Analizando concretamente el desplazamiento femenino, tenemos que son mujeres pobres que llegan ilusionadas en busca de la tierra prometida, cargando una pequeña maleta de ropa y un enorme peso emocional, afectivo y económico. Ellas dejan hijos, madres, y padres que se sostienen y se acompañan en el dolor de su ausencia. Pero lo que la gran mayoría de estas mujeres encuentran al llegar no es el soñado país de oportunidades, sino una vida llena de otra forma de pobreza pero pobreza al fin, discriminación, soledad y explotación.
Muchas de ellas son inmigrantes indocumentadas, y/o carentes de alguna profesión, y en esas condiciones de desventaja terminan trabajando como empleadas domésticas, viéndose en la triste ironía de cuidar, limpiar, cocinar, y criar hijos ajenos mientras los suyos crecen lejos en un sentimiento de orfandad materna.
El sistema las necesita para poder funcionar, pero no las reconoce legalmente ni las valora humanitariamente; economías como la de España y de EE. UU. descansan crecen y se fortalecen sobre su agotador trabajo mal pagado, informal, sin derechos laborales. Este tipo de trabajo y estas mujeres son una forma de capital imprescindible y al mismo tiempo descartable; lo cual es una paradoja por demás esclarecedora del nefasto sistema capitalista.
Son mal vistas desde el principio por su acento, su color de piel, su forma de vestir o de moverse y caminar; estas miradas prejuiciosas, clasistas-racistas las coloca de inmediato en un escalón inferior, siendo etiquetadas de mojadas, migrantes, pobres, sin educación, sospechosas y de moral dudosa, calificadas de mujeres “otras”.
Esa diferenciación y su gran necesidad económica las vuelve vulnerables y por consiguiente fácilmente explotables. Si son indocumentadas, el sistema convierte el miedo de ellas a la deportación en herramienta de control. El temor a la deportación que sienten mujeres y hombres por igual, es el que silencia los abusos, normaliza largas jornadas de trabajo, y permite humillaciones que nunca son denunciadas.
Volviendo al caso de las mujeres trabajadoras del hogar, la explotación por lo regular no es por parte de hombres, pues la mayoría de las veces es ejercida por otras mujeres, muchas de ellas también precarizadas, pero con un poco más de poder, y otras pertenecientes a la clase realmente adinerada; en cualquiera de los casos, son empleadoras a las que exigen disponibilidad total a cambio de un mísero salario, “mi empleada doméstica es como de la familia” dicen por un lado, mientras que por el otro no les otorgan derechos laborales, ni siquiera descanso suficiente cuando trabajan de planta.
Estas mujeres pagando una cantidad mínima de dinero, delegan en otras mucho menos privilegiadas el trabajo duro de la limpieza, la cocina, el cuidado y la crianza de sus propios hijos, para mantener su libertad y ascenso social, profesional, político y económico; en palabras feministas…ellas rompen el techo de cristal a costa de las otras sobre las que caen todos los pedazos rotos.
El feminismo que no mira y no pone sobre la mesa de debate esta cadena de desigualdad, falta de consideración y de empatía entre mujeres, es profundamente incoherente con la esencia y propósito del movimiento feminista.
Estas inmigrantes son tratadas como objetos de uso y desuso, útiles mientras cuidan niños o atienden ancianos, limpian la casa y sostienen un hogar ajeno; desechables cuando se enferman, envejecen o reclaman algún tipo de derechos. En realidad no existe un vínculo afectivo, todo es unilateral y relativo a la capacidad o incapacidad de servicio.
El costo personal del acto de emigrar es muy grande para estas mujeres, la culpa por la distancia, la crianza a través de pantallas en el mejor de los casos, familias rotas, soledad, pérdida de identidad y del sentido de pertenencia, vidas y corazones divididos en dos países; pero aun así, estas admirables heroínas sostienen economías transnacionales con sus remesas, su desgaste emocional y su resistencia diaria.
Hablar de inmigración femenina es hablar de cifras, de fronteras, pero también es hablar de vidas usadas para que otras vidas funcionen cómodamente. Y mientras que no se cuestionen las estructuras que necesitan mano de obra barata, sumisa y racializada, seguiremos llamando el “problema” de la migración, a lo que en realidad es un negocio altamente lucrativo!.
Necesitamos preguntarnos ¿por qué migran estas mujeres?, ¿quién se beneficia de las terribles condiciones en que lo hacen? ¿Y por qué gobiernos, organismos internacionales, feminismos, y sociedad civil en general seguimos mirando hacia otro lado?.
Sin observancia y conciencia crítica no hay preguntas, sin preguntas no hay respuestas, y sin respuestas no hay deconstrucción, no hay propuestas y no hay cambio!.
Galilea Libertad Fausto.
Créditos de la ilustración a quien corresponda.
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