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lunes, 22 de octubre de 2012

Misoginia y doble estándar sexual de la iglesia vaticana



Escasas expresiones misóginas son tan demostrativas como la exclusión de las mujeres del sacerdocio, o las referidas a relaciones sexuales de los sacerdotes. Cuando éstas se dan con otros hombres, son catalogadas como “debilidad”, en cambio, cuando son con mujeres constituyen “herejía”; si la transgresión de la abstinencia sacerdotal ocurre con hombres el castigo es el traslado, pero es excomunión si se transgrede por el matrimonio con mujer. Un arzobispo español refrendó la exclusión de las mujeres del ministerio sacerdotal: “el hombre está hecho para el altar y las mujeres para parir” (Bedoya, 2011). La teóloga Margarita Pintos sostenía “… creo urgente y necesario trabajar por una iglesia donde el patriarcado sea expulsado y no tenga ningún espacio en el que desarrollarse (…) Tenemos que empezar por escuchar los clamores, las aspiraciones de las mujeres y de los que se sienten excluidos...” (Pintos, 2008).

Fue en el siglo I cuando el Nuevo Testamento codificó el ethos político aristotélico de sumisión y subordinación de las mujeres, instalándolo como parte de las Sagradas Escrituras. Posteriormente los santos Agustín y Tomás de Aquino establecieron la inferioridad “natural” de los esclavos y las mujeres. De esta base arranca el sexismo en la iglesia vaticana y sus proyecciones al mundo simbólico
occidental. La teología lo fortaleció afirmando que el pecado entró al mundo por medio de una mujer, que la supremacía masculina es voluntad de Dios, e identificando a Dios con el hombre y al pecado con la mujer.

La mujer queda asociada al sexo y la sexualidad con tendencias animales, justificándola sólo con propósitos reproductivos. El cuerpo masculino puede ser cuerpo de Cristo, el de la mujer no, porque es “ocasión de pecado” (Pintos, 1981).
El Código canónico establece que un delito contra el sexto mandamiento cometido por un clérigo con “un menor de dieciséis años de edad, debe ser castigado con penas justas, sin excluir la expulsión del estado clerical, cuando el caso lo requiera”. Inmediatamente, otro canon establece “quien procura el aborto, incurre en excomunión latae sententiae”. Los sacerdotes pederastas investidos de autoridad como mediadores entre Dios y las personas, reciben un trato benévolo absolutamente diferente al que reciben las mujeres que deciden abortar (Pintos, 2010). El doble estándar es evidente.
El odio misógino de la iglesia vaticana se construye basado en el miedo, pero también como conflicto de poder sexista. El miedo, según teólogos/as, radicaría en el hecho que la base eclesial está constituida mayoritariamente por mujeres, y en cambio, el poder se concentra en una minoría masculina que, defensivamente, niega a las mujeres acceder a los espacios de decisión. La masculinidad de Cristo se utiliza teológicamente en forma perversa para reforzar la práctica andrógina y el sexismo castigador es ejercido en nombre de Dios. La álgida controversia actual está centrada en el poder de los cuerpos y en el poder político de las mujeres.
No obstante el control de la jerarquía, al interior de la comunidad eclesial irrumpió la teología feminista, “nueva forma de pensar y de reformular las creencias y las prácticas religiosas” (Bedoya, 2011), que podría colocar en retirada al patriarcado institucional, responsable de la pérdida progresiva de las mujeres que se presagia para la iglesia vaticana en el siglo XXI.


La iglesia vaticana y su poder en Chile, a pesar de los crímenes
María Isabel Matamala Vivaldi

http://www.cl.boell.org/downloads/Miradas_y_reflexiones_feministas.pdf

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