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sábado, 2 de junio de 2012

FEMICIDIO-LA ABUELA DE CLAUDIA


A Claudia la mató su esposo un mediodía en pleno centro de Villa María, Córdoba (Argentina), la mató a mazazos, y nadie hizo nada, los hombres salieron a decir que pobre tipo era por una cuestión pasional.. aún no hemos conseguido justicia para ella y para su abuela que era lo único que tenía...

esta historia es real,,,




LA ABUELA DE CLAUDIA

“Las tragedias se encadenan”. Decía mi abuela.

Los eslabones del dolor se atraen de una manera extraña y tienden a amarrarse para no soltarse jamás.

Es como si al titiritero se le cortaran los hilos que mueven las marionetas. Todos los hilos juntos; y le quedara una valija llena de muñecos sin vida.

Como se sigue con vida después de tanta muerte?

La anciana tiene las manos huesudas y enraizadas de años y de artritis. Tiene los ojos opacos de tanta tristeza rondándole el alma y tiene la cara con cientos de surcos que le recuerdan sus tragedias.

Primero enterró tres hijas. De a una como se entierran las margaritas en invierno. Cuidándolas años en una enfermedad tan cruel que no se puede contar.

Las hijas se le fueron marchitando de a poco, muriendo día a día en una muerte sin fin. Presas de esas agonías que no dejan que las personas se queden pero tampoco crucen el portal a la eternidad. Como si fueran fantasmas acorralados entre dos mundos, sin poder decir “hola”, y sin poder decir “adios”.

Las cuidó a las tres, las bañó, las secó y les entibió los pies helados con el calor de sus manos de madre desesperada, tratando de salvarlas de lo inevitable, “la muerte”.

Enterrar un hijo no tiene nombre, no tiene cura. Pero enterrar “tres” raya la locura y el espanto. Enterrarlas de a poco, de a una, intentando con canciones de cuna conservarlas a su lado.

Secándoles las lágrimas a la segunda y a la tercera después del entierro de su hermana. Mintiéndoles una vida que no tendrían, haciendo promesas que no podría cumplir jamás. “No voy a dejar que te mueras”, “No te va a pasar lo mismo”, “Te vas a quedar conmigo”.

Y después a solas en su habitación tomándose el vientre con las manos, retorciéndose de dolor y agonía ante tanta muerte por delante.

Enterró sus tres hijas y se quedó con Claudia.

Claudia era hija de una de ellas y se transformó en la luz que le alumbraba las noches sin luna. Se transformó en su único aliento, en la razón de su existencia.

Claudia lo era todo. Veía a través de sus ojos, escuchaba a través de sus oídos. Reía a través de su risa.

Se aferró a ella como un pulpo a las rocas, para poder seguir viviendo. Para de vez en cuando dejar que una sonrisa le iluminara el rostro.

“ Las tragedias se encadenan” decía mi abuela. Y ese mediodía maldito cuando el hombre enceguecido le rompió la cabeza a Claudia como si fuera un simple maniquí, sumó horror a una familia marcada por el espanto.

El femicidio de Claudia dejó un padre sin hija; una niña y un niño sin madre; y una abuela sin nada.

La abuela sigue en pie, como las estatuas de alabastro.

Por las noches cuando los demás duermen ella despierta de su sueño cotidiano de dolor eterno. Toma entre sus manos -huesudas de artritis-, la estampita de la Virgen y comienza a balbucear “Dios te salve María….Santa María ruega por nosotros”. En la mesita de luz la foto de Claudia parece cobrar vida y por unos instantes su sonrisa inmensa casi la alcanza, casi el entibia el alma.


El femicidio no tiene explicación, pero sí tiene que tener condena. La condena que corresponde a un crimen tan atroz.

Tenemos que ser capaces de cambiar la historia. Capaces de educar a nuestros varones (hijos, amigos, hermanos, padres) para que no maten a nuestras mujeres (hijas, amigas, hermanas, madres).

Alicia Peressutti

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