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miércoles, 28 de febrero de 2018

La sororidad es la alianza feminista entre las mujeres.

 Pintura de Angelica Kauffmann

Sororidad (del latín soror, sororis, hermana, e -idad, relativo a, calidad de; en francés, sororité, en italiano sororitá, en español, sororidad y soridad, en inglés, sisterhood); enuncia los principios ético-políticos de paridad,  ausencia de jerarquía patriarcal, y relación paritaria entre mujeres. Términos relativos: sororal, sórica, sororario, en sororidad. Se asemeja al affidamento enunciado por el Colectivo   de la Librería de Mujeres de Milán,  al propiciar la confianza y el apoyo entre las mujeres.
La sororidad es una dimensión ética, política y práctica del feminismo contemporáneo. Es una experiencia subjetiva de  las  mujeres  que  conduce a la búsqueda de relaciones positivas y a la alianza existencial y política cuerpo a cuerpo, subjetividad a subjetividad con otras mujeres, para contribuir a la  eliminación social de todas las formas de opresión y al apoyo mutuo para lograr el poderío genérico de todas y el empoderamiento vital de cada mujer.

 La sororidad es la conciencia crítica sobre la misoginia, sus fundamentos, prejuicios y  estigmas, y es el esfuerzo personal y colectivo de desmontarla en la subjetividad, las mentalidades y la cultura, de manera paralela a la transformación solidaria de las relaciones con las mujeres,  las prácticas sociales y las normas jurídico políticas.

Enfrentar de esta manera la misoginia implica el poder y la libertad de pensamiento que permiten abandonar críticamente los valores, prejuicios y  estereotipos patriarcales  con los que, de manera tradicional y conservadora, nos aproximamos a las otras y a nuestro género. Este cambio  impacta de inmediato el contenido de pensamientos,  juicios, interpretaciones,  ideas y afectos sobre mujeres específicas y sobre el género. Quien lo hace mejora su autovaloración y su autoestima de género.  La mirada a las otras mujeres se finca en conocimientos más certeros que se convierten en recursos de comprensión.

Quien desmonta su misoginia está en condiciones de modificar las formas de comportamiento y de relación entre mujeres al eliminar prejuicios de supremacía  propia y la mirada hostil a la otra y, en cambio,  considerar a la otra sin discriminación, sin hostilidad, celos y envidia.

Como la misoginia es el otro lado del machismo (Lagarde, 1996), la secuencia de impactos  que conlleva desmontarla  afecta  la percepción de “el hombre”  -el  abstracto androcéntrico- , de los hombres concretos y de lo masculino, los cuales, por efecto de la valoración femenina, pierden plusvalor.  “El hombre”  desaparece cuando la visión del mundo deja de ser androcéntrica y cada mujer puede ver el mundo desde sí misma y desde su género (Rivera Garretas, Ma. Milagros, 1994) y, de manera crítica refuta  la supremacía y la centralidad del hombre como símbolo universal de la humanidad.

Estos procesos son  posibles  si se desarrollan en las mujeres  valores positivos sobre las mujeres y el  género, sobre lo femenino y sobre  la mujer como símbolo abstracto.

Al desmontar la misoginia la mirada hacia las mujeres y lo femenino cambia de manera significativa y  la valoración positiva de las mujeres emana de la experiencia. Conocer las vicisitudes que enfrentamos las mujeres   para cumplir el deber,  ser aceptadas y reconocidas como mujeres  en el mundo o para resistirnos, rebelarnos y cambiar, nos permite comprender a las otras.

De esta aproximación a las mujeres emergen cualidades de prestigio, estatus y poder inexistentes previamente y de ellas emanan  cualidades de autoridad (CLMM, 1991)  personal y  colectiva. Adquieren un valor extraordinario los conocimientos, las habilidades y los aportes de las mujeres a sus propias vidas y a las de otros, a la sociedad y la cultura, y a procesos concretos de sexualidad, socialidad, economía  y aculturación históricamente femeninos.

Las mujeres que se introducen en el camino de desmontar la misoginia  lo hacen porque viven la eliminación de la automisoginia y sus huellas en su  subjetividad y su cuerpo,  su autoidentidad y  su autoestima de género. Por eso pueden percibir con empatía a otras mujeres.

Las guías y objetivos ético-políticos de la sororidad son:

 a) La identificación entre  mujeres como semejantes. Más parecidas, mientras mayores son las coincidencias de condiciones de edad, generación, opción sexual,  clase social, etnia, formación cultural,  ideología, posición y actuación política, opción religiosa, nacionalidad y otras más.  Semejanzas con estos contenidos abren  cauces a  la identificación positiva entre mujeres por su pertenencia  al sexo femenino y el género de las mujeres.

 b) La necesidad de la alianza de género para establecer entre las mujeres  lo que se exige a la sociedad: la valoración de las mujeres a partir del reconocimiento de la  igualdad y la diferencia, la diversidad y la  especificidad, con base en los  derechos humanos de las mujeres acordados en la última década del siglo XX.

c) La defensa ante ataques, agresiones y cualquier forma de violencia y maltrato o irrespeto a nuestros derechos humanos, y la eliminación de la autocomplacencia, la victimización y la opresión de las mujeres.

 d) La difusión del feminismo y el logro  de su incidencia social, cultural, jurídica y política es   vínculante  en la alianza sororal. Enfrentar el antifeminismo -forma fundamentalista de la misoginia política-,  y avanzar al hacer visibles los aportes del feminismo a la modernidad y su impacto en  los avances reales de las mujeres.

e) La sexualidad femenina, tan potente y prodigiosa, ha sido  desvalorizada y naturalizada para eliminarla como soporte político de la poderosa condición sexual y de género de las mujeres. Es central el reconocimiento entre mujeres de la legitimidad de la  sexualidad propia y de la sexualidad de las otras como vía de la resignificación de la condición humana de las mujeres


http://www.mujerpalabra.net/conoce_a/pages/marcelalagarde/ElFeminismoenmiVida_marcelalagarde.pdf
http://www.mujeresnet.info/2015/04/palabrafeminista-sororidad.html

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