En tales casos y con más frecuencia de lo que a simple vista parece, el racismo y el machismo van de la mano haciéndose presentes en el día a día de estas mujeres, afectándolas negativamente en sus relaciones familiares, de amistad y de trabajo pero también, poniendo en riesgo su salud física, emocional y mental, así como su seguridad (y la de sus hijos en caso de que los tengan), peligrando en ocasiones hasta su propia vida.
La mayoría de ellas trabaja y aunque algunas obtuvieron un título académico en su país natal, su condición de indocumentadas y/ o el no hablar inglés no les permite ejercer su profesión, y a duras penas subsisten con los salarios mínimos que reciben por largos turnos de trabajo, al igual que las mujeres que no cuentan con una carrera universitaria.
Unas y otras carecen de las posibilidades económicas y legales que les permitiría salir de la situación de abuso en la que viven. Sin una regularización migratoria difícilmente pueden aspirar a tener estabilidad financiera, y sin esta, no hay independencia ni autonomía posible.
Estas circunstancias de vida se ven agravadas enormemente si hay hijos concebidos con su violentador, el miedo que tienen a ser separadas de ellos, a la denuncia, y en consecuencia a la deportación se vuelve una arma en su contra, la cual el abusador desde su lugar de poder sabe usar muy bien como forma de control y de sometimiento.
Cuando el hombre es violento, la crianza de los niños nacidos en esa relación también se ve afectada. Aprenden desde temprana edad equivocadas maneras de relacionarse con los demás, los niños interiorizan y a la larga normalizan el maltrato a las mujeres; incluso, a veces llegan a justificar a su padre por ejercer violencia en contra de su madre.
Mientras que las niñas pierden la noción de su propia valía, desarrollando una baja autoestima y la inconsciente propensión a involucrarse sentimental y sexualmente con hombres abusivos.
Sin embargo, habitar dentro del círculo de la violencia provoca miedo, inseguridad, estrés, ansiedad y depresión tanto a las hijas e hijos como a las madres.
La violencia étnica es otra pieza de este círculo, y se hace patente cuando el país del que proviene la madre, sus tradiciones, su idioma y su cultura son constantemente objeto de burla por el hombre en cuestión, y ella misma es cotidianamente ridiculizada, infantilizada, desvalorizada y desacreditada ante sus hijos, quienes van creciendo en un ambiente de agresión racial que termina por confundir su propia identidad.
La agenda política global tiene una deuda pendiente con las mujeres migrantes y sus familias, porque mientras que siga permitiéndose en general la violencia de género en contextos migratorios, y en particular la violencia intrafamiliar a la que hace referencia este artículo, seguirán perpetuándose las estructuras del poder patriarcal machista y misógino a puerta cerrada.
El sufrimiento de las actuales generaciones de mujeres migrantes y el de las que vengan, seguirá siendo un problema de interés y competencia exclusivamente doméstica, algo privado no público, personal no político, seguirá siendo una injusticia más …una justicia menos!!.
Galilea Libertad Fausto.
Créditos de la ilustración a quien corresponda.
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