el cultivo del intelecto, de llenarla con palabras propias, con pensamientos propios, con dudas y decisiones propias, con una voz genuina y firme que no imite, pero que tampoco pida permiso ni disculpas para pronunciarse fuerte y claro.

Virginia Woolf, mi maestra…mi querida madre literaria me sigue instruyendo, sigue caminando entre las frases de mis escritos, inclinándose sobre mis borradores, preguntándome en voz baja si sigo siendo fiel a mis convicciones y a mi sentipensar, o si me estoy desviando a lo que de mí se espera?. 

Entre ella y nosotras, entre su genealogía y la nuestra, hay una herencia violeta llena de luz y libertad, pero también de exigencia y responsabilidad.

Mi aspiración de hoy es que ésta columna de celebración de la vida de una violeta, tenga una larga vida encontrando una comunidad lectora que se inspire a leer o releer a Virginia Woolf como se la debe leer…con tiempo, con atención, con alma, con cuerpo y sobre todo…con cuestionamientos, porque aunque en sus escritos no siempre tenga todas las respuestas, Virginia siempre tendrá la guía que nos enseña a hacernos las preguntas correctas!.

Galilea Libertad Fausto.

Créditos de las fotografías usadas en el collage, a quien correspondan.

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viernes, 23 de enero de 2026

Situación de la mujer en el mercado laboral


 Las mujeres siguen estando infrarrepresentadas en el mercado laboral. En 2021, el 67,7 % de las mujeres trabajaban, mientras que el 78,5 % de los hombres ocupaban puestos de trabajo. En otras palabras, persiste una brecha de género en el empleo de 10,8 puntos porcentuales, que solo ha disminuido ligeramente en los últimos 10 años (-1,9 puntos porcentuales).

Aunque más mujeres participan en el mercado laboral, la carga de las responsabilidades privadas y de cuidado, el trabajo no remunerado, sigue recayendo en gran medida sobre ellas. El aumento de la jornada laboral femenina no suele traducirse en un reparto más equilibrado del trabajo doméstico y de cuidado entre mujeres y hombres. Como resultado, al sumar el tiempo dedicado al trabajo no remunerado (tareas domésticas diarias, incluyendo el cuidado), en general, las mujeres trabajan más.

Las mujeres están cada vez más cualificadas: más mujeres que hombres se gradúan en las universidades europeas. Sin embargo, debido a las responsabilidades de cuidado, muchas mujeres no se sienten tan libres en la elección de trabajo o no tienen las mismas oportunidades laborales que los hombres. Por la misma razón, las mujeres tienen más probabilidades que los hombres de trabajar a tiempo parcial.

El trabajo es la mejor manera de empoderar económicamente a las mujeres. Por lo tanto, es necesario aumentar su participación en el mercado laboral.

La pérdida económica causada por la brecha de género en el empleo asciende a 370 000 millones de euros al año. Actuar es un imperativo tanto social como económico. Mejorar la igualdad de género podría generar un aumento del PIB de hasta 3,15 billones de euros para 2050.

En general, las mujeres ganan, de media, menos que los hombres por hora. Esta brecha salarial de género se situó en el 13,0 % en la UE-27 en 2020 y solo ha disminuido 2,8 puntos porcentuales desde 2010. Diversos factores contribuyen a esta brecha: los diferentes patrones de trabajo de las mujeres, a menudo relacionados con interrupciones en su carrera profesional o cambios en su patrón laboral para cuidar de un hijo u otros familiares; segregación de género en sectores mal pagados, empleo a tiempo parcial… Algunas mujeres incluso cobran menos que los hombres por el mismo trabajo.


https://commission.europa.eu/strategy-and-policy/policies/justice-and-fundamental-rights/gender-equality/women-labour-market-work-life-balance/womens-situation-labour-market_en#work-life-balance

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miércoles, 21 de enero de 2026

NotiMujeres 1/2026

 


Recuento global del último trimestre respecto a negativos y positivos en los derechos de las mujeres y las niñas.


RETROCESOS GLOBALES EN DERECHOS:


Persisten desigualdades estructurales y brechas profundas, un reporte reciente de la ONU sobre igualdad de género señala que aún ninguno de los objetivos de igualdad está en camino de cumplirse antes de 2030. Millones de mujeres y niñas siguen atrapadas en pobreza extrema, con altos niveles de violencia y discriminación estructural, y una representación política insuficiente.


  • En Perú, una nueva ley que elimina el enfoque de género de la legislación ha sido criticada por la ONU como un retroceso grave, ya que debilita la lucha contra la discriminación y pone en riesgo derechos sexuales y reproductivos. 
  • En Arabia Saudita pese a mejoras simbólicas como permitirles conducir, los derechos de las mujeres aún están severamente restringidos por leyes y prácticas discriminatorias bajo tutela masculina y con altas tasas de ejecuciones y represión de activismo. 
  • La guerra en Gaza ha provocado un desplome de nacimientos y una crisis de salud materna que ha sido descrita como una forma de violencia reproductiva, con miles de muertes maternas, complicaciones y destrucción de infraestructura sanitaria.
  • En Irán se reporta una ola de detenciones y abusos sexuales contra manifestantes, incluida una menor de 16 años, en medio de protestas nacionales, subrayando cómo las crisis políticas afectan de forma desproporcionada a las mujeres y niñas.
  • No existen cifras globales completas y oficialmente consolidadas aún para todo 2025. Sin embargo, según los datos más actuales de organizaciones internacionales como la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC) y ONU Mujeres; 83,000 mujeres y niñas fueron asesinadas intencionalmente en todo el mundo durante 2024.
  • Organizaciones como Equality Now advierten sobre ataques coordinados contra derechos ya conquistados, incluyendo leyes regresivas, retiro de compromisos internacionales y desinformación que alimenta la misoginia institucionalizada.


AVANCES Y RESISTENCIAS POSITIVAS:


Progresos acumulados reconocidos por la ONU señalan que, aunque el ritmo es desigual, desde 1995 se han registrado más de 1,500 reformas legales para promover la igualdad de género, la mortalidad materna ha disminuido significativamente y la representación política de las mujeres se ha más que duplicado en muchos parlamentos.

  • La comunidad internacional ha lanzado iniciativas como la Agenda de Acción Beijing+30, que busca acelerar el progreso en áreas clave como participación política, acceso a tecnología, educación y protección frente a violencia.
  • Tribunales internacionales han dictado decisiones históricas exigiendo que países como Ecuador y Nicaragua garanticen que ninguna niña sea obligada a ser madre, marcando un precedente en derechos reproductivos infantiles.
  • Los movimientos feministas llaman a poner en el centro de las políticas públicas la eliminación de la violencia de género, acceso universal a educación sexual integral y ampliación de derechos económicos y sociales para mujeres y niñas.


Cabe mencionar, que recientemente ha habido noticias sobre Irán suspendiendo la aplicación de la ley que obligaba a las mujeres a usar el hiyab (velo islámico), esto tras una intensa presión social y protestas masivas en el país, lo que en la práctica significa que las mujeres ya no están obligadas por ley a usar el velo como antes; pero aunque la aplicación de la ley se ha suspendido, no hay confirmación de que haya sido oficialmente derogada o abolida por completo, y el debate sobre su estatus legal continúa.

Este cruce de retrocesos y avances es un llamado urgente no sólo a recordar lo conquistado, sino a no bajar la guardia, y a continuar defendiendo activamente el futuro de las mujeres y las niñas en todo el mundo, porque el patriarcado, la misoginia, el fanatismo religioso y el machismo no están disminuyendo, sólo operan bajo otros nombres y con otras formas.

El último trimestre nos confirmó una vez más que cuando el mundo entra en crisis, los derechos de las mujeres y las niñas son siempre los primeros en ponerse sobre la mesa de negociación. Mientras tanto, los organismos internacionales repiten diagnósticos que ya conocemos de memoria, que ningún país avanza al ritmo necesario para alcanzar la igualdad real por más que afirmen todo lo contrario. Y no es falta de datos, ni de evidencia, ni de advertencias…¡es falta de voluntad política!.

Información recopilada de las fuentes mencionadas en el texto, y de: The Guardian.

Comentarios: Galilea Libertad Fausto.

Créditos de la ilustración a quien corresponda.

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viernes, 16 de enero de 2026

Episodios de una vida interminable

 


Desde mil novecientos noventa y nueve Almudena Grandes nunca dejó de llegar puntualmente a la cita periodística quincenal y semanal, que tenía con las lectoras y lectores de sus columnas.

A cuatro años de su partida sigue llegando como si nunca se hubiera ido, y es que escritoras así de rebeldes de revolucionarias, de rojas, así de auténticas…así de humanas,  nunca se van del todo. Viven en el corazón, la memoria y la conciencia de un país…de su país, pero también de los y las que de España o no, con sus palabras aprendimos y seguimos aprendiendo a mirar, pensar y escribir el mundo de otro modo.

Este Año Nuevo, lo inicié leyéndola en la faceta más reveladora de su propia esencia, y de la que yo, como tejedora de letras más aprendo…la de articulista. Leer Escalera interior fue como abrir una ventana al corazón y la mirada de Almudena.

Esta recopilación de columnas que por más de dos décadas escribió para el diario El País, y que fue publicada en 2025 como libro, es un regalo póstumo que me permitió volver a escuchar su voz tan viva, cálida y agradecida por su cotidianidad en familia y en su comunidad, su valiente voz en aquel artículo del 9 de octubre de 2021 tan quebrada pero tan fuerte, tan esperanzada y firme plantándose con determinación frente al cáncer que la amenazaba.

Escalera interior me recordó lo esencial de las pequeñas historias que nos conectan a todos…a todas. Este libro fue el inspirado motor de arranque para está, mi primera columna de 2026. Igual que lo fuera otra de sus obras para mi columna de estreno aquí en Mujer del Mediterráneo, aquel 16 de enero del 2022 y que comencé diciendo así:

“Hace unos cuantos días terminé de leer La Madre de Frankenstein de Almudena Grandes, uno de esos libros que por su temática y la sensibilidad de su narrativa han logrado tocarme el corazón y volverse entrañables….Cada quien tiene sus propios temas que por algún motivo o sin él les resultan apasionantes, para mí, es cada aspecto de la historia de la vida de las mujeres tocándome de manera especial su salud mental”.

Fueron mis primeras letras en este gran espacio feminista para reivindicar, dignificar, y desmitificar la locura femenina.

Y es que cada una de sus novelas, de sus cuentos y de sus artículos respiran humanidad, cercanía..empatía. De ahí que sus escritos sean inspiración y pauta para contar nuestras propias historias.

Con su Mercado de Barceló, Almudena agitó el recuerdo de los mercados y tianguis a los que en días ya muy lejanos, las mujeres de mi familia y yo íbamos a hacer la plaza como se decía a las compras en aquellos viejos tiempos mexicanos.

La memoria de la lectura de ese libro, quedó plasmada en el 2023 en mi artículo: Hablando de mercados, cocinas, chefs y equidad de género. En él, de la mano de las vibrantes y coloridas vendimias, van las talentosas mujeres que se están abriendo paso en el masculino mundo de la gastronomía, y el hecho de que en la alta cocina internacional exitosos hombres Chefs como Rafael G. Macedo Fausto, dirijan su cocina desde y con una perspectiva de género.

A Almudena la he leído mucho, me ha conmovido mucho, pero también me ha enseñado mucho del arte de escribir sabiendo que la escritura, también es una forma de hacerse cargo, de sostener, y de hermanarse con los otros…con las otras.

La novela Los besos en el pan, habla de su familia…de su barrio, de su España, pero a mí, me habla de mi familia…de la clase media alta venida a menos allá en el México de los setentas. Me habla en principio, de la austeridad, los valores y la dignidad de mis abuelos y abuelas. Mientras que la triste historia materno filial contada en La buena hija, está simbolizado el infortunio de tantas hijas, como el de la vecina que vivía al lado de la primera casa propia que tuvieron mis padres. Esta novela y este cuento inspiraron algunos de mis poemas más íntimos dedicados a las mujeres de mi familia.

Por su parte, en La herida perpetua, encontré a una Almudena que se muestra en todo su esplendor político desde el primer artículo, diciendo…”Ahí estaba yo…mujer, republicana, de izquierdas, española, anticlerical, plebeya, peleona y partidaria de la felicidad”.

Su calidad literaria y su legado son enormes porque van más allá de la técnica y estilo narrativo, su literatura fue siempre un compromiso empático con las historias de las personas reales que la habitaban.

Como novelista y cuentista supo en todo momento escuchar las voces que la historia oficial había dejado al margen, les dió visibilidad y un lugar digno. Como articulista, cada columna suya era un encuentro cercano con su comunidad lectora, una expresión cívica…una manera de decir…esto me pasa, esto nos pasa, esto importa.

Y como feminista ni que decir, la obra de Almudena Grandes es profundamente pro mujer en su conjunto, sin embargo, es en Las edades de Lulú, Malena es un nombre de tango, y Modelos de mujer, donde más se marca la esencia de su visión feminista al presentarnos a mujeres que no se resignan, sino que luchan por su vida y su libertad.

Junto a la escritora estuvo siempre la mujer de familia, la amiga, la vecina, la feminista, la política…,ofreciendo sus escritos como herramienta para defender la memoria, la igualdad y la alegría de vivir y convivir con los demás.

Su palabra crítica sigue vigente y su ejemplo literariamente humano, continúa recordándome que escribir como vivir es tomar partido…porque no mirar, o mirar y no hacer nada no es una opción.

Cuatro años después sus libros siguen abiertos, sus novelas, cuentos y artículos son narraciones propias, episodios de una vida interminable…la vida de ella en cada página, su vida por escrito…su vida que es interminable porque renace cada vez que es leída!!

Galilea Libertad Fausto.

Créditos de la fotografía a quien corresponda.
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