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sábado, 3 de septiembre de 2022

Disciplinamiento del cuerpo, instauración de las instituciones de la maternidad, heterosexualidad y familia nuclear reproductiva



La transición al capitalismo implicó un proceso de transformación del cuerpo, de su concepción y sobre su política. Fue un proceso de “ingeniería social”, donde la violencia, criminalización y prohibición fueron las herramientas para transformar a las personas en cuerpos funcionales al nuevo régimen de capital/salario, una vez que se reconocía al trabajo humano como la mayor fuente de producción de riquezas y se centralizaba el poder en el Estado. 

 Este fue un proceso que operó tanto de forma individual como social. En esta última, “el proletariado” debía ser controlado y disciplinado para el trabajo asalariado, hecho que no se logró sino con una serie de mecanismos violentos. A nivel individual, fue un proceso de deshumanización del cuerpo, que lo estableció como una máquina que debía ser conocida a través de la ciencia y controlada a través de la autodisciplina, dirigida al trabajo. 

 Esta concepción del cuerpo planteaba la existencia de una dicotomía mente/cuerpo, que justificaba su disciplinamiento violento para la instauración de mecanismos de autocontrol. Este proceso de “mecanización del cuerpo” implicó la represión de determinadas formas de comportamiento, emociones, deseos, pero también el desarrollo de otras facultades, especialmente dirigidas a “evaluar, desarrollar y mantener a raya” el propio cuerpo. Estas facultades son constitutivas de la identidad del individuo en la sociedad capitalista. 

El control del cuerpo del proletariado como colectividad y del individuo se combinaban en un entendimiento según el cual existían individuos capitalistas racionales con capacidad de autocontrol; esta categoría solamente designó a un tipo de personas: por un lado, hombres, blancos, heterosexuales, adultos y propietarios; y, por otro, personas que naturalmente estaban privadas de la razón y las capacidades de autocontrol, pues eran puramente instintivas y debían estar sujetas al control y la vigilancia del Estado. Es decir, se produjo una diferenciación y jerarquización entre las personas, basada en los grados de “racionalización de la naturaleza humana”.

Una de las ventajas de abordar la cuestión del patriarcado a partir de la historia del contrato sexual es que revela que la sociedad civil, incluyendo la economía capitalista, tiene una estructura patriarcal. Las capacidades que permiten a los varones y no a las mujeres ser “trabajadores” son las mismas capacidades masculinas que se requieren para ser un “individuo”, un marido y el cabeza de familia (Pateman, 1995: 57). 

Esta jerarquización tuvo dos consecuencias sociales muy importantes: la instauración del Estado como “gestor supremo de las relaciones de clase”, “supervisor de la reproducción de la fuerza de trabajo” y disciplinador de la población considerada como irracional; y la instauración del hombre blanco, propietario, heterosexual, adulto como el único sujeto social capaz de gobernar y gobernarse, de tener derechos, de ocupar el espacio público, de gobernar los espacios privados (las familias nucleares reproductoras) y poseer el cuerpo de las mujeres. De esta manera, las personas racializadas, las de las disidencias sexo-genéricas, las empobrecidas, las mujeres y los cuerpos feminizados fueron degradados como personas hasta el punto de que ni siquiera se consideraban seres con derechos humanos fundamentales como el voto, el acceso a educación o el derecho a un trabajo remunerado. Incluso existió una época en que las violaciones a las mujeres empobrecidas fueron legalizadas y legitimadas por los Estados (Federici, 2005). Al respecto, Carole Pateman, establece:

 La historia política más famosa e influyente de los tiempos modernos se encuentra en los escritos de los teóricos del contrato social. La historia o la historia conjeturada, cuenta cómo se creó una nueva sociedad civil y una nueva forma de derecho político a partir de un contrato original. Encontramos una explicación de la relación de la autoridad Estado y de la ley civil, y de la legitimidad del gobierno civil moderno, al tratar nuestra sociedad como si hubiera tenido origen en un contrato (…) El pacto originario es tanto un pacto sexual como un contrato social, es sexual en el sentido de que es patriarcal -es decir, el contrato establece el derecho político de los varones sobre las mujeres- y también es sexual en el sentido de que establece un orden de acceso de los varones al cuerpo de las mujeres. El contrato original crea lo que denominaré, siguiendo a Adrianne Rich, “la ley del derecho sexual masculino”. El contrato está lejos de oponerse al patriarcado; el contrato es el medio a través del cual el patriarcado moderno se constituye (1995: 11). 

Las mujeres, dentro de este panorama político, al ser catalogadas como naturalmente irracionales, fuimos sometidas a una serie de leyes, prácticas y estructuras que nos despojaron de autonomía y propiciaron nuestro sometimiento a los hombres y al Estado. 

 El proceso de disciplinamiento y sometimiento de las mujeres encontró múltiples resistencias, ante lo cual el Estado, haciendo uso de su fuerza de forma terrorista, inició el proceso de “la caza de brujas”. Es decir, utilizó la violencia feminicida, sexual, física y psicológica contra nosotras con el objetivo de domesticarnos, disciplinar nuestros deseos y expropiar nuestros cuerpos para que se adecuaran a las necesidades de las nuevas instituciones patriarcales. 

Un aspecto fundamental de este proceso de sometimiento fue la expropiación del cuerpo de las mujeres. Este facilitó la transformación de la sexualidad femenina en “un trabajo al servicio de los hombres y la procreación”. Comenzó antes de la época de cacería de brujas y se cristalizó en la legalización de las violaciones, la instauración de la prostitución como un servicio público7 , la devaluación del trabajo femenino y la expulsión de las mujeres del mundo del trabajo asalariado para que asuman, principalmente, tareas de cuidado no remunerado. Posteriormente, se potenció con la caza de brujas, que expropió a las mujeres sus cuerpos, sus saberes y sus poderes para someterlas al control estatal y familiar. 

 Del mismo modo que los cercamientos expropiaron las tierras comunales al campesinado, la caza de brujas expropió los cuerpos de las mujeres, los cuales fueron así “liberados” de cualquier obstáculo que les impidiera funcionar como máquinas para producir mano de obra. La amenaza de la hoguera erigió barreras formidables alrededor de los cuerpos de las mujeres8 , mayores que las levantadas cuando las tierras comunes fueron cercadas (Federici, 2015: 252). 

En este sentido, la cacería de brujas cumplió con la función de reestructurar la vida sexual en función de la disciplina de trabajo capitalista, pues:

criminalizaba cualquier actividad sexual que amenazara la procreación, la transmisión de la propiedad dentro de la familia o restara tiempo y energías al trabajo (…) Los juicios por brujería brindan una lista aleccionadora de las formas de sexualidad que estaban prohibidas en la medida en que eran “no productivas”: la homosexualidad, el sexo entre jóvenes y viejos, el sexo entre gente de clases diferentes, el coito anal, el coito por detrás (se creía que resultaba en relaciones estériles), la desnudez y las danzas. También estaba proscrita la sexualidad pública y colectiva que había prevalecido durante la Edad Media (…) (Federici, 2015: 264). 

Asimismo, se instauró la heterosexualidad obligatoria (Rich, 1980) como única opción legítima para las mujeres, a partir de prácticas violentas. 

 De forma simultánea, las amistades femeninas se convirtieron en objeto de sospecha; denunciadas desde el púlpito como una subversión de la alianza entre marido y mujer, de la misma manera que las relaciones entre mujeres fueron demonizadas por los acusadores de las brujas que las forzaban a denunciarse entre sí como cómplices del crimen (…) (Federici, 2015: 255-256). 

Este proceso, que Carole Pateman ha denominado “el contrato sexual”, permitió la expropiación del cuerpo de las mujeres, de su trabajo, de su posibilidad legal y reproductiva y de su sexualidad a favor de los hombres en tanto jefes de familia. Ha sido y es uno de los pilares fundamentales del sostenimiento del sistema patriarcal capitalista y de la expropiación del cuerpo de las mujeres para volverlo funcional. 

El aspecto que me interesa en todos los contratos es el de una clase especial de propiedad, la propiedad que tienen los individuos sobre sus propias personas (…) El contrato originario es un pacto sexual-social, pero la historia del contrato sexual ha sido reprimida. La historia del contrato sexual es también una historia de la génesis del derecho político y explica por qué es legítimo el ejercicio del derecho -pero esta historia es una historia sobre el derecho político como derecho patriarcal o derecho sexual, el poder que los varones ejercen sobre las mujeres-. (…) [La visibilización del] contrato sexual ayudará a explicar por qué (…) la diferencia sexual es una diferencia política, la diferencia sexual es la diferencia entre libertad y sujeción. Las mujeres no son parte del contrato originario a través del cual los hombres transforman su libertad natural en la seguridad de la libertad civil. Las mujeres son el objeto del contrato. El contrato [sexual] es el vehículo mediante el cual los hombres transforman su derecho natural sobre la mujer en la seguridad del derecho civil patriarcal (…) el contrato sexual no está solo asociado a la esfera privada. El patriarcado no es meramente familiar ni está localizado en la esfera privada. El contrato original crea la totalidad de la sociedad moderna como civil y patriarcal. Los hombres traspasan la esfera privada y la pública y el mandato de la ley del derecho sexual masculino abarca ambos reinos. La sociedad civil se bifurca pero la unidad del orden social se mantiene, en gran parte, a través de la estructura de las relaciones patriarcales (Pateman, 1995: 14, 15, 23). 


La familia nuclear reproductora sostiene otra institución: la monogamia, que asegura la transmisión de la herencia y somete a las mujeres y su posibilidad reproductiva a sus esposos en tanto jefes de familia. La monogamia se instauró a partir de regímenes de terror contra las mujeres, como leyes que castigaban el adulterio, los nacimientos fuera del matrimonio, pero también a través de la reestructuración de la vida sexual femenina que implicó la caza de brujas:

 leyes que castigaban a las adúlteras con la muerte (en Inglaterra y en Escocia con la hoguera, al igual que en el caso de alta traición), la prostitución era ilegalizada y también lo eran los nacimientos fuera del matrimonio (…) La caza de brujas condenó la sexualidad femenina (…) criminalizaba cualquier actividad sexual que amenazara la procreación, la transmisión de la propiedad dentro de la familia (…) (Federici, 2015: 255). 

La monogamia es y ha sido la forma de relación sexo afectiva dominante durante muchos años. No obstante, únicamente fue impuesta a las mujeres. Durante muchos años, las legislaciones de los países contemplaban figuras como el concubinato o la poliandria, que permitían que los hombres tuvieran varias parejas sexo-afectivas a la vez. Incluso en la actualidad, es mucho más legítimo y tolerado que los hombres tengan muchas parejas sexo-afectivas. 

En este sentido, podemos afirmar que la monogamia es otra institución que consagra la expropiación del cuerpo de las mujeres y sus posibilidades sexuales, reproductivas o laborales a los hombres y al Estado. 

 (…) la explotación es posible precisamente porque, como mostraré, los contratos sobre la propiedad de la persona ponen el derecho al mando en manos de una de las partes contratantes. Los capitalistas pueden explotar a los trabajadores y los esposos a las esposas porque los trabajadores y las esposas se constituyen en subordinados a través del contrato de empleo y del de matrimonio. (…) El contrato siempre genera el derecho político en forma de relaciones de dominación y de subordinación (…) [que] reflejan las del amo y del esclavo. La historia ayuda a comprender los mecanismos mediante los cuales los hombres afirman el derecho de acceso sexual a los cuerpos de las mujeres y reclaman el derecho de mando sobre el uso de los cuerpos de las mujeres (Pateman, 1995: 18, 19 y 26). 

El tercer pilar de la expropiación del cuerpo de las mujeres y su funcionalización en la transición al capitalismo y mediante la cacería de brujas fue el establecimiento de la maternidad como una institución social. 

 Un elemento significativo, en este contexto, fue la condena del aborto y de la anticoncepción como maleficium, lo que encomendó el cuerpo femenino a las manos del Estado y de la profesión médica y llevó a reducir el útero a una máquina de reproducción del trabajo (…) destruyó los métodos que las mujeres habían utilizado para controlar la procreación, al señalarlos como instrumentos diabólicos, e institucionalizar el control del Estado sobre el cuerpo femenino, la precondición para su subordinación a la reproducción de la fuerza de trabajo (Federici, 2015: 199). 

 Este proceso comenzó con leyes que penaban el infanticidio, con la condena a la hoguera a las mujeres que podían manejar su reproducción o la de otras, de las mujeres que abortaban o cuyos hijos e hijas morían; tuvo como una de sus consecuencias más importantes el control estatal de la reproducción de las mujeres. Dicho control fue tan extendido que, si analizamos las modificaciones legales que se han dado alrededor de la interrupción voluntaria de embarazos, podemos concluir que estos cambios han respondido -más que a la necesidad de leyes acordes con las realidades de las mujeres que les permitan tomar decisiones informadas sobre sus cuerpos y sus vidas- a intereses políticos y económicos del Estado y de grupos de poder. Son ellos quienes posicionaron discursos convenientes a sus intereses, a favor y en contra del aborto. 

Otra de las consecuencias fundamentales de este proceso fue la instauración de una nueva forma de concepción de la feminidad ligada a la maternidad: en la maternidad deviene el contenido fundamental del ser mujeres. Esto se convierte en el logro fundamental del sistema, que ya no debe obligar coercitivamente a las mujeres a parir y cuidar, pues ellas han introyectado este mandato como algo universal y obligatorio, pero, además, satisfactorio y deseable. Según Chodorow, (1984): 

El ejercicio maternal de las mujeres es uno de los pocos elementos universales y permanentes de la división sexual del trabajo. A lo largo de la historia, en casi todas las culturas, se ha relacionado la capacidad física de embarazarse y parir con la responsabilidad por la crianza y educación de las y los hijos. Este vínculo entre lo biológico y lo social ha aparecido como “natural”. 

 En este sentido, la institucionalización de la maternidad femenina se asienta sobre la base de una construcción arbitraria de lo biológico, “de los cuerpos masculinos y femeninos, de sus usos y sus funciones”; “se inscribe en una naturaleza biológica y se vuelve habitus” (Bourdieu, 1996). 

 Como hemos visto, la expropiación del cuerpo de las mujeres ha sido un proceso sistemático y permanente que ha sido institucionalizado mediante la violencia y que se mantiene y se reproduce a través de estructuras sociales como la heterosexualidad, la familia nuclear reproductora, la monogamia y la maternidad. Este procedimiento histórico, donde la violencia ha sido la principal estrategia de disciplinamiento de las mujeres, se ha trasformado hasta lograr que, por medio de mecanismos violentos, ideológicos y discursivos, estas instituciones sean naturalizadas y establecidas como la forma “normal” de vivir de las mujeres.

 Es importante señalar que reconocemos que la heterosexualidad, la familia nuclear reproductora, la monogamia y la maternidad se han modificado históricamente; no podemos decir que la forma como se viven actualmente sea la misma que hace muchos años. No obstante, consideramos que más allá de su vivencia particular, su carácter estructural patriarcal hace que sigan manteniéndose como mecanismos de dominación sobre las mujeres en el capitalismo patriarcal.


DE LA HOGUERA A LA CÁRCEL Criminalización de mujeres por aborto, parto y complicaciones obstétricas: un continuum de violencias y una nueva forma de cacería de brujas Ana Vera

https://surkuna.org/recurso/de-la-hoguera-a-la-carcel/

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