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lunes, 2 de febrero de 2026

Masculinidad, juventud y consentimiento (2/3): La construcción de la juventud




 Nuestra juventud gusta del lujo y es mal educada, no hace caso a las autoridades y no tiene el menor respeto por los de mayor edad. Nuestros hijos hoy son unos verdaderos tiranos. No se ponen en pie cuando entra una persona anciana. Responden a sus padres y son simplemente malos. Sócrates (470-399 a.C.). 


La juventud, así como hemos visto que ocurre con la masculinidad, es una convención social que de una u otra forma vamos entendiendo y reproduciendo a medida que nos vamos desarrollando como personas en este contexto sociocultural, sin embargo, para poder reconocer los elementos que están implícitos en esta idea, y decidir qué partes queremos transformar de ella, antes tenemos que sumergirnos en lo que inconscientemente hemos asumido. No olvidemos que uno de los objetivos de este artículo es analizar lo que hemos ido naturalizando, para decidir qué elementos queremos dejar de sostener de estas estructuras y qué no nos importa seguir manteniendo. Para empezar, es importante señalar que, a medida que avanzamos por el artículo, me voy a permitir ir haciendo pequeños pliegues en el discurso para evidenciar cómo las tres estructuras que se conjugan (masculinidad, juventud y consentimiento), se van entretejiendo y qué subproductos van originando. En este sentido, es necesario partir de la idea de que la juventud no se entiende como un estadio para quedarse, es más bien entendido como una “fase bisagra” de nuestro desarrollo: entre la infancia y la adultez. Esto que en principio parece obvio, veremos que poco a poco va cobrando importancia en la medida en que entendemos que el modelo sociocultural en el que se inserta es jerárquico (elemento que perfila también la idea de masculinidad), por lo que, al hablar de una fase bisagra, mirada a través de un lente jerarquizado, sin darnos cuenta, asumimos que está subordinada a la adultez y, por lo tanto, minimizamos su importancia sobredimensionando la adultez, por entenderla como el cierre evolutivo de nuestro desarrollo. Esto explica por qué la frase de Sócrates, escrita hace casi tres mil años, sigue manteniendo total vigencia a día de hoy. Evidencia que tanto la idea de juventud, como la mirada adultocéntrica que colocamos sobre ella, han variado poco. Por lo tanto, vamos a ver algunos elementos que considero importantes para identificar lo que inconscientemente ocurre en occidente al hablar de juventud. 


La irresponsabilidad 

Claramente la frase de Sócrates se apoya en esta idea, emitiendo —además— un juicio claro sobre ello sin reparar en que, como sugiere De Stéfano (De Stéfano, 2017) al formular la pregunta: “¿Cosas de niños o cosas que los niños hacen para hacerse hombres?”, probablemente evidencie que lo que estamos haciendo sea ver en la juventud el reflejo de lo que socialmente consentimos en la vida adulta pero que no queremos afrontar. Por lo tanto, la juventud no hace más que advertirnos, haciendo un claro reflejo de nuestra sociedad, sobre lo antiguos que son los problemas que continuamos sosteniendo hoy. Este tipo de irresponsabilidad que podríamos asociar más al respeto y a una cultura de civismo, que tiene que ver con modales o pautas de comportamiento, no es la única crítica que enfrenta la juventud, sino también la falta de consciencia social y ambiental. Este quizá sea el punto que mayor temor genera en el resto de la población. Al menos en España en los últimos 20 años, los botellones, al no responsabilizarse de los espacios públicos; la reducción de la natalidad, vista como una postura egocéntrica de una juventud centrada en el bienestar personal,  irresponsabilizándose del bienestar futuro y de las pensiones o la última, con el COVID, presentando a la juventud como irresponsable por mantener encuentros con amistades y no llevar la mascarilla, son solo algunos ejemplos donde se aprecia cómo, al menos en las últimas 2 décadas, se han construido discursos de este tipo en los que la irresponsabilidad, ligada a la falta de previsión de un daño generalizado mayor, suelen desestabilizar la confianza en esta etapa vital. La crítica está sostenida por la idea que se trata de personas que solo miran por sí mismas, que no empatizan con el resto de la población, que no les importa lo que piensen de ellas o el futuro... Siempre que no interfieran con su presente. 

La belleza 

Por otra parte, existe claramente un discurso que idealiza la juventud. Es evidente que en nuestra sociedad la belleza y la juventud están íntimamente relacionadas, no hay más que ver la mayoría de anuncios cosméticos que aparecen en los medios a diario, para darnos cuenta de esta relación y cómo se traduce a parámetros físicos y mesurables. La idea de belleza está comúnmente asociada a la idea de juventud, presuponiendo que será la etapa en la que mejor aspecto físico tendremos, sin embargo, este mensaje está fundamentalmente dirigido a personas que ya no se consideran jóvenes en nuestro contexto sociocultural. Es decir, desde un análisis hermenéutico de los discursos con los que somos bombardeados, vemos cómo aflora una gran contradicción: mientras por una parte se valora la adultez por encima de otras etapas de nuestra vida, es tan valorada la belleza física, implícitamente asociada a la juventud, que vemos cómo muchas personas dedican gran parte de su tiempo y dinero a cambiar su apariencia física de adultas, deseando tácitamente volver a ser jóvenes. 

Esta contradicción no es nueva, gran parte de nuestra mitología está asociada a la búsqueda de la eterna juventud y, por lo tanto, existe una extensa bibliografía en torno al tema y no quiero simplificar el trabajo de otras personas que han nutrido este análisis; sin embargo, para los intereses de este artículo, quiero destacar cómo la idea de belleza está tamizada por una mirada centrada en lo mesurable, no contempla el aspecto relacional ni afectivo, es homogeneizadora (es decir, entiende que se puede trasladar de una persona a otra de forma seriada, a través de diversos procesos), es heteroconstruida (por lo tanto, no son las personas quienes determinan cómo debe valorarse su belleza, sino la sociedad). En consecuencia, se hace evidente cómo los valores tradicionalmente masculinizados (que veíamos en el bloque anterior), vuelven a aparecer perfilando lo que entendemos por belleza, en nuestro contexto cultural. En otras palabras, nuestra idea de belleza está construida desde la mirada masculinizada, fruto de la sociedad en la que hemos crecido y que ha entendido la belleza como un proceso para adornar nuestro entorno. Debido a esto, las mujeres, que a lo largo de la historia han sido siempre cosificadas y entendidas como parte del acervo de los hombres de su familia o su sociedad, debían reproducir estos parámetros. Como el resto de las cosas que poseían los hombres.

Así pues, si cambiamos nuestra mirada sobre la belleza, podríamos entender que no tiene por qué estar relacionada con la juventud, que no tiene que obedecer a estándares creados, que no hace falta cambiar nada de ninguna persona... entre otras muchas cosas. Sin embargo, la razón por la que me he extendido en este punto es porque, tal y como es entendida, este enfoque expone especialmente a una población muy vulnerable: por su corta experiencia, pero también porque se encuentra en una etapa en la que se le abren muchos nuevos frentes, a un juicio social que tiene un peso enorme, especialmente en las mujeres. La juventud, por lo tanto, en nuestra cultura, no solo es una etapa incomprendida (como veíamos   cuando hablaba de la irresponsabilidad), también es una etapa sobre la que ejercemos mucha violencia. 


Las redes sociales 

No puedo hablar de la juventud, desde el contexto sociotemporal en el que me encuentro, sin incluir este apartado. Para comenzar, considero importante partir de la idea de que lo que conocemos hoy por redes sociales no es algo nuevo. Somos una especie gregaria, de manera que estas redes han existido siempre. La novedad de estas nuevas generaciones radica en la virtualización de las redes, no tanto en las redes en sí. 

Recuerdo que, durante mi etapa universitaria, mientras cursaba asignaturas de arqueología, analizábamos continuamente la importancia de las redes a través de la cultura material encontrada y cómo las representaciones de reuniones, fiestas, celebraciones, ocupaban un lugar importante en esos objetos. En realidad no hace falta estudiar antropología para reconocer lo importantes que son las amistades o la familia en nuestro desarrollo, por eso quiero detenerme fundamentalmente en la novedad que traen lo que hoy conocemos como redes sociales para, como hemos ido haciendo durante todo el artículo, identificar qué elementos estamos sosteniendo socialmente y qué efectos están generando. Cuando pregunto en mis formaciones para qué nos juntamos con otras personas, las primeras respuestas suelen hablar de fiestas, de celebraciones, de diversión pero luego, alguien suele romper esa línea de opinión y se comienza a hablar de lo más cotidiano: la compra, la crianza, los cuidados... tareas diarias que se facilitan si las hacemos en grupo. Las redes, por lo tanto, están allí para eso. Es cierto, lo más llamativo suelen ser las celebraciones pero lo cotidiano no son las fiestas, se trata de minimizar las tareas, maximizar el tiempo, generar vínculo, crear colectivamente... Sin embargo, cuando analizamos cómo las actualmente conocidas redes sociales afrontan estas necesidades, vemos que ocurren algunas cosas curiosas: por ejemplo, si queremos resolver un problema, no comenzamos por hablar de él, buscamos a personas que nos ofrecen soluciones, para ver cuál es la mejor manera de afrontarlo y finalmente acabamos por no buscar ayuda, las resolvemos individualmente (aunque con mejores ideas). Eso sí, mientras tanto, le damos un like, comentamos lo útil que ha sido el post que nos ha dado la nueva idea e incluso hacemos una foto y “tagueamos” a quien nos la ha dado y, la razón por la que hacemos todo esto, es no enfrentar el miedo atroz a mostrar nuestras vulnerabilidades porque, así como la belleza, las vidas ahora también son escenificables, trasladables, mesurables (elementos que veíamos también que aparecían en la construcción de la masculinidad).

 Por lo tanto, para hacer recuento de cómo la virtualización de las redes sociales afecta a nuestras vidas, observamos que: 

• Añadimos más tareas: fotos, likes, comentarios etc. 

• Se reduce nuestro tiempo, como consecuencia del aumento de tareas. 

• Inhibimos que otras personas nos busquen como apoyo porque, al no apoyarnos en el resto, fortalecemos la idea de que los problemas son privados. 

• Precarizamos los vínculos, al no apoyarnos en otras personas, ya que solo accedemos y mostramos la parte “socializable” de las vidas. 

• Estandarizamos las relaciones y las vidas, haciéndolas fácilmente comparables y, por lo tanto, susceptibles de ser jerarquizadas... y valoradas. 

Por lo tanto, la presión social nos impulsa a escenificar lo que hacemos, a hacerlo llamativo, pomposo, festivo, ¿instagrameable? En otras palabras, se hace alarde del espectáculo, mientras escondemos la complejidad de lo cotidiano, con la intención de mantener la atención de un grupo de personas que, en realidad, no nos conocen porque no les consideramos interlocutoras válidas para hablar de lo que realmente nos afecta. Evidentemente, se trata de un análisis poco profundo, tendríamos que hablar de los distintos tipos de redes que creamos virtualmente y de cómo están diseñadas las aplicaciones a través de las que construimos estas redes. Quizá entonces podríamos notar que existen plataformas donde nos mostramos con más sinceridad como WhatsApp o Telegram, y otras donde el modelo basado en el alarde o el espectáculo es más evidente, pero para hablar de todo esto en detalle sería necesario otro artículo. Sin embargo, a modo de comentario, dada la predominancia que tiene el modelo basado en la imagen y la celebración en estas aplicaciones, hace que me cuestione ¿realmente debemos seguir llamándolas “redes sociales”?, porque la mayoría de las veces veo que actúan más como “aisladoras sociales”.
Habiendo llegado a este punto, me parece importante retomar el hecho de que el problema no está en la juventud. Es decir, se trata de una edad difícil y es una de las etapas de reafirmación más complejas de nuestro desarrollo y en la que, por lo poco que aún sabemos de ella, nos enfrentamos a cambios físicos en el tamaño o la forma de nuestros cuerpos, cambios psicológicos que nos hacen pensar y entender el mundo de otra manera, cambios químicos marcados —a su vez— por cambios hormonales repentinos que, también generan nuevos cambios: emocionales, relacionales, en nuestra forma de pensar, en nuestro ritmo circadiano, nuestros gustos, nuestro deseo, nuestro placer... Pero donde quiero centrar la mirada es en los cambios sociales. Se trata de una edad marcada por la falta de acompañamiento. Como sociedad (a diferencia de lo que hacemos con la primera infancia en España, por ejemplo), apenas generamos espacios de apoyo, limitamos los espacios de tutoría en secundaria, prescindimos de la tutoría en bachillerato, generamos una sobrecarga curricular en el momento de mayor transformación personal, invisibilizando los cambios que están ocurriendo y, al mismo tiempo, les forzamos a decidir sobre su futuro académico y laboral, por hablar solo de un área que es común a la mayoría de jóvenes. A este cóctel, ahora debemos agregar las consecuencias del uso prolongado de las “redes sociales” que, como hemos visto, en la mayoría de los casos aumenta el aislamiento, aumenta los problemas de exposición, aumenta la exigencia social (fundamentalmente estética sobre las mujeres y de escenificación de la masculinidad en hombres), y todo esto aumenta la sensación de soledad y frustración. Por lo tanto, el problema no está tanto en esta etapa vital, sino en la manera en la que socialmente la estamos entendiendo y gestionando.


Texto de David Kaplún Medina 

davidkaplunmedina@gmail.com

REVISTA DE ESTUDIOS DE JUVENTUD ≥Diciembre 2023 | Nº 128 Diálogos entre Educación y Consentimiento Coordinadoras Paula Roldán GutiérrezIrene Zugasti Hervás

Imagen de pintura de la artista María Jesús Hernández Sánchez
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