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viernes, 11 de diciembre de 2015

Juguetes “correctos” y “equivocados”


Los negociantes de juguetes saben muy bien que quien adquiere un juguete para regalar tiene siempre presente el sexo del niño, tan es verdad que a la genérica pregunta: “Quisiera un juguete adecuado para un niño de dos años”, responden: “¿Para un niño o para una niña?”. Existen, es verdad, juegos por así decir neutros, es decir, considerados como adecuados para niños de ambos sexos, y son en general los compuestos de materiales no estructurados, como los infinitos tipos de construcción, mosaicos, rompecabezas, ensamblajes, materiales maleables como la plastilina y similares, colores para dibujar y pintar, instrumentos musicales, etc. (aunque las trompetas y los tambores, por ejemplo, son considerados como instrumentos exclusivamente masculinos). Cuando se entra en el campo de los juegos compuestos de elementos perfectamente identificables y estructurados, la diferenciación se hace neta. Para las niñas existe una vastísima gama de objetos miniaturizados que imitan utensilios domésticos, como jueguitos de cocina y de toilette, maletín de enfermera acompañado de termómetro, vendas, inyectadoras y esparadrapo; ambientes interiores, como baños, cocinas completas, con aparatos electrodomésticos, salones, cuartos, cuarto de recién nacido; juegos completos para coser y bordar, plancha, servicio de té, aparatos electrodomésticos, cochecitos pmuñecas y la serie infinita de muñecas con su vestuario. Para los varoncitos lo que se le ofrece es completamente diferente: medios de transporte terrestre, naval y aéreo de todas las dimensiones y de todos los tipos; naves de guerra, portaaviones, misiles nucleares, naves espaciales, armas de todas clases, desde la pistola de cowboy perfectamente imitada hasta ciertos siniestros fusiles-ametralladoras que son solamente diferentes de los verdaderos por su menor peligrosidad; espadas, sables arcos y flechas; un verdadero arsenal militar. 

Entre estos dos grupos de juegos no hay lugar para las opciones tolerantes, para la cesión. Ni siquiera el padre más ansioso por seguir las inclinaciones y deseos del hijo en la elección de los juguetes, consentirá en el caso, de que éste se lo pidiese, de adquirir un fusil-ametralladora para la niña o una vajilla de platos y vasos para el varón. Le será imposible, lo vivirá como un sacrilegio.
 Por otra parte, la diferenciación en los juegos impuesta a los varones y a las hembras es tal, que los gustos “particulares” en cosas de juego después de la edad de cuatro-cinco años, comienzan verdaderamente a significar que el niño o la niña no han aceptado su rol y que por tanto algo no ha funcionado. 
Aun cuando se trata de juegos «neutros», es decir, adaptados para los niños de ambos sexos, la intención de que sean usados más por los varones que por las hembras, o viceversa, resulta a menudo evidente por las ilustraciones que adornan las cajas y los envoltorios. Típico de esto son las construcciones en plástico Lego, sobre cuyas cajas aparecen exclusivamente varoncitos que construyen rascacielos, torres, tanques armados, casas, etc. La misma marca Lego, sin embargo, ha puesto en venta cajas especiales de construcciones para niñas en las cuales, para variar, están contenidos los elementos adecuados para construir ambientes interiores para la cocina, comprendiendo nevera, lavadora, lavaplatos, también salones, baños, cuartos, y así por el estilo. En este caso obviamente, la imagen del niño sobre la caja desaparece para dejar el lugar a la de la niña, la futura esposa-madre consumidora. Desde hace un tiempo, sobre el envoltorio de una conocida marca de patatas fritas, aparece el dibujo estilizado de una niña y la precisión “para las niñas”. En el dorso del envoltorio el discurso es más explícito: “¡Niñas!: Esta confección contiene un juguete-sorpresa. Pueden encontrar: ollitas, servicios, cazuelitas, ganchos para el cabello, brazaletes, anillitos, polveras, peines, planchas, cochecitos, muñequitas y tantos otros juguetes simpáticos”. Las dos direcciones básicas para la educación de las niñas son perfectamente respetadas en la lista de los juguetes ofrecidos: el cuidado de la casa y el cuidado de la propia belleza. Sobre el envoltorio correspondiente para los “varones” se puede leer: “¡Muchachos!: Esta confección contiene un juguete-sorpresa. Pueden encontrar: soldaditos, aviones, tanques armados, modelos de autos antiguos y de naves; el juego de la pulga, pistola de resorte, pitos, trenes, distintivos de equipos de fútbol y tantos, tantos otros simpáticos juguetes”. Es decir, todo siguiendo la norma. Los padres sostienen que los niños escogen espontáneamente los juguetes adaptados a su sexo, manifestando tendencias muy precisas. Es muy común ver un niño delante de una vitrina de un negocio de juguetes, insistir hasta la crisis histérica para obtener que los padres le compren un automóvil, un aeroplano o un fusil. A menudo los padres se niegan aduciendo variadas razones (cuesta mucho, ya tienes otros, etc.) pero no por considerarlos inapropiados para él. La fijación del niño se instaura por tanto en la certeza de que aquél es un juguete permitido y luego sigue una serie infinita de propuestas y de ofertas propias de aquel tipo de juguete y una serie igual de largas negaciones a la demanda de juegos diversos. La obstinación del niño para obtener justamente aquel juguete no es sino una ulterior pseudo-elección entre las elecciones ya operadas a priori por los adultos. El adulto, en efecto, antes o después cede ante estas insistencias infantiles, mientras es mucho más raro que lo haga cuando la insistencia se basa sobre elecciones consideradas equivocadas. He escuchado a un niño de aproximadamente cinco años que seguía a la madre al supermercado, insistir durante todo el trayecto de la compra para que le compraran un jabón para lavar la ropa. “¿Pero cuándo hago yo el lavado?”, preguntaba el niño con tenacidad. “Tú no puedes hacerlo”, le respondía la madre inflexible; “tú eres un varón”. “Pero yo quiero lavar con el jabón”, insistía el niño y la madre ni siquiera le respondía, hasta que el niño se fue hasta un estante, tomó un pedazo de jabón y lo puso en el carrito. La madre encolerizada lo devolvió a su puesto y lo regañó severamente. El niño en ese momento comenzó a llorar de rabia. Pero la madre se mantuvo firme. Ciertamente después de un rechazo tan significativo e inapelable, aquel niño no probará más pedir el jabón para lavar, orientará sus demandas hacia otros objetos que habrá aprendido a reconocer como aceptados. Una joven mujer me contaba que se acordaba perfectamente todavía del agudo sentimiento de culpa que sintió cuando, a los siete años, había sorprendido a su madre lamentarse con una amiga de que a ella no le gustaba jugar con las muñecas; desde aquel momento en adelante se esforzó por hacerlo, deseosa de corresponder a cualquier costo a las expectativas de la madre, de ser aprobada por ella y de complacerla, pero continuaba prefiriendo los juegos de movimiento. He tenido la ocasión de observar amenudo, en las guarderías donde se deja al niño la libre elección entre juguetes, objetos y actividad, que las niñas juegan tanto como los niños con automóviles, aeroplanos, naves, etc., hasta alrededor de los tres años. He visto niñas de 18-20 meses pasar horas y horas sacando de un saco de tela una serie de pequeños automóviles, aviones, helicópteros, naves, trenes, alinearlos sobre la alfombra y desarreglarlos con el mismo placer y la misma concentración que los varoncitos. De la misma forma se pueden observar niños que pasan la mañana lavando, limpiando mesitas, puliendo los zapatos. Más tarde este fenómeno desaparece: los niños ya han aprendido a pedir el juguete “justo” porque saben que el “equivocado” les será negado. Una maestra de preescolar, particularmente sensible a estos problemas, me refería que cuando había llevado a clase un juego de tornillos, pernos, destornilladores, etc., una niña excitada y con la cara roja por la alegría se había posesionado del juego, pero mientras se dirigía hacia una mesita con el tesoro apenas conquistado, un varoncito de aproximadamente cuatro años, se le había precipitado encima buscando quitarle el juego. La maestra había intervenido diciendo que él lo tendría más tarde, cuando la niña hubiese acabado de usarlo, y el niño había reaccionado diciendo: “¡Si es mío, es un juego de varones!”. La maestra aclaró que no existían juegos para varones y juegos para hembras, sino que todos los juegos eran iguales y todos los niños podían hacerlos. 
El niño quedó estupefacto, mirando a la maestra como si fuera una loca, y dio vueltas lentamente alrededor de la niña, con un aire profundamente perplejo, que indicaba el estado de ánimo de quien ha asistido a la violación de una ley considerada como inapelable y por lo que no quedaría en paz. Sería deseable que violaciones similares se produjeran más a menudo, ya sea de parte de los padres, como de parte de los maestros. Si la maestra no hubiera aclarado su punto de vista, ambos niños hubieran recibido la confirmación de todo lo que ya sabemos a propósito de los juguetes para varones y hembras y de todo lo que esta discriminación comporta, pero la niña hubiera quedado mortificada y vuelta a empujar a su condición de inferioridad y el niño habría obtenido la confirmación de su superioridad.
ELENA GIANINI BELOTTI
http://www.redalyc.org/pdf/356/35601318.pdf

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