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viernes, 6 de febrero de 2026

Masculinidad, juventud y consentimiento (3/3): La construcción del consentimiento



 Después de la aprobación de la llamada “Ley del Sí es Sí” en España, este apartado tiene nuevos matices. Quizá ya no es visto solo como un proceso para generar un acuerdo entre dos o más personas en cualquier faceta vital, sino que ahora está íntimamente relacionada con la violencia sexual y con procesos legales punitivos. Al tratarse de una idea surgida de una relación, ahora ya no hablamos de un rasgo que puede o no identificarnos (como la masculinidad o la juventud), sino de un proceso que involucra necesariamente a varias partes o personas y tenemos que tener en cuenta varias cuestiones. 

Los privilegios 

Como hemos ido viendo, nuestra sociedad tiene como tarea revisar muchas violencias que, sin darnos cuenta, sostenemos y reproducimos a  diario. Nuestro modelo social está muy lejos de ser igualitario. Sin darnos cuenta, consentimos y mantenemos niveles de bienestar asociados a muchas facetas de nuestra vida que están valoradas socialmente: la capacidad adquisitiva, el color de piel, la nacionalidad, nuestra situación legal, el género, la religión... En fin, son tantas que no podría nombrarlas todas, pero lo que deseo resaltar ahora es cómo interseccionan entre sí para generar niveles que nos hacen la vida más o menos sencilla. Es decir, lo que comúnmente solemos llamar privilegios (McIntosh, 1989). 

No es lo mismo enfrentar una situación con un nivel de privilegios u otro. Por traer una situación que lamentablemente veo de forma muy cotidiana en centros de educación secundaria: un chico es reiteradamente aislado del grupo por sus propios compañeros y compañeras de clase, a través de bromas pesadas o burlas que hacen constantemente. En caso de que se hagan durante el tiempo en el que estoy en clase, le pregunto al chaval si se siente bien y su respuesta, como es previsible, suele ser afirmativa y, aunque el solo hecho de preguntarle ya hace ver a la clase la violencia a la que están sometiendo a una persona de su grupo, y suelen parar los comentarios, lo que evidencia es que muchas veces las personas afectadas por un tipo de violencia suelen invisibilizarla. Eso no significa que la violencia no ocurra, porque cuando le pregunto a otra persona del grupo si se sentiría bien con ese trato, suelen bajar la cabeza y hacer silencio, haciendo ver que, no solo es capaz de identificar la violencia implícita en el trato sino que, entiende el daño que se siente al recibirla. Algunas, sintiéndose reforzadas, me dicen claramente que eso ocurre a diario, que nadie hace nada y que saben que la persona aislada no lo está pasando bien y directamente lo identifican como bullying. Con todo esto, lo que pretendo poner de relieve es cómo en un caso, una persona abiertamente se esfuerza por evitar u ocultar el daño sufrido y, probablemente, se contentaría simplemente con no recibirlo mientras que, por otra parte, otras personas con más privilegios pueden dedicarse más fácilmente a pensar en lo que les gusta sin dedicar esfuerzos a evitar estos daños. Por lo tanto, para poder entender cómo debemos gestionar el consentimiento, es fundamental partir de la base de que no todas las personas estamos dispuestas a consentir lo mismo porque, probablemente, nuestro abanico de consentimiento está marcado por las violencias que hemos naturalizado

Esto ocurre porque, en la mayoría de los casos, cuando naturalizamos un privilegio, no reconocemos la vulneración de derechos que esconde, simplemente asumimos lo que está pasando como “lo normal”, es decir, los privilegios se vuelven invisibles para quienes los tenemos, a menos que hagamos un trabajo de consciencia para identificarlos y, solo entonces, podremos pensar en cómo minimizar su efecto. Hasta ese momento, lo más probable es que, sin saber cómo e incluso sin desearlo, estemos contribuyendo a reproducir el daño.

 El placer 

Otro elemento que entra en juego cuando queremos analizar lo que consentimos está relacionado con aquello que nos gusta o nos apetece. El inconveniente en este caso surge cuando nos damos cuenta de que no contamos con espacios de formación para reconocer nuestro placer. La mayoría de las veces la estrategia publicitaria se centra tanto en decirnos lo que nos debe gustar, cómo y cuándo, que apenas nos quedan espacios para poder identificar lo que realmente deseamos. 

Podríamos pensar, por ejemplo, que el peinado que llevamos, o el largo del pelo o la ropa son elecciones personales que han ido evolucionando a lo largo de nuestra vida hasta llegar al resultado que hoy lucimos frente al espejo, sin embargo, todas estas cuestiones están determinadas por la publicidad, los prejuicios que tengamos sobre nuestra edad, nuestra talla, nuestro género. Es decir, el sistema social y nuestra cultura local han decidido antes que la mayoría de personas, cómo debería ser nuestro aspecto físico y luego terminamos eligiendo los detalles. Lo que considero más importante de esta reflexión, es el hecho de que, en el proceso, tenemos la satisfacción de haber decidido en función de lo que deseábamos. Lo que Ana de Miguel (2015), ha dado a conocer como “el mito de la libre elección”. Esto nos situaría frente a una paradoja porque, si reconocemos que, por poner un ejemplo, la ropa que ahora nos gusta es fruto de un bombardeo mediático que ha hecho que ahora me resulte deseable un conjunto que hace diez años hubiese rechazado, estaría reconociendo, por una parte, que el deseo y el placer se educan y, por otra, que el hecho de que algo me resulte deseable, no lo decido solo yo.

 Existen entonces, multitud de factores que se conjugan para construir lo que reconocemos como placentero y muchos ya vienen determinados por la cultura del lugar y del tiempo en el que nos encontramos, sin embargo, en la medida en que vamos conociéndonos más y vamos identificando lo que nos caracteriza, también vamos encontrando la manera de construir elementos propios, personales, originales que dan cuenta de un proceso de elección también deseado, pero no basado en la oferta sino generado a pesar de la oferta. Los procesos más homogeneizadores podríamos identificarlos como los generadores de un placer más reproductivo (lo que nos dicen qué nos tiene que gustar), mientras que los que surgen del segundo proceso podríamos identificarlos como surgidos de un placer más creativo. 


La sexualidad 

Es solo colocar esta palabra en una hoja y sentir cómo el peso del tabú de siglos y siglos se posa sobre el texto. Así que intentaré ser lo más cauteloso que pueda al perfilar este apartado que, de entrada, tengo que advertir que trataré muy someramente para ceñirnos a los objetivos del artículo. 

Si, como lo hemos ido haciendo a lo largo de este ensayo, conjugamos los diferentes apartados que se han presentado, podremos adelantarnos al hecho de que la sexualidad que consumimos en occidente no deja de ser un producto más de nuestro modelo social, teniendo en cuenta que nuestro deseo está siendo constantemente modulado, dirigiéndonos hacia un tipo de placer fundamentalmente reproductivo al que podemos acceder (o no), según el rango social que tengamos, a partir de la suma de nuestros privilegios. 

Pasemos entonces a identificar los ingredientes que caracterizan el modelo de sexualidad que consumimos, para entender más claramente cómo se ha ido moldeando nuestro deseo. 

Mecánico: para empezar podemos reconocer cómo el modelo de sexualidad que más comúnmente se nos presenta, deja de lado la diversidad biológica, cultural, emocional, contextual... al asociar el placer sexual a zonas, puntos, posiciones... muy lejos quedan los sentimientos, los gustos, las personalidades. Se presentan los cuerpos cosificados, se entiende la sexualidad como una fórmula, algo previsible, trasladable, automático. 

Competitivo: vemos cómo continuamente se mide a las personas según su tipo de cuerpo, el tamaño de pene o de los senos, el número de parejas... lo que, a su vez, hace evidente la siguiente característica.

 Jerárquico: se evidencia un patrón de relación muy claro en el que se reparten dos roles: activo o pasivo y, en relaciones heterosexuales, se hace muy evidente cómo el rol activo lo ejercita habitualmente el chico y el pasivo, la chica. 

Hetero: la gran mayoría de las escenas que hacen alusión a la sexualidad están, o bien representadas por una pareja heterosexual o bien en la idea de una relación heterosexual. 

Orgasmocéntrico: es decir, para empezar se presupone que la sexualidad tiene un fin y, para seguir, se identifica el objetivo con el orgasmo. 

Y, por si todo esto no nos parece tremendamente  parecido a lo que veíamos en el bloque sobre la masculinidad, también evidenciamos cómo otro de los elementos que perfilan el modelo de sexualidad occidental es que erotiza el daño, convirtiéndolo en algo deseable, es decir, romantizándolo. En este momento, según el grado de deconstrucción de nuestro modelo de sexualidad, podríamos pensar que todo esto es obvio, que de esto se trata la sexualidad y que lo extraño sería que alguien desee otra cosa. 

Sin embargo, para hacer evidente el grado de intromisión del sistema en una dimensión tan personal como lo es la sexualidad, suelo explicar que así como no podemos imaginarnos sin la capacidad de crear, no podemos entender la humanidad sin sexualidad, simplemente es una dimensión más de nuestro cuerpo. Por lo tanto, si asumimos que hemos sido y seremos seres sexuados, tendríamos que admitir que teníamos sexualidad a los 3 años y la tendremos a los 93. 

En este momento suelo preguntar: ¿Creéis que a los 3 años erotizábamos hacerle daño a otra persona? ¿Hacerle daño a otra persona nos hubiese podido generar placer? Al hacer estas preguntas suelo ver cómo las miradas cambian y comienzo a intuir, a través de las expresiones no verbales, cómo empiezan a darse cuenta de que lo que hasta ese momento consideraban que era algo simplemente biológico, se trata una vez más, de un triunfo del sistema sociocultural que nos ha formado. Por una parte podríamos quedarnos con la idea de manipulación o falta de control sobre muchos aspectos personales pero, la intención es justamente la contraria. 

El esfuerzo por evidenciar cómo la sociedad es un interlocutor muy activo en nuestra manera de ser, también nos muestra que muchos de los procesos que hubiésemos podido pensar que estaban determinados biológicamente, en realidad han sido aprendidos y moldeados por el grupo en el que hemos crecido. Esto también puede interpretarse como una buena noticia porque al asumir que nuestro deseo es moldeable, podemos pensar en crear nuevas formas de relación que eviten el daño y, en caso de que ocurra, repararlo en vez de naturalizarlo


La construcción colectiva 

Hasta aquí la idea era identificar los elementos que se están conjugando cuando hablamos simplemente de tres conceptos tan cotidianos como puede ser masculinidad, juventud y consentimiento. En ese sentido, a lo largo del recorrido hemos sentido cómo el peso de lo que social y culturalmente ha construido nuestro sistema se ha ido colando sin darnos cuenta en actitudes, comportamientos, pensamientos, expresiones... que no hacen otra cosa que evidenciar que no teníamos las cosas tan superadas como pensábamos y que, por lo tanto, aún nos queda mucho trabajo. 

Al identificar el proceso de masculinización y reconocer que no se trata de un proceso elegido sino impuesto, en el que a través de juegos, bromas, conversaciones vamos guiando a una parte de la población para que desarrolle una visión más mecanicista de las relaciones; jerárquica, que no preste atención a los cuidados, lo afectivo lo emocional y, de hecho, lo infravalore (por lo que sin darse cuenta, acaban por descuidar su entorno); muy pendientes del dinero y del valor económico de las cosas; preocupadas por aparatos o cifras, a veces incluso más, que por personas; que entiende que los problemas se solucionan mejor por la fuerza y, por lo tanto, acaban priorizando la meta antes que los procesos y los contextos... vamos entendiendo que igual no se trata solo de una parte de la población, podemos reconocer que hablamos del propio sistema en el que coexistimos y esto no hace más que sacar a la luz que el sistema en el que vivimos es masculinizado. 

Es decir, llevamos tantos años construyendo un sistema social por hombres (que a su vez han sido socializados de esta manera), que hemos acabado por generar un sistema social a la imagen de quienes lo crearon. Esto explica por qué cuando detenemos la mirada sobre la juventud, nos encontramos, para empezar, que la entendemos como una etapa vital subordinada. En otras palabras, la vemos ya desde un enfoque jerárquico y, por lo tanto, hacemos lo que solemos hacer con lo que no consideramos importante: negamos, invisibilizamos o, en el mejor de los casos, minimizamos sus necesidades; la revictimizamos al exigirles pruebas de lo que nos dicen a viva voz que les afecta, por lo tanto, presumimos que mienten o manipulan la realidad; les sobreexigimos para que demuestren su valor, al pedirles que en esta etapa tengan las mismas cotas de productividad que tenemos en edad adulta y les culpabilizamos si no lo logran. 

Mientras, por otra parte, les hemos tenido atados a pantallas desde la infancia (para que no nos molestaran), y ahora les echamos en cara que son incapaces de relacionarse fuera del móvil, con vidas centradas en “parecer”, antes que “ser”. Y finalmente, nos enfrentamos al consentimiento, un espacio de negociación entre dos o más partes cuando, en la mayoría de los casos, no tenemos la misma responsabilidad pero, donde las personas con más privilegios somos quienes más somos tenidas en cuenta (en vez de ser al revés, para minimizar la disparidad de poder), esforzándonos por escenificar placer, antes incluso que sentirlo, intentando amoldarnos al placer reproductivo antes que identificar ni crear el propio. Por lo tanto, ponemos la mirada en las estructuras, dejando de lado la observación personal, lo emocional, y también los daños. 

Al analizar cómo todo esto impacta en el terreno sexual, nos percatamos de que se trata de una dimensión humana muy poco explorada, pero (quizá por ello), en la que reproducimos enormes cantidades de violencia y que, por tratarse de un tema tabú, íntimo y personal, la mayoría de las agresiones no se registran por la falta de identificación, el miedo a la revictimización, por la vergüenza o por la desconfianza en las instituciones (también androcéntricas, adultocéntricas, mecanicistas, poco cuidadosas...). Por poner un ejemplo de cómo todo esto se concreta en un hecho, podemos revisar el “Caso Rubiales” (5), que se ha estado desarrollando justamente en estos días, para identificar lo cotidianas que son las consecuencias cuando conjugamos masculinidad hegemónica, juventud y consentimiento en un hecho: un hombre que decide celebrar una victoria sin tener en cuenta que tiene más poder que una mujer joven (y subordinada) y por lo tanto, invisibilizando el sentir de la jugadora, negando el daño causado, cuando ya no se puede ocultar más, minimizándolo en pro de “lo importante” y sin poner la mirada en la huella emocional que podría tener para la mujer que ha expresado claramente sentirse dañada. Paralelamente, vemos cómo las jugadoras temen ser represaliadas por las instituciones de las que dependen pero, eso sí, en este caso, deciden romper el silencio en grupo (y este es un aspecto determinante, tanto del caso, como de las acciones no violentas), poniendo por delante el sentir de la jugadora, evidenciando la violencia estructural, machista y adultocéntrica a través de las que se justificó una acción claramente no consentida y aún sin reparar. Estamos hablando, por lo tanto, de la violencia que ha construido nuestra sociedad desde hace milenios y, aunque no podemos negar el tremendo avance que hemos logrado en los últimos siglos, aún tenemos mucho trabajo pendiente. Por lo tanto, para enfocarnos en las tareas que se desprenden de este análisis, no quería cerrar este artículo sin iniciar un listado de preguntas que nos inviten a realizar un trabajo de introspección que tenga por objetivo conocernos más y, en el proceso, reducir las violencias que identificamos haciéndonos responsables de las que, por acción u omisión, estemos contribuyendo a generar.

Las herramientas 

Mi intención nunca ha sido regodearme en una visión catastrofista de nuestra sociedad, eso —si me apuran— ha sido más una estrategia. Lo que realmente considero esencial es nuestra capacidad de transformación, como personas y como sociedad. Al finalizar cada apartado he intentado hacer evidente este objetivo y no centrarme tanto en lo terrible del paisaje sino en la persona que lo pinta y las posibilidades que eso nos brinda. Porque, si asumimos que toda persona y todo grupo de personas somos también fruto de nuestro tiempo y nuestro contexto, también podemos entendernos como contexto temporal, relacional, espacial... de otras muchas personas y, por lo tanto, asumir las responsabilidades que tenemos frente a las estructuras y los cambios que buscamos. Tampoco quiero dar entender que todo cambio social depende de cambios exclusivamente personales, entiendo que los cambios sociales necesitan de grupos, de asociaciones, de estructuras y, por ende, de negociación, de reflexión, de errores... pero, intencionadamente, quiero poner la mirada en nuestra capacidad de transformación, tanto personal, como política, social y cultural porque, en definitiva tendremos más probabilidad de lograr cambios a gran escala si cada una de las personas nos asumimos como agentes de cambio. Solo que no se trata de una persona pintando un paisaje sino de un paisaje colectivo que pintamos entre todas. Cuantas más pintemos y con más consciencia, más representativo y transformador será el resultado. 1) De lo externo a lo interno. Como hemos ido remarcando a lo largo de este ensayo, la construcción social no parte de la persona sino de la sociedad, es decir, no nos preguntan desde la infancia qué nos interesa, nos gusta, nos atrae... por el contrario, se nos ve con unas características físicas determinadas e inmediatamente se presupone qué y cómo debemos ser. En este punto, por lo tanto, tendríamos que preguntarnos: ¿qué es lo que realmente me gusta? Sin embargo, como es casi imposible que nuestra respuesta no esté mediatizada por nuestra cultura, la idea no es hacernos esta pregunta una única vez, sino hacérnosla muchas, muchas, muchas veces y así, por ejemplo, si al hacérsela por primera vez muchos chicos puedan decir “lo que realmente me gusta es el fútbol”, después de hacerse varias veces esa pregunta, puedan llegar a descubrir que “lo que realmente le gusta del fútbol es jugar” y otro “lo que realmente le guste sea planificar las timbas”, “escucharles”, “contarles lo que le ha pasado”, “cortar el césped del campo”, “hacer la comida de después”... y vamos finalmente identificando la diversidad que realmente somos. Finalmente, también puede pasar que nos demos cuenta de que no nos gusta el fútbol y, en ese caso, tampoco estará mal. Simplemente habremos descubierto que el tiempo que antes invertía en ver partidos, ahora lo puedo aprovechar en otras cosas. Diálogos entre Educación y Consentimiento 121 2) Del deber a la ilusión. Debido a que en nuestro modelo de socialización los procesos vienen impuestos por nuestro grupo social, es muy común entender como exigencia muchas cosas que hacemos y, por lo tanto, nos despiertan cierto rechazo. Pero si nos paramos a pensar (y a sentir), desde una motivación más esencial, alineada con el objetivo de cooperar para lograr una mejor sociedad o una mejor versión de mí, podríamos sorprendernos sintiendo que, en realidad, nos gusta hacer lo que hacemos. Desde ese momento, la mirada cambia. Encontrarle un sentido a lo que hacemos (orientándolo hacia una transformación mayor, desde nuestra emoción), cambia radicalmente nuestra manera de afrontar la misma tarea. En este punto la pregunta es ¿para qué estoy haciendo lo que hago? (intentando conectar pensamiento y emoción). En este caso, la inercia nos lleva a dar respuestas paralizantes (porque me obligan, necesito el dinero, no hay otra cosa...), por lo tanto, nuestro trabajo lo tendremos que dirigir hacia una mirada más amplia (a quién le sirve lo que yo hago, cómo, cuándo...). Sin embargo, también cabe la posibilidad de que nos demos cuenta de que eso que estamos haciendo realmente no nos guste y en ese caso, esta tarea nos habrá permitido identificar un foco de estrés personal para poder, en el momento oportuno, buscar nuevos puntos ilusionantes que nos permitan dotar de sentido lo que hacemos a diario. 3) De la competición a la cooperación. Comúnmente se nos ofrece la posibilidad de divertirnos, relacionarnos o incluso negociar a través de la idea de que alguien gana y el resto pierde, incluso en las películas y series que vemos a diario nos plantean el mismo esquema donde hay un grupo de élite que tiene lo que desea, mientras que el resto no. ¿Qué pasaría si comenzamos a cooperativizar las relaciones?, es decir, no se trata de que ahora formemos equipos y ganemos unos cuantos para seguir marginando al resto, sino de ver de qué manera podemos ganar con las personas que actualmente marginamos. Esto es una de las tareas más complejas que tenemos a día de hoy porque la cultura de la competición es omnipresente pero, para poder hacer pequeñas transformaciones es imperativo hablar con personas con las que habitualmente no nos relacionamos, por lo tanto, en este punto la pregunta sería ¿hablo solo con personas que opinan como yo? Es posible que, al hablar con otras personas, encuentre enfoques diferentes para entender los mismos problemas que ya he identificado o, por el contrario, es posible que me dé cuenta de que son personas aún más violentas que yo y, en ese caso, tendré una tarea aún más compleja porque, mi labor no puede consistir en exigirles que cambien (una vez más asumiendo mi fórmula como la mejor, para luego imponerla, haciendo uso de mi jerarquía), sino en observar por qué mantienen los modelos relacionales que mantienen y poder llegar a consensos en los que, teniendo en cuenta sus necesidades, se puedan minimizar las violencias que detectamos. 4) De callar a escuchar. A veces, por el contrario, no queremos imponer nuestra forma de ver las cosas y aunque identificamos que lo que está pasando no está bien, no hacemos ni decimos nada y por lo tanto, a través del silencio, nos hacemos cómplices de la violencia. En estos casos, la decisión no está solo entre callar o hablar, es decir: negativizando la acción pasiva y positivizando la activa. Como hemos visto, podemos generar mucho daño tanto con una como con la otra. En este momento también podemos probar a escuchar y, para facilitarlo, en caso de haber presenciado alguna situación violenta, podríamos hacernos la siguiente pregunta: ¿le hemos preguntado a la persona que ha sido dañada qué necesita? Igual esa persona no ve la violencia o, si la ve, no se siente preparada para hacer algo al respecto pero, es posible que necesite hablar con alguien de lo ocurrido, asumiendo que, en ese momento, lo mejor que podemos hacer es 122 Revista de Estudios de Juventud ≥ Diciembre 23 | Nº 128 escucharla. Puede pasar también que no reciba con agrado nuestra muestra de atención pero, si en algún momento se siente preparada para hablar, es probable que nos tenga en cuenta. 5) De lo social a lo vincular. Actualmente no es muy políticamente correcto decir esto porque se entiende que la mirada de género pone el foco en un problema de derechos y deberes sociales; sin embargo, el hecho de que sostengamos a día de hoy todas las violencias que hemos comentado, hace evidente que el problema que tenemos delante es también social, vincular, cultural. En otras palabras, hacemos lo que hacemos porque personas que nos han cuidado y en las que hemos confiado, nos han transmitido un modelo social que reproduce mucho daño y, a veces, cuando criticamos solo los daños que identificamos, se entiende como que estamos atacando a las personas que nos han formado y por las que, sin darnos cuenta, hemos generado lealtades. Sin embargo, no podemos negar esta realidad, no dejamos de ser personas sociales, gregarias, relacionales, por entender cognitivamente las violencias a las que nos enfrentamos a diario. Aunque sea más compleja la tarea, nuestro deber es incorporar esta dimensión humana en nuestras relaciones, para permitir que las personas y los grupos puedan reflexionar sobre lo que hacen, cómo lo hacen y buscar fórmulas que impliquen menos daño. En este punto la pregunta sería: ¿te gustaría que a tu familia le pasara...[el daño que hemos identificado que se está naturalizando]? Soy consciente de que suprime la mirada amplia que aporta el enfoque de derechos humanos, pero, en muchas ocasiones, activa la responsabilidad social que tienen las personas con las transformaciones que les gustaría que ocurrieran en sus entornos afectivos inmediatos y, desde allí, también se puede generar transformación. En caso de que no haya respuesta verbal y se genere un silencio, esta misma respuesta no verbal, puede ser usada para evidenciar tanto la identificación del daño, como las ganas de buscar una estrategia para minimizarlo. 6) De la culpa a la responsabilidad. Muchas veces da la sensación de que estamos desviando la atención de la violencia ejercida y de quienes la han generado pero, al trabajar con personas que han sido etiquetadas como agresoras, desde un modelo más punitivista, y confrontarles con el daño que identificamos, suelen generar actitudes de negación, invisibilización o minimización del daño y de su responsabilidad. Sin embargo, al abordarlas desde este enfoque, planteándoles responsabilidades concretas en la identificación del daño, la reparación y la no repetición de la violencia, evidenciamos muchos cambios. Para empezar, entienden el proceso a través del cual han llegado a realizar las acciones que les han llevado a ejercer el daño identificado y, al hacerlo, indirectamente también comprenden que se trata de un problema sistémico en el que evidentemente cumplen un rol, pero, a partir de este proceso, pueden reconocer otros elementos que han intervenido. Por lo tanto, se entiende que va más allá de un problema de esencias (no es cuestión de ser buenos o malos), se trata de identificar los factores que incitan o reducen el daño. En consecuencia, se percatan de que su trabajo consiste en evitar conjugar estos factores de riesgo, responsabilizándose de incluir más elementos que reduzcan la posibilidad de ejercer daño en su cotidianidad y, por lo tanto, siendo protagonistas de sus propios procesos de recuperación. Otro de los cambios que frecuentemente se evidencian es que, al reconocer, analizar y responsabilizarse de los daños causados, deciden iniciar procesos de reparación con personas que hayan sufrido daños similares a los que han causado. Por lo tanto, la pregunta de este bloque es, frente a conductas, comentarios, pensamientos que sabemos que pueden hacer daño ¿buscamos imponer un castigo o evitar su repetición, generando aprendizaje en el proceso? Muchas veces nos vemos autoimponiéndonos castigos pero, mi experiencia al Diálogos entre Educación y Consentimiento 123 respecto, es que es mucho más útil hablar de lo que no nos gusta de nosotras mismas (como personas y como sociedad), bien sea nuestro o ajeno, eso sí, en entornos seguros y guiados porque, debido a lo disruptivo de este enfoque, es posible que si exponemos un caso sin las condiciones de trabajo adecuadas, aumentemos la dimensión del daño, sintiéndonos aún más culpables, en vez de responsabilizarnos de su reparación. Todo esto nos lleva a contemplar situaciones tan complejas como que, por el hecho de consentir alguna situación que sentimos ligeramente impuesta, puede ser que luego sienta culpa (6) por no haber conectado conmigo a tiempo (1), dejándome llevar por lo que se espera de mí, más que por lo que realmente siento (2), así que vuelvo a sentir que se trata de una competición y que la otra persona ha ganado (3), y acabo por pensar que tenía que haber reaccionado de una manera más empoderada (5); sin embargo, como no lo he hecho, elijo no hablar de ello, por miedo al juicio que pueda recibir (4) (6). El consentimiento, por lo tanto, es una negociación compleja en la sociedad en la que vivimos; el deseo, en cambio, nos sitúa en el ahora, en el presente y, por lo tanto, es más fácil identificarlo pero, a nivel social, es más complejo de regular (de demostrar). Por eso justamente considero que el consentimiento sigue siendo una herramienta muy necesaria a día de hoy. Sin embargo, es muy importante que cada vez más, juntemos ambos conceptos, para que no quede todo en un “sí” o un “no”. En ese sentido, y en mi papel como hombre en este contexto social, temporal y espacial, en el que continuamente veo cómo se me propone erotizar la dominación, la cosificación, la falta de empatía... creo que tenemos que esforzarnos en erotizar la ternura, la comunicación, la empatía, los cuidados, las preguntas (antes que la acción). ¿Qué tal si nos atrevemos a romper con las inercias que vamos identificando y comenzamos por hablar sinceramente, desde lo que sentimos, escuchando también las inercias que otras personas sienten y practican, pero sin juicios, eso sí, con mucha responsabilidad por las violencias que, nos guste o no, aún continuamos sosteniendo? Sería mucho más potente si, además, lo hacemos en grupo y con alguna guía (al menos para empezar), porque es posible que salgan situaciones complejas, que hagan aflorar nuestras inercias. ¿Te apetece? 


Texto de David Kaplún Medina 

davidkaplunmedina@gmail.com

REVISTA DE ESTUDIOS DE JUVENTUD ≥Diciembre 2023 | Nº 128 Diálogos entre Educación y Consentimiento

 Coordinadoras Paula Roldán Gutiérrez e  Irene Zugasti Hervás

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