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miércoles, 25 de diciembre de 2013

LA MUJER, “ÁNGEL DEL HOGAR” DE SIERVA A SUMISA ESPOSA


Las mujeres nos preguntamos porque ese menosprecio a nuestra persona, porque esos valores machistas que impregnan la sociedad ? Porque ese pretender permanentemente pensar que somos menores de edad y negarnos el derecho a a gestionar nuestras vidas
La respuesta esta en la educación que se dio o se nos quito :

 LA MUJER, “ÁNGEL DEL HOGAR”  DE SIERVA A SUMISA ESPOSA

Establecidos socialmente los presupuestos rousseaunianos, se comprende que las mujeres estuviesen exentas de todos los rasgos definitorios del sujeto político, de una identidad como ciudadanas, y, por consiguiente, invalidadas para la actuación pública. Identificadas con el mundo de la naturaleza, quedaban relegadas al espacio doméstico/privado.
España, a pesar de sus diferencias, participó en la nueva reordenación de las estructuras sociales de la Europa del siglo XVIII, las cuales arrastraron consigo extensas teorizaciones sobre la diferencia entre los sexos. El modelo de diferencia femenina de gran número de discursos del siglo XVIII, dentro de un espacio que abarca desde libros de medicina y de conducta hasta el replanteamiento rousseauniano de lo natural enfrentado a lo social, determinó una nueva imagen burguesa de la mujer como figura angelical de las relaciones domésticas.
Así mismo, los nuevos modos de producción transformaron las formas de vida: la persona quedó desligada de la comunidad agraria, del gremio y de la gran familia; ahora debía someterse a un contrato de trabajo, a una empresa competitiva. Dos espacios, entonces, reorganizaron la actividad humana: por un lado, el mundo público de la producción, el trabajo remunerado, y el estado, donde los seres humanos se convirtieron en piezas equivalentes de un engranaje, interrelacionadas por el dinero y el trabajo; y, por el otro, el mundo privado de las relaciones de parentesco y de amor, que vino a abarcar aquellos aspectos de la experiencia humana relacionados con el mundo de los sentimientos y desligado de las actividades políticas y productivas, orientadas hacia lo racional y material. Así se constituye el proceso de transformación que tiene lugar en el siglo XIX en torno a la concepción de la familia, tal y como estamos tratando de explicar.
El liberalismo conceptualizó al yo como un sujeto racional, sexualmente neutro y no sometido a autoridad social alguna. Cabría preguntarse a cerca de por qué filósofos tan relevantes del siglo XVIII como Rousseau, Hegel, Locke, Stuar Mill claudicaron ante algunos de sus principios básicos a fin de justificar la subordinación de las mujeres. Locke, por ejemplo, cuya influencia trasciende su país y su época, es considerado el padre de las doctrinas políticas liberales y precursor de las sociedades democráticas liberales por su defensa de la libertad individual y de la ilegitimidad de todo poder que no se sustente en la previa delegación del gobernado. Locke, en su discurso, rompe definitivamente con el poder absolutista y con el derecho divino de reyes y señores feudales; sin embargo, en relación al matrimonio, Locke continúa abogando por la sujeción “natural” de la mujer respecto del marido; el mismo Locke que fue un defensor radical de la autonomía del individuo, que “ni puede ni debe someterse a otro”; el mismo Locke, que de forma rupturista se enfrenta a los principios más afianzados y a las leyes vigentes de su momento histórico –como las referidas al apartado de la propiedad-, es, en cambio, el que, cuando se refiere a la sociedad conyugal, defiende sin dudarlo una desigualdad absoluta. Considera esta sociedad como una esfera aparte de la vida social y política, porque, como asegura Cristina Molina Petit, la mujer y la familia son dos piezas claves del engranaje social.[12]
  En definitiva, dado que el nuevo concepto de familia sentimental resultaba una alternativa útil, la estabilidad de la misma necesitó, y por tanto ideó, la dedicación exclusiva de las mujeres.[13]
A partir de aquí, la crítica feminista hizo uso de dos estrategias complementarias, si bien, contradictorias, ambas sustentadoras de los pilares de la ciudadanía: una, denunció el incumplimiento del principio de igualdad, que se definía como asexuado; otra, establecidas  y asumidas las funciones sociales de cada uno de los sexos, proclamó la maternidad como virtud exclusiva de las mujeres, acreedora de reconocimiento político. Tal es así que los diferentes movimientos feministas, durante los dos siglos pasados, se centraron en sendas propuestas, hasta que, finalmente, entre finales del siglo XX y principios del XXI, se ha llegado a comprender que las dos estrategias, contradictorias entre sí, encerraban presupuestos falsos, como falsos eran los universalismos a los que trataban de dar respuesta.
Tras lo expuesto, cabe entender las dos imágenes que en torno a la construcción de la identidad femenina se construyeron, las cuales fueron reivindicadas en los discursos y encarnadas en las prácticas desarrolladas por las mujeres en este contexto histórico: de una parte, la imagen enaltecida del ejercicio moral y social de la maternidad, subrayando su entrega y utilidad social; de otra parte, la imagen de la mujer oradora, disidente del proyecto doméstico, una imagen que reivindicaba el espacio público-político.
Estableciendo un correlato entre la situación social y la literaria, anotemos que la imagen femenina que se difundió en las obras literarias del siglo XIX fue la de “ángel del hogar”, respaldada por un rígido sistema patriarcal de valores. Este icono tuvo su apogeo a mediados de siglo. Se produjo entonces la escisión de los sexos en dos esferas, cuestión a tener en cuenta a la hora de comprender la representación femenina en la literatura de este siglo, pues exceptuando la escritura romántica femenina, la misma se orientó a someter a la mujer a la sumisión y obediencia como forma de preservar la institución burguesa más preciada, la familia, a través del matrimonio y la maternidad.[14]
Las reivindicaciones explícitas de las mujeres fueron en paralelo con las manifestaciones del liberalismo político, en diálogo permanente con este y evolucionando a lo largo del período contemporáneo.

En la etapa que va de 1812 (Cortes de Cádiz) hasta 1868 se hace notable el atraso en la modernización del país y la fragilidad de los sectores de clase media. El régimen liberal hispano, en sus primeros pasos hasta constituir un poder más sólido, se caracterizará por su precariedad e inestabilidad. Este fue el marco en el que tuvieron que desenvolverse las mujeres de Andalucía. Muchas se movieron en los márgenes que reproducía una política católica y conservadora, otras abrazaron la causa liberal y dieron su vida por ella, ejemplo paradigmático es el de la granadina Mariana Pineda.
Sin duda, los años que transcurrieron durante el Sexenio Democrático vinieron a definir el modelo liberal burgués y a iniciar un cambio político y social, el cual se fue consolidando a lo largo de la Restauración. En este tiempo, nuevos movimientos y organizaciones sociales y políticas emergieron; una nueva clase obrera y nuevas clases medias que, siguiendo el rumbo de otros países, demandaron un mayor protagonismo. Estos ofrecieron nuevos cauces de reivindicación colectiva para las mujeres andaluzas, una vez situados en el nuevo siglo.

En lo que sigue, trataremos de dar cuenta de los modelos de vida cotidiana que a lo largo del XIX fueron prescritos por los discursos de la época y del modo en que fueron asumidos por las mujeres de los diferentes estratos sociales. Asistiremos no solo a las formas de conducta seguida por las mujeres, sino también, lo que probablemente resulte más interesante, al cruce de formulaciones que desde las filas más conservadoras se lanzaron contra las mujeres; así mismo apreciaremos el pensamiento del liberalismo naciente y su concepción acerca del papel diferenciador que debían desempeñar los dos sexos, una vez impuesta la esfera doméstica para las mujeres y prescrita su ausencia de los espacios políticos de decisión.
Enfrentadas a estas posiciones, existieron mujeres que de forma individual fueron situándose, con su presencia y su voz, en los límites de la cultura que las marginaba. De este modo, como sostiene Gloria Espigado, las mujeres pioneras hicieron aflorar las primeras contradicciones del sistema liberal, formularon sus reivindicaciones e hicieron volar en mil pedazos, con sus prácticas, el modelo de sumisión establecido.[15]

M. Ángeles Cantero Rosales
(Universidad de Granada)

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